Timanfaya (Lanzarote): seis años en el infierno

Echadero de Camellos

Entre Yaiza y Timanfaya está el Echadero de Camellos, donde los turistas se dan un paseo en dromedario.

Casi tres siglos después de que la tierra reventara, los alrededores del volcán que arrasó Lanzarote entre 1730 y 1736 siguen siendo un desierto negro e intransitable, en el que sólo se han abierto camino los ingeniosos viticultores de la Geria y los dromedarios que pasean a los atónitos turistas. Timanfaya fue un infierno. Hoy es uno de los parques nacionales más visitados.

“El día primero de septiembre de 1730, entre nueve y diez de la noche, la tierra se abrió de pronto cerca de Timanfaya, a dos leguas de Yaiza. En la primera noche una enorme montaña se elevó del seno de la tierra y del ápice se escapaban llamas que continuaron ardiendo durante diecinueve días…” Así comenzaba el cura don Andrés Lorenzo Curbelo Perdomo el relato de un infierno mucho peor que el que nunca hubiera podido vaticinar al más pecador de sus feligreses de Yaiza; un infierno que duró seis años, destruyó 12 pueblos, arrasó la tercera parte de Lanzarote, mató todo el ganado y hubiese dejado completamente despoblada la isla si Felipe V no obliga a los pocos que no habían huido a las primeras de cambio a permanecer en ella so pena de muerte.

Parque Nacional de Timanfaya

Vista desde el mirador de Montaña Rajada, en el corazón del Parque Nacional de Timanfaya.

Hoy, la lava sigue igual de negra y en su sitio que el 16 de abril de 1736, cuando terminó aquella fiesta del demonio, y ello porque el árido clima de Lanzarote exige que pasen al menos 700 años para que se renueve la cubierta vegetal. Pero la gente ha cambiado, y no sólo no hace falta amenazarla para que se quede, sino que viene de fuera a manadas. Es un turismo exagerado, que hace que solo el Parque Nacional de Timanfaya registre una media de 3.000 visitas al día (multipliquen por los 9 euros que cuesta la entrada y obtendrán una vistosa cifra) y que está modificando, casi más de lo que lo hicieron los propios volcanes, el paisaje de la isla.

A decir verdad, los turistas no tienen la culpa, sino quienes toleran urbanizaciones como las de Playa Blanca o Costa Teguise, que a lo alto no, pero a lo largo crecen que da gusto. Son los mismos que instalan taquillas para sablear al guiri con cualquier excusa, tanto si desea acceder a las playas de Papagayo como echar un vistazo a la Graciosa desde el mirador del Río, el cual fue diseñado, como todo en la isla, por César Manrique. Cierto que éste rescató y propagó la feliz arquitectura de su tierra, cimentada sobre la austeridad y la armonía con el entorno. Pero para el forastero, oír el nombre de Manrique y el raca-raca-clinc de la caja registradora, es todo uno.

Los Hervideros

El paraje de Los Hervideros recuerda la lucha horrísona que se produjo hace tres siglos entre la lava y el mar.

Milagrosamente respetada por esos “especuladores estúpidos y brutales” que tanto detestaba Manrique, no menos milagrosamente que la respetó la lava al detenerse en sus arrabales, Yaiza es la localidad más guapa de la isla. Tendida está como una novia deslumbrada y deslumbrante a los negros pies de Timanfaya, con sus casas blancas crecidas a la vieja usanza, alrededor del patio y del aljibe, por la mera adición de pequeños cubos a medida que aumenta la prole. Y como no está a pie de playa, los turistas sólo vienen cuando se oculta el sol, rojos como la cochinilla de Guatiza, a cenar en La Era, un caserío tres veces centenario que adivinen quién lo restauró.

