Elogio de los cruceros por el Nilo (Egipto)

Atardecer en el Nilo

Pocos momentos más relajantes en la vida de un viajero que ver atardecer a bordo de un crucero por el Nilo.

Ver de niños la serie de televisión El barco del amor nos creó una aversión insuperable a los cruceros, pero mañana mismo volveríamos sin dudarlo a navegar por el Nilo, si se presentara la ocasión. Quien no sepa aún dónde viajar en Semana Santa, que lea lo que sigue, compare precios (hay viajes de ocho días por 400 euros, e incluso menos) y decida. Irá al Nilo, seguro.

Siempre nos han dado alergia los cruceros, ese lujo ful de plexiglás y esa alegría forzada de, te guste o no, esta noche toca fiesta de disfraces. Sin embargo, las tres veces que hemos viajado a Egipto, el obligado crucero por el Nilo (desde Asúan hasta Luxor o viceversa) nos ha parecido muy bien. Los barcos egipcios son horteras como los que más, con fuentes en el vestíbulo, ninfas y sátiros correteando por los mamparos y más dorados que un paso de misterio. Y nadie se libra en ellos de bailar la última noche una conga con la cabeza vendada (porque turbante, eso que nos ha hecho un camarero a todo correr, no es). Pero la verdad es que no hay mejor manera de ver Egipto, más hipnotizadora y placentera, que tomando una cerveza helada en la cubierta, junto a la piscina, mientras pasan lentamente las palmeras, las vacas escuálidas, las falúas, las garzas de perfil interrogante, los pescadores, las chozas de adobe, los carros cargados de caña de azúcar, las mezquitas, los burros tristes, los otros barcos, los atardeceres… Por cierto, conviene pedir una cubitera con hielo, porque aquí las cervezas, muy frías, no las sirven.

Noche en el Nilo.

Los barcos recuerdan más a los viejos vapores del Misisipi que a un moderno crucero, estilo ciudad flotante.

No, no se hallará un medio más adecuado para recorrer este país-río. Porque eso es Egipto: mil kilómetros largos de Nilo, cinco de verdor a cada lado y desierto hasta donde alcanza la imaginación. A diferencia de lo que ocurre en otros cruceros, uno no se está perdiendo nada mientras navega, porque no hay nada más allá de lo que ve. Bueno, hay oasis y hay templos hasta en mitad del Gran Mar de Arena (bonito nombre), porque 5.000 años de historia dan para construir muchos, pero las grandes ciudades y los monumentos que interesan, los que cualquiera quiere ver al menos una vez en la vida, no andan lejos del Nilo. No hay que hacer nada. Sólo dejarse llevar. A ser posible, río abajo; es decir, de Asuán a Luxor. Y luego, saltar en avión a El Cairo. Tiene su lógica este orden, porque es seguir el curso natural, el del río, y porque hay un crescendo monumental que culmina con el tutti de las pirámides. Si se reserva el viaje al revés, también está bien, pero hacerlo mejor es gratis, como lo de la cubitera.

Regateando en el Nilo

En Esna, los vendedores arriman preligrosamente sus barquitas a los cruceros para comerciar con los turistas.

Otra ventaja de los cruceros por el Nilo es que imponen largos paréntesis de dolce far niente, muy necesarios para viajar por un país tan abrumador como éste. Se agradece mucho poder desconectar de los monumentos interminables, de las explicaciones no menos interminables de los guías, de la obligación de fotografiarlo todo, del calor del desierto y (no digamos ya) de los vendedores de recuerdos, cuyo acoso recuerda (salvando las distancias) al que sufre el toro de la Vega, en Tordesillas. Ni siquiera yendo a bordo se libra uno del todo de esa persecución. En Esna, los vendedores se lanzan con sus barquichuelas de remos al abordaje de los cruceros y, en un maniobra que recuerda mucho cuando las zodiacs de Greenpeace tratan de interceptar a un superpetrolero, se abarloan peligrosamente y navegan varios kilómetros a remolque sujetos de un cabo, dando tumbos y bandazos, mientras ofrecen a gritos sus bagatelas a los atónitos pasajeros, que no dan crédito de lo tábanos que son. En su descargo hay que decir que este momento pirata da lugar a bonitas fotos de acción y también que, si en vez de viajar en un aparatoso barco, el turista lo hiciera a pie o en burro, vestido con una chilaba o un caftán, pasaría inadvertido y nadie lo importunaría.

Templo de Edfu

Deslumbrante sala hipóstila del templo de Edfu, escala obligada en cualquier crucero que se haga por el Nilo.

No vamos a contar aquí todos los monumentos que se pueden ver a lo largo de un crucero por el Nilo, porque la lista es infinita y aburriríamos hasta a los obeliscos. Pero aunque solo se pudiera visitar uno, si ese uno fuera el templo de Edfu, el viaje merecería la pena. Consagrado a Horus, el dios halcón, el templo de Edfu es el monumento que más honda impresión nos ha causado cada vez que hemos viajado a Egipto, más incluso que (¡oh, sacrilegio!) las pirámides de Giza. Quizá la razón sea que hasta 1860 estuvo enterrado bajo 12 metros de arena y lodo, no asomando más que la coronación de sus colosales pilonos, y se conserva casi, casi como en el año 391 de nuestra era, cuando el último sacerdote pagano salió y los cafres de los cristianos se dedicaron a mutilar los bellos rostros de los viejos dioses. Dos detalles hacen que nos resulte particularmente simpático: los muchos gatos que pululan en el patio, adoptando poses dignas de la diosa Bastet, y el hecho de que sea costumbre acercase a él en calesa, no el cursi vehículo que conocemos por tal nombre en Europa, sino el destartalado modelo egipcio que infringe todas las normas de tráfico, de la elegancia y del sentido común. En el interior del templo puede verse la barca sagrada que cobijaba la imagen de Horus. Todos los años, salía a recibir en ella a su esposa Hathor, la diosa del amor, la maternidad, la belleza juvenil, la alegría y el erotismo, que viajaba desde su templo en Dendera, 120 kilómetros río arriba, en una navegación festiva que debía de parecerse mucho a las procesiones fluviales y marineras de la Virgen del Carmen. Vamos, que los cruceros por el Nilo no son una cosa de hoy, ni de tiempos de Agatha Christie, sino de toda la vida.

Más información. Turismo de Egipto

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Ríos Pirón y Viejo (Segovia): el maravilloso país del Tuerto

Sendero de los cañones del río Pirón y Viejo.

Arranque del sendero que recorre los cañones de los ríos Pirón y Viejo, en Peñarrubias de Pirón (Segovia).

Cañones rebosantes de vegetación, cuevas prehistóricas, ermitas rupestres y mucho arte románico. Todo esto hay en las tierras que surcan el Pirón y su afluente el Viejo. Esta comarca situada al noreste de la capital segoviana, a 20 kilómetros de la misma, vio nacer y hacer de las suyas al Tuerto de Pirón, el último bandolero de la sierra de Guadarrama. Proponemos hacer una ruta en coche desde Sotosalbos y otra a pie, por los cañones, desde Peñarrubias de Pirón.

Fernando Delgado Sanz había nacido el 6 de junio de 1846 en la aldea segoviana de Santo Domingo de Pirón y tenía una nube que le cegaba el ojo izquierdo, de ahí que fuera más conocido como el Tuerto de Pirón. Esos dos defectillos suyos, el visual y el de no haber hecho nada bueno desde 1868, en que comenzó su carrera, daban juego para componer coplas jocosas: “Mucho ojo con el Tuerto, / que el que le sigue la pista, / fijo que termina muerto, / que es tuerto de doble vista”. La verdad es que el Tuerto nunca mató a nadie. O, por lo menos, a nadie decente. Antes al contrario, tenía reputación de bandido piadoso, que incluso frecuentaba la iglesia, como cuando escaló en 1880 la torre del templo de Tenzuela, un asalto que lo catapultó a la fama y dio pie a esta otra copla: “Tened ojo con el Tuerto, / que es ladrón que nunca avisa, / capaz de robar al cura / el copón diciendo misa”.

A pesar de que el Tuerto fue capturado al poco de aquello y condenado a cadena perpetua por la Audiencia de Madrid, para entonces ya había establecido un récord legendario: más de 15 años esquivando a la Guardia Civil de escondite en escondite. Su especialidad era ocultarse, como la garduña, en los árboles huecos. Y, como no hay dos sin tres, hasta mucho después de su muerte, ocurrida el 5 de julio de 1914 en la cárcel valenciana de San Miguel de los Reyes, pudo escucharse esta tercera copla: “Mientras existan tocones, / le van a coger al Tuerto… / ¡Por los cojones!”.

El río Pirón y su afluente el Viejo bañan una comarca que ni pintada para entrenarse en las técnicas del bandidaje. Pueblan sus riberas chopos y fresnos añosísimos, en cuyos troncos carcomidos podría esconderse cómodamente, no ya un forajido, sino toda una banda de ellos. Horadan las paredes de sus cañones calcáreos cuevas como la de la Vaquera o la de la Mora, muy útiles para lo mismo. Y en todos los pueblos del contorno, desde Sotosalbos hasta Villovela de Pirón, se alzan iglesias románicas donde el Tuerto pudo aprender piedad, escalada y, como no era ciego, arte del bueno.

La más famosa de todas esas iglesias es la de San Miguel, en Sotosalbos, donde arranca nuestra ruta en coche. Dos puertas con decoración de dientes de sierra dan acceso a su preciosa galería porticada, una auténtica máquina del tiempo que nos transporta a los días del Arcipreste de Hita, poeta feliz y clérigo de ligeros hábitos que visitó Sotosalbos hacia 1330, según se lee en su Libro de buen amor. Y a los días también del Honrado Concejo de la Mesta, cuyas lanudas huestes desfilaban dos veces al año por la Cañada Real de la Vera de la Sierra (que aún se conserva intacta a tiro de piedra del templo), buscando los pastos de Soria en verano y los de Extremadura en invierno.

Puente de Covatillas.

Puente medieval del despoblado de Covatillas, sobre el río Pirón, junto al sendero que recorre los cañones.

A un par de kilómetros de Sotosalbos, se alza la iglesia de Pelayos del Arroyo, cuyo porche esconde –es un decir, pues puede espiarse por las grietas del portón– una portada tan perfecta que parece labrada en una sola roca. Poco más adelante se erige la de La Cuesta, sobre un cerro cuestudo que da nombre a la aldea y buenas vistas a la llanura y a la sierra. Y a mano izquierda, camino de Basardilla, queda la de Tenzuela, célebre por su pórtico y por el asalto que perpetró el Tuerto.

Emboscado, como es natural en tierra de bandidos, anda el Pirón por estos selváticos barrancos del piedemonte guadarrameño; barrancos que se oponen a nuestros rectos deseos, obligándonos a describir una kilométrica zeta para enhebrar las siguientes perlas de la ruta: los templos de Santo Domingo, Basardilla y Adrada. En todas estas iglesuelas, pese a estar muy reformadas, se conservan elementos –portada, ábside semicircular y cornisa plagada de canecillos– que datan de los siglos XII y XIII, cuando gentes llegadas del norte colonizaron estos territorios recién reconquistados.

Tras cruzar el Pirón y el Viejo, nos asomamos a la llanura paniega de Torreiglesias, donde descuella la iglesia de la Asunción, que tiene un ábside de tambor y una monumental portada oculta –no sea que se desgaste de mirarla– dentro de un porche cerrado a cal y canto. Y de Torreiglesias nos dirigimos, atajando por Otones de Benjumea –donde no hay nada románico, pero sí un curioso museo pedagógico–, a Villovela de Pirón, cuya iglesia domina desde un alcor las alamedas del río.

Llegando a Peñarrubias de Pirón, hacemos la penúltima parada para admirar la ermita románica de la Virgen de la Octava, que descuella sobre un cerro triguero a 400 metros del pueblo. Y ya en éste, nos apeamos para seguir el sendero, bien señalizado con paneles y letreros, que recorre los cañones calizos que se forman en la confluencia del Pirón y del Viejo, un itinerario circular de 11 kilómetros y tres horas de duración, sin contar los frecuentes altos que en el campo hacerse suelen.

Fuente del despoblado de Covatillas.

Cabezas de león escupen agua en la fuente de Covatillas, en el despoblado homónimo, a orillas del Pirón.

Iniciamos nuestro paseo rodeando las casas por la calle más alta y saliendo hacia el sureste por el camino de Cabañas de Polendos. Hay un primer desvío a una granja, que no cogemos, y a los cinco minutos, otro bien señalizado por el que bajamos al río Pirón culebreando a través de un espeso encinar. Avanzando aguas arriba, enseguida rebasamos las ruinas del molino de Covatillas, del siglo XIX, y a media hora del inicio, las del despoblado del mismo nombre, un caserío fantasma que yace olvidado del mundo junto al antiguo camino real que iba de Segovia a Turégano, con su arqueado puente de piedra rubia, su fuente decorada con mascarones leoninos y su anciana arboleda de álamos, fresnos y nogales sombreando un cuadro de estricta soledad e indecible melancolía.

Siempre por la misma orilla, y a través de espléndidas praderas salpicadas de sabinas, nos plantamos en una hora ante la pared del cañón de la que cuelga, a buena altura, la ermita rupestre de Santiaguito. Esta ermita, construida en el siglo XVIII mediante la socorrida técnica de tapiar una cavidad natural, pertenecía en tiempos a Losana de Pirón, hasta que un buen día que se la trocó a Torreiglesias por unos prados ribereños. A nosotros nos parece que los de Losana salieron perdiendo, no porque una ermita valga más que unos pastos, lo cual es bastante discutible en una comarca ganadera, sino porque los de los otros pueblos no desaprovecharon la permuta para dedicarles un epigrama: “Si moros los de Losana no fueran, / no cambiarían santos por praderas”. Como se ve, aquí siempre han sido muy aficionados a las rimas chuscas. No pierden ocasión.

Justo enfrente de la ermita, cruzando el Pirón por un puente de madera que hay un poco más arriba, descubrimos la cueva de la Vaquera, cuya antigüedad, como guarida humana, se remonta al 4.000 antes de Cristo. A unos 200 metros, aguas abajo, afluye al Pirón el río Viejo, que también surca un hermoso cañón, éste de más pura y desnuda caliza. En él nos adentramos después de cruzar el Viejo por otro puente y subimos por la margen contraria hasta llegar a una fuentecilla que brota al pie de un espolón rocoso. Ahí mismo, casi en el borde superior del cañón, se esconde la cueva de la Mora, con un sepulcro excavado en la roca del tamaño de un niño, o de un eremita chiquitín.

La fuentecilla so la cueva es un buen lugar para comer. Más adelante –a unas dos horas del inicio–, los restos lastimosos del corral de Máximo y sus lánguidos almendros señalan la hora, no menos triste, de volver. Bajando por la margen derecha de ambos ríos, y cruzando el Pirón por el puente de Covatillas, cerramos en Peñarrubias esta gira por el país del Tuerto, cegados por tanta belleza.