Yaiza es buena base para moverse por Timanfaya y sus cenicientos contornos. Buena para ir a la vecina Uga, que es como un pedazo soñoliento de África donde se crían dromedarios y saltones, bichejos que irrumpen en los aljibes, depuran el agua y se esfuman. Y de Uga, a la Geria, la de los cultivos hidropónicos de vid que aprovechan la humedad nocturna o sereno que absorbe el negro picón. Eso, más los muretes con que se protege del viento incesante cada cepa de malvasía, da un paisaje raro, como de chinos en la Luna, y un vino con denominación de origen cada vez más apreciado, porque ahora se llevan los vinos con sabor a terruño, y este sabe a volcán.

Dromedario

El dromedario, antaño usado para cargar y labrar, hoy pasea a los turistas en el Echadero de Camellos.

Otro camino lleva de Yaiza a Los Hervideros, en la costa de poniente, donde el fiero Atlántico bufa y espumarrajea al embestir contra un promontorio negro, verrugoso y agujereado como el culo de Barrabás, evocando “los espantosos estruendos” que, según don Andrés, el párroco de Yaiza, se oían en 1731 al desembocar los ríos de lava en el océano, para susto y muerte de los peces. En la misma costa, poco más al norte, se halla El Golfo, un medio cráter de color rojo (el otro medio se lo comió el mar) que enmarca la laguna verde de los Clicos y que, puestos a hacer diabólicas comparaciones, parece el ojo de Satanás contemplando extasiado su obra.

De Yaiza, por último, parte el camino directo a Timanfaya, camino que es como uno esos anuncios de automóviles por las carreteras sin arcenes ni líneas blancas del fin del mundo. Que el coche sea de alquiler (o sea, casi nuevo) influye. Lo único que rompe la inhumana soledad del malpaís, así llamado porque es imposible caminar por él (además de que está prohibido), es la algarabía de zoco moruno del Echadero de Camellos, donde los turistas van a darse un garbeíllo de cinco minutos en los dromedarios. Por cierto que, en 1992, sus conductores protagonizaron la primera y (hasta ahora) única manifestación de camelleros de la historia de España.

La Geria

En los viñedos de La Geria, el picón absorbe el 'sereno' (la humedad nocturna) y los muros cortan el viento.

Una vez rebasado el control de acceso al parque nacional, la carretera enfila hacia el islote de Hilario, donde el calor del magma residual que hay a 5.000 metros de profundidad es aprovechado para prender hogueras y provocar chorros de vapor ante la atónita muchedumbre, así como para asar carnes y verduras en un restaurante concebido, cómo no, por Manrique. Aquí principia la ruta de los Volcanes, de 14 kilómetros, cuyo momento cumbre es la subida al doble cráter del Timanfaya (447 metros). Este paseo se hace en autobús, sin duda para evitar que, piedrecita a piedrecita, los turistas se lleven los volcanes a Düsseldorf o a sitios aún más lejanos.

Pocos de los turistas que hacen esta ruta en guagua han oído hablar de la ruta a pie de Termesana, que, de forma gratuita y guiada por un guarda, discurre por el extremo sur del parque. Este sendero excepcional (que se ha de reservar con bastante antelación aquí) arranca entre las montañas de Termesana y Rajada (un volcán con otro cráter más reciente en su interior) y baja suavemente hacia las montañas Encantada y de Juan Perdomo, ya cerca de El Golfo, atravesando mares de lava y tubos volcánicos. El único signo de civilización son unas higueras abandonadas y la palmera bajo la que hacían un alto los recolectores. En todos los trabajos se fuma. También en los del infierno.

Timanfaya

Cuesta creer que el hombre haya perdurado en este mundo atroz de volcanes, viento incesante y aridez extrema.

Cómo ir. Hay una gran variedad de viajes a Lanzarote, que incluyen vuelos, 7 noches de hotel, traslados y seguro por menos de 300 euros.  Más información. Centro de Visitantes de Mancha Blanca (928 118 042).

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Una respuesta a Timanfaya (Lanzarote): seis años en el infierno

  1. Luis dijo:

    Como siempre, estupenda descripción. He seguido tus indicaciones aunque no pude hacer la ruta de Termesana.

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