Ermita de la Octava (Peñarrubias de Pirón, Segovia)

Ermita románica de la Virgen de la Octava, sobre un cerro triguero en las cercanías de Peñarrubias de Pirón.

Cómo llegar. Sotosalbos se halla a 20 kilómetros de la capital segoviana yendo por la carretera de Soria (N-110). Desde Sotosalbos, la ruta en coche sigue por Pelayos del Arroyo, La Cuesta, Tenzuela, Santo Domingo, Basardilla, Adrada, Torreiglesias, Villovela y Peñarrubias, sumando 47 kilómetros. Dormir. Saltus Alvus (Sotosalbos; 915 783 469 y 639 891 220): casas rurales de cuidada decoración, con amplio jardín y vistas a la iglesia románica. Cabañas Quercus (Peñarrubias; 646 141 682 y 921 497 197): casitas de madera en la antigua era, en la parte alta del pueblo, con capacidad para cuatro personas. Del Verde al Amarillo (Peñarrubias; 921 497 502 y 821 050 050): moderno hotel rural en una finca de 10.000 metros, desde donde se domina el valle del Pirón; hay 11 habitaciones, algunas de ellas con terraza e hidromasaje, y restaurante con chimenea donde se hacen muy bien el cochifrito y la ventresca a la plancha. Comer. A. Manrique (Sotosalbos; 921 403  066): especialidad en asados, carnes finas y guisos caseros. Paz y Pan (Sotosalbos; 921 403 239): cocina típica con un toque original. El Horno de Don Juan (Adrada; 921 404 001): las mejores croquetas de la comarca, gallina de corral en pepitoria y, por encargo, asados. Más información. www.segoviasur.com.

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La romántica isla de Gara y Jonay (La Gomera, Canarias)

Roque Agando

El poderoso Roque Agando se alza junto a la carretera que sube de la capital al Parque Nacional de Garajonay.

La leyenda de dos desgraciados amantes indígenas, Gara y Jonay, y los devaneos de Beatriz de Bobadilla, que fue señora de la isla en tiempos de Cristóbal Colón, hacen de La Gomera la más romántica de las Canarias. Aunque no es la isla más pequeña, es bastante chica, ideal para dos.

Gara era una princesa natural de La Gomera; Jonay, un guanche que cruzó desde Tenerife en una balsa inflable de piel de cabra. Gara y Jonay estaban amartelados cual tortolitos (o, mejor, cual rabiches o turqués, palomas endémicas de Canarias), pero como sus parentelas no aprobaban el noviazgo, acabaron huyendo al bosque y clavándose una picuda rama de brezo en los corazones al tiempo que se fundían en un último e incómodo abrazo. A esta exótica versión de la tragedia de Romeo y Julieta debe su nombre, según es fama, Garajonay, el bosque siempre verde de laurisilva que corona la isla, una reliquia de la Era Terciaria que ha sobrevivido en este alto rincón gracias a las nubes que habitualmente lo envuelven en un abrazo neblinoso, llenándolo de humedad y de romántico misterio. En el centro de visitantes Juego de Bolas, en La Palmita (Agulo), facilitan información sobre 18 senderos autoguiados, incluido el del barranco del Cedro (Contadero-El Cedro-Contadero), que es el más selvático y entretenido, y el que al final acaba haciendo todo el mundo.

Torre del Conde y Las Chácaras

La Torre del Conde, del siglo XV, en San Sebastián de La Gomera, y el restaurante Las Chácaras, en Hermigua.

Otros amores legendarios que se recuerdan en La Gomera son los que la señora de la isla, Beatriz de Bobadilla, mantuvo con Cristóbal Colón en la Torre del Conde, una pequeña fortaleza que preside desde 1450 la capital, San Sebastián, y que puede presumir de ser el edificio gótico más sureño del mundo. Esta dama, que era “hermosa en todo extremo”, tuvo también sus escarceos (eso dicen) con el rey Fernando y con el maestre de Calatrava, Rodrigo Téllez Girón. A Colón, aparte de lo que le diera en privado, le abasteció de todo lo necesario para cruzar el Atlántico las tres veces que recaló en la isla, en 1492, 1493 y 1498 (de otro puerto que fue clave en el desubrimmiento de América, Palos de la Frontera, ya hablamos al recorrer la costa de Huelva). La Casa de Colón, construida en el siglo XVII sobre la que alojó al almirante, y el Pozo de la Aguada, del que se sacó el agua para las naos, son también escalas obligadas para los amantes de la historia en la capital.

Playa en la capital de la isla

En la capital, San Sebastián, también hay playas. Esta se encuentra al lado mismo de la Torre del Conde.

Un buen refugio para enamorados, casi mejor que una torre, es una casita rústica en el valle norteño de Hermigua, donde se goza, gracias a los alisios, el clima más benigno del planeta. Bancales y más bancales de plátanos. Un antiguo convento, un museo etnográfico y un par de playas con vistas al Teide. Cuando el sol se pone, es la hora de bajar al Pescante, a ver las olas romper (cuanto más bravo el mar, mejor) contra las ruinas ciclópeas del viejo embarcadero. Y luego a Las Chácaras, a cenar y tomarse un ron, o dos, o los que se tercien, mientras alguien canta acompañándose de una guitarra: “Vivo donde el viento da la vuelta, / donde llamas a la puerta / y te abren el corazón…”

El Pescante de Hermigua

Las ruinas del antiguo embarcadero de plátanos de Hermigua, el Pescante, es otro lugar muy romántico.

Cómo llegar. La Gomera está a 40 minutos en ferry (80, en barco) del puerto de Los Cristianos, en Tenerife. Hay ofertas para viajar a Tenerife (7 noches de hotel, vuelos y traslados) por menos de 250 euros. Comer. Torre del Conde (San Sebastián; 922 870 000; www.hoteltorredelconde.com): cocina tradicional canaria y mediterránea. Las Chácaras (Hermigua; 922 881 039; www.laschacaras.com): cocina típica a buen precio. Dormir. Ibo Alfaro (Hermigua; 922 880 168; www.hotel-gomera.com): coqueto hotel rural en una casa señorial de mediados del siglo XIX, con vistas al valle y al mar. Isla Rural (686 950 171; www.islarural.com): casas rurales en distintos enclaves del norte de la isla, con precios muy interesantes. Más información. Turismo de La Gomera y Parque Nacional de Garajonay.

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Córdoba: tabernas 50 – Starbucks 0

Taberna Salinas

Taberna Salinas, casa fundada en 1879, y una de sus especialidades, las naranjas picás con aceite y bacalao.

“Córdoba, ciudad bravía / que, entre antiguas y modernas, / tiene trescientas tabernas / y una sola librería”. Esto se decía a finales del siglo XIX y era la pura verdad. Hoy hay que felicitarse porque existan más de 70 librerías, pero sobre todo porque, en pleno auge de los Starbucks y los McDonald’s, sobrevivan medio centenar largo de tabernas, muchas de ellas bodegas tradicionales forradas de azulejos, carteles taurinos y cubas de Montilla-Moriles, con su patio y su pozo que, además de para hacer bonito, servía antiguamente para poner el vino a refrescar.

Burladeros de la Córdoba más genuina contra el morlaco globalizador de las franquicias, y reductos inexpugnables de la tertulia ibérica, las tabernas son además la mejor opción, en tiempos de crisis, para catar el salmorejo, el rabo de toro, el flamenquín y otras delicias hipercalóricas de la cocina local. Quién nos iba a decir que acodarse en una barra iba a acabar siendo un acto de resistencia económica y cultural. He aquí el top ten de las tabernas cordobesas, las más famosas, las que dan bien de comer, las que tienen una historia más curiosa o, simplemente, nos han tratado mejor.

1.CASA EL PISTO. Una de las más antiguas y, para bien o para mal, la más famosa es Casa El Pisto (Plaza de San Miguel, 1), que lleva frente a la iglesia de San Miguel desde el año en que nació Machaquito (1880). Fieles suyos (de la casa, o sea) fueron Julio Romero de Torres, que dicen que comía todos los días en la misma mesa y dibujaba sobre el mármol entre plato y plato; y Manolete padre, que, supersticioso el, salía siempre por la puerta de atrás. Es taberna taurina, atiborrada de carteles y fotos del asunto. Del Club Guerrita, que se fundó aquí en 1896, queda un salón dedicado al célebre torero y filósofo cordobés (“lo que no pué sé, no pué sé y ademá es imposible”), con objetos donados por la familia. Intelectuales, políticos, abogados y turistas han hecho crecer su prestigio y sus precios, razón por la cual los vecinos con menos posibles la rodean para dirigirse a…

2.TABERNA GÓNGORA. Apenas dista dista cien metros de Casa El Pisto, cuesta la mitad y ofrece unos boquerones fritos al limón que dejan al personal con los ojos en blanco. El cochifrito de lechón ibérico tampoco lo hacen mal, ni mucho menos. Se encuentra en la calle Conde de Torres Cabrera, 4.

Casa Santos

Panel de azulejos en la puerta de Casa Santos, donde puede apreciarse el tamaño exagerado de sus tortillas.

3.TABERNA SALINAS. Un año antes que Casa El Pisto, en 1879, abría sus puertas junto a la plaza de la Corredera la Taberna Salinas (Tundidores, 3), que a pesar de los cambios de dueño y razón, ha conservado el patio de columnas que da acceso a los salones y a la bodega; la piquera o ventanilla por la que las mujeres compraban antiguamente el vino, a salvo de los beodos; la barra de mármol rojo y, tras ella, las 11 botas encanilladas de 36 arrobas, donde el vino, traído cuando niño desde Moriles, reposa, madura y toma los esenciales aromas de la madera, bajando por esa cascada a cámara lenta que es el sistema de criaderas y soleras. Menos el vino, todo lo hacen presto en esta casa. Y bien. Y con agrado. No se les ha subido la fama a la cabeza, como a otros. Nos sugieren las naranjas picás con aceite y bacalao, que, para variar y hacer como que uno se cuida, no están mal.

4.EL JURAMENTO. Esta taberna fundada a principios del siglo XX es famosa por sus pimientos rellenos que, según dicen, gustaban mucho a Julio Romero de Torres. Otro que venía bastante era Manolete. Al igual que Casa Salinas, está a un paso de la plaza de la Corredera, en Juramento, 6.

5.LA CAZUELA DE LA ESPARTERÍA. Pegada también a la plaza de la Corredera, La Cazuela de la Espartería (Rodríguez Marín, 16) ya tiene, pese a su juventud (1998), un público y una reputación. Una reputación buena, por supuesto. Quienes piden las berenjenas con salmón, aciertan de lleno.

6.SOCIEDAD DE PLATEROS. Más antigua todavía que Taberna Salinas, la más de Córdoba, es la Sociedad de Plateros (San Francisco, 6), que lleva abierta desde 1872 en el entorno cautivador de la iglesia de San Francisco, entre el arco del Portillo y la dos-veces-citada-en-el-Quijote plaza del Potro, que esto es casi como irse de vinos al Siglo de Oro. Fundada, como otras del mismo nombre, para socorrer a los plateros desfavorecidos (joyeros pobres, ¡qué cosas!), esta taberna tiene un grato aire de casa particular, con su patio luminoso donde a la gente le gusta sentarse a tomar con calma las medias raciones, tan generosas que parecen dobles. Los cordobeses son más de estar sentados que de pie. La barra como que les da calambre. Los que saben piden el vino Peseta, media de berenjenas rebozadas y un flamenquín serrano, y comen por muy poco mejor que muchos ricos.

Bodegas Guzmán

Sirviendo fino montillano en Bodegas Guzmán y parroquiano tocado con el típico sombrero cordobés.

7.BODEGAS GUZMÁN. Tampoco están mal situadas las Bodegas Guzmán (Judíos, 7): en plena Judería, entre la plaza de Maimónides y la puerta de Almodóvar, a cuatro minutos de la Mezquita. Auténtica taberna cordobesa es esta, sin aditivos ni conservantes, sombría, parca en adornos, ni siquiera una pizarra cantando las especialidades. Tan sólo las botas renegrías donde se crían, entre otros, el fino Amargoso y el oloroso Abuelo, y una sala pelada donde se verifica la tertulia taurina Finito de Córdoba. Uno piensa que todas las tabernas debían de ser así en la España romántica y cutre de Richard Ford y don Jorgito el Inglés. Los extranjeros que vienen de visitar la vecina Sinagoga pasan por la puerta a manadas, por miles, pero al no ver más que a nativos sentados en los poyos, algunos tocados con el atávico sombrero cordobés, que ya creían extinguido en la piel de toro, pues no se atreven. Si el dueño colgase un letrero que dijera: “Typical andalusian tavern”, no daba abasto, se hacía de oro, pero está claro que es un desprendido, un estoico, un senequista.

8.CASA SANTOS. Aunque, para lugar turístico, en el que está Casa Santos (Magistral González Francés, 3): nada más y nada menos que frente a la puerta de Santa Catalina de la Mezquita, donde la multitud que entra y sale del monumento se confunde con la que hace cola para tomar un pincho de tortilla de patata en esta pequeña barra. Además de estar en un sitio muy bueno, el mejor de Córdoba, Casa Santos hace unas tortillas llamativas, grandes como sandías, de cinco kilos de patatas y 30 huevos, que salen cada dos por tres en la tele y en los periódicos, y esa combinación es la clave de su éxito. Bueno, y que la tortilla está rica. No como para ganar un concurso, pero rica.

9.RINCÓN DE LAS BEATILLAS. Lejos de la órbita de los turistas queda, en cambio, el Rincón de las Beatillas (Plaza de las Beatillas, 1). Hasta el albor del siglo XX fue una de la muchas piconerías que había en el barrio de San Agustín, negro oficio, el de hacer picón (carbón muy menudo para los braseros) que contrastaba con la pulcritud reluciente de las casas encaladas y rematadas en albero. Luego fue bodega y ahora es un templo gastronómico popular (venao en salsa de espárragos, rabo de toro, lechón frito…) con patio tipo corrala, reservados y peñas flamencas y taurinas, por donde han pasado toreros como El Puri, Rivera Ordóñez y José Tomás; guitarristas como El Merengue y Vicente Amigo, y cantaores como Fosforito, Luis de Córdoba, El Polaco y Chano Lobato. Han pasado y pasarán, pues cada dos viernes, de septiembre a mayo, hay espectáculo. Otro que estuvo aquí fue Lorca, el Viernes Santo de 1935, esperando a que entrase la Virgen de las Angustias en la cercana iglesia de San Agustín. Y también Unamuno, en su agonía vital del cristianismo… Con tabernas como esta, se comprende que en Córdoba no echasen antes de menos las librerías. Ni falta que hacían.

La Salmoreteca

Juanjo Ruiz, chef de La Salmoreteca, puesto de salmorejos en el Mercado Victoria, inaugurado en 2013.

10. MERCADO VICTORIA. Como salta a la vista (o, mejor dicho, al oído), no es una taberna, pero como si lo fuera, porque se come bien, fresquito y sin que te cueste un riñón. Inaugurado en la primavera de 2013, el Mercado Victoria (Paseo de la Victoria s/n) es una antigua caseta de feria, de esqueleto metálico y aire modernista, que se ha acristalado y refrigerado para que la gente cate en democrático barullo de taburetes y mesas compartidas los platillos que preparan en 30 puestos. Sushi, ostras, pinchos de atún rojo, hamburguesitas… Nos llaman la atención los coloridos salmorejos de La Salmoreteca: el rojo de siempre, el amarillo de maíz, el verde de aguacate, el negro de tinta de calamar, el marrón de chocolate… Kisco García, chef del laureado Restaurante Choco, también tiene su puesto y su idea original: cocina de vanguardia servida en tarros de la abuela.

Dormir. Hay 81 hoteles en Córdoba, con precios a partir de 27 euros por habitación doble y noche. Nuestro preferido es el NH Amistad Córdoba, que está en la plaza de Maimónides, en plena Judería, a dos pasos de la Sinagoga y de Bodegas Guzmán: ocupa dos mansiones del siglo XVIII y tiene patio de columnas mudéjar y piscina de verano. Más información. Turismo de Córdoba (902 201 774).

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Descenso del Manzanares (Madrid): mi gozo, en una poza

Poza del Manzanares

El baño en esta pozas del curso alto del Manzanares compensa con creces el esfuerzo de la caminata.

Todos nos hemos burlado alguna vez del Manzanares, “arroyo aprendiz de río”. Pero él, que no es rencoroso, nos ofrece cada verano docenas de piscinas gratuitas, pozas donde el agua recién nacida brinca y burbujea entre los canchos pulidos de la Pedriza, en el municipio serrano de Manzanares el Real. Esto es un hidromasaje y no lo que muchos horteras tienen en su casa.

Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Tirso de Molina, Vélez de Guevara, el duque de Rivas… Larga es la lista de los que hicieron pedorreta al Manzanares, juzgándolo sólo por la mísera facha que mostraba al pasar por la capital, ya viejo y cansado, tras haber perdido casi todo su caudal en las chuponas arenas del llano. Incluido aquel abrasador ingenio de secano, Francisco de  Quevedo, que lo motejó de “arroyo aprendiz de río”: “Que trae más agua en un jarro, / cualquier cuartillo de vino”.

También se cuenta que Goya, como buen maño que era, solía presumir mucho del Ebro, y que cuando se pimplaba un chato sentado a la puerta de su villa en la Corte, dejaba el culín y se lo echaba al Manzanares diciendo: “Toma, a ver si creces”. La verdad es que si don Francisco, en lugar de quedarse chateando en la Quinta del Sordo, se hubiera tomado la molestia de pasear por el río hasta su curso alto, en el peñascal granítico de la Pedriza, en Manzanares el Real, lo habría descubierto abundante y brioso, con pozas de aguas límpidas y dimensiones más que generosas, en las que cabrían holgadamente él y los otros 13 que salen en el retrato de La familia de Carlos IV.

Pozas del Manzanares

En el paraje de los Chorros, el Manzanares forma docenas de cascadas y pozas idóneas para un baño solitario.

Caminando río arriba desde el aparcamiento más alto de la Pedriza, a siete kilómetros de Manzanares el Real, se llega en tres cuartos de hora a la archifamosa Charca Verde, una poza de 20 metros donde al agua adquiere un vivo color de elixir de clorofila al remansarse entre gigantescas lanchas de granito que sirven de solárium para la muchedumbre habitual de bañistas. Muy tranquilo, la verdad sea dicha, el lugar no es. Si lo que se busca es intimidad, hay que seguir remontando el Manzanares casi dos horas; de hacerlo así, hallaremos, justo por encima de las cascadas conocidas como los Chorros, un rosario de pozas solitarias asombradas por pinos silvestres de añosísima corpulencia, con vistas a la riscosa cuerda de las Milaneras. El Cielo debe de ser algo muy parecido.

Pero en los días más calurosos del verano, mejor opción que subir, es efectuar el descenso del Manzanares desde su nacimiento, cerca del puerto de Navacerrada, hasta los aparcamientos de la Pedriza: una bajada de 14 kilómetros y cinco horas de duración que vamos a describir a continuación con detalle. El mapa de esta ruta se puede ver en www.excursionesysenderismo.com. No es una excursión difícil, que se preste a muchos extravíos, pues la mayor parte del tiempo se va al lado del río. Pero hay que andar bastante. Y quien piense que hacerlo cuesta abajo no cansa, se equivoca.

Ventisquero de la Condesa

Una caseta cobija la fuente del Manzanares. Delante, el viejo muro de contención del Ventisquero de la Condesa.

Acompañar al Manzanares desde su cuna en la Bola del Mundo, a 2.268 metros de altura, hasta los aparcamientos de la Pedriza, 1.200 más abajo, es como descender por las escaleras de un edificio de 400 pisos, tres veces más alto que el mayor rascacielos de Chicago, pero sorteando piedras sueltas, arenas escurridizas, céspedes resbalosos y ramas zancadilleadoras. Tan inusual ejercicio hace que, el día después, al excursionista le duela desde la uña del dedo gordo hasta la última fibra de los glúteos, que no son dos músculos, por más que allá atrás haya dos evidentes protuberancias, sino –como descubre al sentarse, ¡ay!, ante un libro de anatomía– media docena, tres por nalga.

Otro inconveniente de esta excursión es que, para volver al punto de partida, no hay ascensor. Existe la posibilidad –si vamos con más gente– de dejar por la mañana un coche en los aparcamientos de la Pedriza y subir con otro al puerto de Navacerrada, que es donde se inicia la marcha, a fin de poder recuperar ambos al final de la misma y regresar a casa. La opción del transporte público puede parecer más simple, pero exige acorazarse de paciencia –¡dos horas en tren desde Atocha hasta el puerto de Navacerrada!– y alargar la ya dura caminata otra hora y media desde los aparcamientos de la Pedriza hasta Manzanares el Real, para coger aquí un autobús. ¡Uf!

Ovejas en el alto Manzanares

Rebaño en los pastizales del Ventisquero de la Condesa. Al fondo, el embalse de Santillana, en Manzanares.

Y otra pega de esta excursión, la última y mayor, es que crea adicción. Los cristales de ácido láctico, o lo que sea que aguijonea los músculos después de tamaño descenso, acaban desapareciendo, pero las agujetas de la nostalgia no. Piscinas, parques acuáticos y bañeras de hidromasaje pueden calmar esta ansiedad durante días, semanas e incluso un año entero, pero en cuanto agosto vuelve a blandir su espada de fuego, el mono del agua pura bullendo rumorosa en mil pozas de granito bajo los rascacielos de buitres de la Maliciosa y la Pedriza se torna demasiado acuciante y, sintiéndolo mucho por sus glúteos pequeños, medianos y mayores (seis en total), el excursionista decide volver.

Ese día, el excursionista se acerca al puerto de Navacerrada (en coche, en autobús, en tren o como sea) e inicia su andadura subiendo por la pista de cemento que, en cosa de una hora, le lleva hasta el repetidor de televisión de la Bola del Mundo, en el alto de las Guarramillas. Justo detrás, se abre la verde hondonada del Ventisquero de la Condesa, reconocible por el muro de contención con que antaño se favorecía la acumulación de nieve –origen del hielo que se consumía en los cafés y botillerías del Madrid decimonónico– y por la caseta que cobija la primera fuente del Manzanares.

Alto Manzanares

Primeros pasos del río niño. El aporte de numerosos arroyos le hará enseguida crecer y brincar de poza en poza.

Tras contemplar como Dios el caos granítico de la Pedriza y la calma plateada del embalse de Santillana, el excursionista emprende el descenso siguiendo un sendero que apenas se insinúa en el empinado cervunal, por la izquierda de este río-bebé que va creciendo a medida que se le unen otros regatos que bajan de la Maliciosa, Valdemartín y Cabezas de Hierro. Y así continúa, sin más compaña que el agua, la hierba y el sol, hasta que, a dos horas largas del inicio, alcanza la sombra de los primeros pinos y el puente de los Manchegos (1.700 metros), por el que una pista forestal procedente de los aparcamientos de la Pedriza cruza el todavía niño, pero ya crecidito, Manzanares.

El excursionista avanza por esta pista hacia la izquierda y, a los cien metros, se desvía por una senda que desciende a través del espeso brezal ribereño. Aquí el Manzanares burbujea cual jacuzzi al brincar de poza en poza, siendo ideales para el baño las que se presentan a las tres horas de marcha, bajo el dosel de unos viejos pinos albares, justo antes de que el río se despeñe en la gran cascada de los Chorros. A partir de este salto, la senda baja zigzagueando como un rayo, atraviesa el río por un puente de troncos y se topa de nuevo con la pista forestal, que vuelve a cruzar el Manzanares a 1.200 metros de altura. Van cuatro horas de camino. La quinta, y última, lleva al excursionista, otra vez por la margen izquierda, hasta los aparcamientos. Jalonan este trecho pozas tan famosas como la Charca Verde. Tan famosas, que ya son otra cosa: un baño de multitudes.

Los Chorros del Manzanares

Los Chorros del Manzanares. Por encima de esta cascada, se encuentran las pozas más bellas y solitarias.

Cómo llegar. Manzanares El Real dista 53 kilómetros de Madrid. Se va por la autovía de Colmenar Viejo (M-607), desviándose por la carretera M-609 en el kilómetro 35 y luego por la M-608 a la izquierda. Para llegar a los aparcamientos de la Pedriza, hay que salir de Manzanares hacia Cerceda y coger el primer desvío a mano derecha. Lo mejor, para hacer esta excursión, es dejar un coche en el aparcamiento más alto de la Pedriza y continuar con otro por la carretera M-608 hacia el puerto de Navacerrada, donde comienza la caminata. Comer. El Asador de Carmen (Manzanares el Real; 918 528 501): cordero, cabrito y cochinillo asados en horno de leña de encina; con vistas al río. Rincón del Alba (Manzanares El Real; 918 539 111): especialidad en mariscos y pescados a la plancha. Casa Goyo (Manzanares El Real; 918 539 484): cocina tradicional con productos de temporada. Dormir. Mirador La Maliciosa (Manzanares El Real; 654 32 01 91): casa de madera estilo suizo con restaurante especializado en marisco y caza. La Escala (Manzanares El Real; 600 450 741): coqueta casa rural con cuatro habitaciones, salón con chimenea y vistas a la Pedriza. La Pedriza (Manzanares El Real; 699 902 763): 11 habitaciones independientes con aire acondcionado, televisión y nevera en un chalé con piscina. Más información. Turismo de Manzanares El Real: 639 179 602 y 918 530 009. Centro de Educación Ambiental del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares: 918 539 978.

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Timanfaya (Lanzarote): seis años en el infierno

Echadero de Camellos

Entre Yaiza y Timanfaya está el Echadero de Camellos, donde los turistas se dan un paseo en dromedario.

Casi tres siglos después de que la tierra reventara, los alrededores del volcán que arrasó Lanzarote entre 1730 y 1736 siguen siendo un desierto negro e intransitable, en el que sólo se han abierto camino los ingeniosos viticultores de la Geria y los dromedarios que pasean a los atónitos turistas. Timanfaya fue un infierno. Hoy es uno de los parques nacionales más visitados.

“El día primero de septiembre de 1730, entre nueve y diez de la noche, la tierra se abrió de pronto cerca de Timanfaya, a dos leguas de Yaiza. En la primera noche una enorme montaña se elevó del seno de la tierra y del ápice se escapaban llamas que continuaron ardiendo durante diecinueve días…” Así comenzaba el cura don Andrés Lorenzo Curbelo Perdomo el relato de un infierno mucho peor que el que nunca hubiera podido vaticinar al más pecador de sus feligreses de Yaiza; un infierno que duró seis años, destruyó 12 pueblos, arrasó la tercera parte de Lanzarote, mató todo el ganado y hubiese dejado completamente despoblada la isla si Felipe V no obliga a los pocos que no habían huido a las primeras de cambio a permanecer en ella so pena de muerte.

Parque Nacional de Timanfaya

Vista desde el mirador de Montaña Rajada, en el corazón del Parque Nacional de Timanfaya.

Hoy, la lava sigue igual de negra y en su sitio que el 16 de abril de 1736, cuando terminó aquella fiesta del demonio, y ello porque el árido clima de Lanzarote exige que pasen al menos 700 años para que se renueve la cubierta vegetal. Pero la gente ha cambiado, y no sólo no hace falta amenazarla para que se quede, sino que viene de fuera a manadas. Es un turismo exagerado, que hace que solo el Parque Nacional de Timanfaya registre una media de 3.000 visitas al día (multipliquen por los 9 euros que cuesta la entrada y obtendrán una vistosa cifra) y que está modificando, casi más de lo que lo hicieron los propios volcanes, el paisaje de la isla.

A decir verdad, los turistas no tienen la culpa, sino quienes toleran urbanizaciones como las de Playa Blanca o Costa Teguise, que a lo alto no, pero a lo largo crecen que da gusto. Son los mismos que instalan taquillas para sablear al guiri con cualquier excusa, tanto si desea acceder a las playas de Papagayo como echar un vistazo a la Graciosa desde el mirador del Río, el cual fue diseñado, como todo en la isla, por César Manrique. Cierto que éste rescató y propagó la feliz arquitectura de su tierra, cimentada sobre la austeridad y la armonía con el entorno. Pero para el forastero, oír el nombre de Manrique y el raca-raca-clinc de la caja registradora, es todo uno.

Los Hervideros

El paraje de Los Hervideros recuerda la lucha horrísona que se produjo hace tres siglos entre la lava y el mar.

Milagrosamente respetada por esos “especuladores estúpidos y brutales” que tanto detestaba Manrique, no menos milagrosamente que la respetó la lava al detenerse en sus arrabales, Yaiza es la localidad más guapa de la isla. Tendida está como una novia deslumbrada y deslumbrante a los negros pies de Timanfaya, con sus casas blancas crecidas a la vieja usanza, alrededor del patio y del aljibe, por la mera adición de pequeños cubos a medida que aumenta la prole. Y como no está a pie de playa, los turistas sólo vienen cuando se oculta el sol, rojos como la cochinilla de Guatiza, a cenar en La Era, un caserío tres veces centenario que adivinen quién lo restauró.

Yaiza es buena base para moverse por Timanfaya y sus cenicientos contornos. Buena para ir a la vecina Uga, que es como un pedazo soñoliento de África donde se crían dromedarios y saltones, bichejos que irrumpen en los aljibes, depuran el agua y se esfuman. Y de Uga, a la Geria, la de los cultivos hidropónicos de vid que aprovechan la humedad nocturna o sereno que absorbe el negro picón. Eso, más los muretes con que se protege del viento incesante cada cepa de malvasía, da un paisaje raro, como de chinos en la Luna, y un vino con denominación de origen cada vez más apreciado, porque ahora se llevan los vinos con sabor a terruño, y este sabe a volcán.

Dromedario

El dromedario, antaño usado para cargar y labrar, hoy pasea a los turistas en el Echadero de Camellos.

Otro camino lleva de Yaiza a Los Hervideros, en la costa de poniente, donde el fiero Atlántico bufa y espumarrajea al embestir contra un promontorio negro, verrugoso y agujereado como el culo de Barrabás, evocando “los espantosos estruendos” que, según don Andrés, el párroco de Yaiza, se oían en 1731 al desembocar los ríos de lava en el océano, para susto y muerte de los peces. En la misma costa, poco más al norte, se halla El Golfo, un medio cráter de color rojo (el otro medio se lo comió el mar) que enmarca la laguna verde de los Clicos y que, puestos a hacer diabólicas comparaciones, parece el ojo de Satanás contemplando extasiado su obra.

De Yaiza, por último, parte el camino directo a Timanfaya, camino que es como uno esos anuncios de automóviles por las carreteras sin arcenes ni líneas blancas del fin del mundo. Que el coche sea de alquiler (o sea, casi nuevo) influye. Lo único que rompe la inhumana soledad del malpaís, así llamado porque es imposible caminar por él (además de que está prohibido), es la algarabía de zoco moruno del Echadero de Camellos, donde los turistas van a darse un garbeíllo de cinco minutos en los dromedarios. Por cierto que, en 1992, sus conductores protagonizaron la primera y (hasta ahora) única manifestación de camelleros de la historia de España.

La Geria

En los viñedos de La Geria, el picón absorbe el 'sereno' (la humedad nocturna) y los muros cortan el viento.

Una vez rebasado el control de acceso al parque nacional, la carretera enfila hacia el islote de Hilario, donde el calor del magma residual que hay a 5.000 metros de profundidad es aprovechado para prender hogueras y provocar chorros de vapor ante la atónita muchedumbre, así como para asar carnes y verduras en un restaurante concebido, cómo no, por Manrique. Aquí principia la ruta de los Volcanes, de 14 kilómetros, cuyo momento cumbre es la subida al doble cráter del Timanfaya (447 metros). Este paseo se hace en autobús, sin duda para evitar que, piedrecita a piedrecita, los turistas se lleven los volcanes a Düsseldorf o a sitios aún más lejanos.

Pocos de los turistas que hacen esta ruta en guagua han oído hablar de la ruta a pie de Termesana, que, de forma gratuita y guiada por un guarda, discurre por el extremo sur del parque. Este sendero excepcional (que se ha de reservar con bastante antelación aquí) arranca entre las montañas de Termesana y Rajada (un volcán con otro cráter más reciente en su interior) y baja suavemente hacia las montañas Encantada y de Juan Perdomo, ya cerca de El Golfo, atravesando mares de lava y tubos volcánicos. El único signo de civilización son unas higueras abandonadas y la palmera bajo la que hacían un alto los recolectores. En todos los trabajos se fuma. También en los del infierno.

Timanfaya

Cuesta creer que el hombre haya perdurado en este mundo atroz de volcanes, viento incesante y aridez extrema.

Cómo ir. Hay una gran variedad de viajes a Lanzarote, que incluyen vuelos, 7 noches de hotel, traslados y seguro por menos de 300 euros.  Más información. Centro de Visitantes de Mancha Blanca (928 118 042).

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Berlín ‘kostenlos’ (o sea, gratis)

Atarceder en Yaam

Puesta de sol sobre el río Spree, vista desde el chiringuito playero Yaam. Este momento mágico es gratis.

Kostenlos. Frei. Gratis. De las tres formas se puede decir en alemán lo que el viajero ahorrador más agradece. Gratis no se viaja, vale, pero hay viajes a Berlin para todos los bolsillos y hay fórmulas para que la estancia en la capital alemana salga casi regalada: museos y atracciones sin coste, picnics en el parque o en la playa, mercadillos de todo a un euro, mucha comida callejera y, por la noche, bailes agarrados con una cerveza bien (pero que muy bien) estirada.

1 Música para comer. Asistir a un concierto de la Filarmónica es un plan caro, reservado para gente con posibles o para humildes y pacientes melómanos que se tiran varios años llenando el cerdito con las vueltas del pan. Quizá para compensar (o para despistar), los martes, a las 13.00, miembros de la Filarmónica y de otras orquestas de la ciudad tocan en el foyer sin coste alguno para los asistentes. Se llaman Lunch Concerts, o conciertos de la hora de comer, pero hay que llegar con tal anticipación para conseguir asiento (mínimo, 45 minutos), que más bien son de la hora del bocata. Estos conciertos son también una buena ocasión para admirar el edificio de la Philarmonie, obra de Hans Scharoun (1893-1972), uno de los máximos exponentes de la arquitectura orgánica europea.

2 En bici, metro y autobús. En Berlín, lo suyo es moverse en bici, que se puede alquilar en el propio hotel o en la tienda de la esquina por unos 12 euros al día. Otra opción económica es la tarjeta Berlin Welcome, que por 19,50 euros permite usar durante 48 horas el eficacísimo transporte público berlinés. Colarse en el metro resulta tentador: no hay tornos, pero sí revisores que van de paisano y a comisión, así que las multas de 60 euros (hasta hace poco eran solo de 40 euros) no siempre se ven venir y se pagan sí o sí, como hay Gott. Si se quiere tener la sensación de estar viajando gratis, es mejor coger el autobús número 100, que hace un recorrido casi idéntico a los panorámicos que usan los turistas y no cuesta nada, si se tiene la tarjeta Berlin Welcome (si no, son 2,70 euros, como cualquier otro autobús urbano). El 100er Bus o Hunderter Bus fue el primero que, tras la reunificación alemana, circuló entre el centro del Berlín occidental (Zoologischer Garten) y el centro del oriental (Alexanderplatz) y en su ruta enhebra lugares tan emblemáticos como la iglesia memorial del Kaiser Guillermo, la columna de la Victoria, el Reichstag, la puerta de Brandeburgo, la Catedral o la torre de la Televisión. Y lo hace en solo 27 minutos. Lo bueno, si breve y gratuito, tres veces bueno.

Estación de metro de Alexanderplatz

Estación de Alexanderplatz. Colarse en el metro es fácil, toda una tentación, pero las multas son finas.

3 Tour clásico o alternativo. Todos los días, a las 11.00 y a las 14.00, se puede hacer un tour a pie gratuito con un guía de habla española por gentileza de Sandemans, recorriendo durante dos horas y media el Berlín esencial, desde la puerta de Brandeburgo hasta la torre de la Televisión y desde el Checkpoint Charlie hasta la Catedral. Bueno: gratuito, gratuito, no es. Se entiende que hay que darle al guía la voluntad, como a las abuelitas que enseñan las iglesias en los pueblos españoles. Lo mismo ocurre con los paseos de Alternative Tours, que, como su nombre indica, visitan lugares poco convencionales: granjas urbanas, ruinas llenas de grafitis, talleres de artistas, tiendas raras...

4 Barra libre de terror. Buenas noticias: en Berlín hay un montón de museos gratuitos. Malas noticias: la mayoría tratan de los horrores del nazismo. Aparte de que estaría feo cobrar, poca gente pagaría por ver lugares tan deprimentes como el solar que fue cuartel de las SS y hoy aloja la muestra permanente Topographie des Terrors. O  el campo de concentración de Sachsenhausen. O el centro de información del Monumento al Holocausto. Pero no todo son penas. Los lunes se puede ver sin pasar por taquilla el Deutsche Bank Kunsthalle (antiguo Guggenheim alemán) y, todos los días, la colección de arte contemporáneo Daimler. Y luego están los dos grandes clásicos gratuitos: la East Side Gallery, 1.300 metros de muro con sus famosas pinturas bien conservadas, incluido el morreo de Breznev y Honecker; y el Berlin Wall Memorial, un pedazo intacto del Berlín de la guerra fría, con su muro, sus garitas y su tierra de nadie. Tampoco es un sitio muy alegre, la verdad.

East Side Gallery

East Side Gallery: 1.300 metros de muro con pinturas bien conservadas, algunas de ellas legendarias.

5 Rastro dominical, karaoke y gözleme. Cerca del Berlin Wall Memorial (diez minutos a pie), se celebra el multitudinario rastro dominical de Mauerpark, con chiringuitos de salchichas y graderío donde, cuando hace bueno, se organiza un tremendo karaoke. Los martes y los viernes, el follón mercaderil se traslada a la calle Maybachufer, en el barrio de Newkölln. En este mercadillo turco, todo cuesta un euro, desde un kilo de tomates hasta un gözleme o crep de queso feta y espinacas.

6 Tres parques y una playa. Otra buena idea para pasar el día gratis, como los pájaros, es ir de picnic al céntrico Tiergarten: tres kilómetros y medio de céspedes, hayedos y lagunas que se extienden desde la puerta de Brandeburgo hasta el Zoo, algunos de cuyos animales (los ñandúes, por ejemplo) se pueden ver sin pagar, simplemente bordeando el canal Landwehr. El antiguo aeropuerto y hoy parque de Tempelhof está bien para ir un día soleado a volar cometas; en invierno, con niebla, es un lugar siniestro, ideal para quedar con otro espía o intercambiar prisioneros. Una tercera opción, quizá la más curiosa, es el parque de Treptower, con su gigantesco mausoleo donde yacen 5.000 soldados soviéticos. Este, a los berlineses, no les hace demasiada gracia. Al atardecer, el sitio es Yaam, un chiringuito playero con música reggae, cocina jamaicana y africana, y terraza para ver cómo el sol se hunde en las aguas del río Spree. Está pegado a la East Side Gallery.

Mercadillo turco

Los martes y los viernes, los ahorradores tienen una cita en el mercadillo turco de la calle Maybachufer.

7 La cúpula de Foster y la ostra embarazada. Si somos más de ver edificios que árboles y atardeceres, veremos la cúpula del Reichstag, magna obra cristalina de Norman Foster que se visita sin coste reservando aquí. Esta curva del río Spree está llena de arquitecturas oficiales, concebidas para impresionar al contribuyente. Aquí también se alza la Casa de las Culturas del Mundo, antiguo palacio de congresos construido en 1957 por el estadounidense Hugh Stubbins, cuya cubierta en forma de concha abombada le ha valido el remoquete de la ostra embarazada. La entrada es libre.

8 Templos del fast-food. Una salchicha bañada en ketchup aderezado con curry es la comida rápida y barata (con patatas fritas, 2,80 euros) típica de Berlín. El currywurst, que así se llama, lo venden en mil puestos callejeros, pero la fama y las colas se las lleva el Curry 36 de Hardenbergplatz, junto a la estación del zoo. También la gente hace largas colas para comer los kebabs de Mustafa’s, cuyo secreto son las verduras asadas (berenjena, puerro, calabacín…­­­­) que acompañan al pollo. El tercer templo del fast-food berlinés es Burgermeister: ocho ricas hamburguesas, incluida una vegetariana con tofu y salsa de mango y curry, en un quiosco bajo las vías de la estación de Schlesisches Tor.

Clärchens Ballhaus

Clärchens Ballhaus, un local de diversión centenario, ideal para bailar agarrado. Es decir, sin soltar un duro.

9 Una calle con mucho arte. Una docena de galerías, salpicadas a lo largo de Auguststrasse, hacen de esta calle la mayor pasarela de arte moderno de Alemania y el plan gratuito más absorbente de la capital. Algunas galerías son pequeñas y un poco intimidantes, pero otras, como Berlin Art Projects, son espacios amplios y acogedores, donde uno se siente como un coleccionista rico.

10 Un siglo bailando. En la misma Auguststrasse abre sus puertas desde 1913 Clärchens Ballhaus, un salón de baile (con café y restaurante) de lo más retro, divertido y asequible, donde por la tarde se dan clases muy baratas, incluso gratuitas, de salsa, tango, swing y chachachá, y a partir de las 21.00 se puede practicar lo aprendido sin hacer gasto. Si acaso, una cervecita para reponer sales.

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Ocho cosas que hacer en Cerler (Huesca) si odias el esquí

Campanario de la iglesia de Cerler

Cerler, antes que estación de esquí, fue (y es) un bonito pueblo de montaña, con una iglesia del siglo XVI.

A tu pareja, a tus hijos y a tus amigos les chifla esquiar, pero a ti te repatea desde que tienes uso de razón y llevas rezongando dos semanas porque te toca acompañarlos a la estación de Cerler, en el Pirineo aragonés. No podemos ayudarte a superar tu trauma, porque esto no es un blog de psicología, pero podemos decirte qué puedes hacer en Cerler para sufrir lo menos posible e incluso pasarlo bien. De entrada, la cosa cambia, y mucho, si se elige un buen hotel.

1.No salir del hotel. Es una opción un poco radical, pero no mala, sobre todo si se está alojado en el hotel HG Cerler. Tiene una gran fachada acristalada, ideal para sentarse detrás, con una cerveza en la mano, y estarse el día entero admirando este paisaje grandioso, donde se alza el 80 por ciento de los picos de más de 3.000 metros que hay en la Península (incluido el Aneto, que con 3.404, es el techo del Pirineo) y brilla la mitad de los glaciares que aún no se han derretido con el calentamiento global. En la zona de relax del spa, contemplando el mismo panorama, se está todavía mejor.

2.Descubrir Cerler (el pueblo). Cerler es una estación de esquí tan famosa, que a menudo la gente olvida que Cerler también es un pueblo, un viejo y encantador pueblecito de piedra y pizarra, el más alto del Pirineo (1.540 metros), con una iglesia del siglo XVI, algunas casas blasonadas y calles estrechas donde el sol apenas hace su trabajo y es fácil darse un talegazo con el hielo. Parada obligada en Casa Cornel, que es la más antigua de lugar (del siglo XII, según dicen) y, desde 2001, un hotel familiar con muchísimo encanto y con un restaurante, La Solana, donde después de comer un plato de lentejas con costilla y chorizo y otro de longaniza de Graus con huevos y patatas fritas, ya no se siente nunca más el frío. Otro buen restaurante, y más barato, es la Borda del Mastín (Obispo s/n; 974 551 207), cuyos fuertes son las setas, la sopa de cebolla y las carnes a la brasa.

Forau de Aiguallut

En la cascada del Forau de Aiguallut, el agua que brota del glaciar del Aneto brinca y se la traga la tierra.

3.Ponerse morado de vino y gin-tonics. Lo mejor del esquí, para alguien a quien no le gusta esquiar, es lo que se hace después. O sea, el après-ski. ¿Por qué se dice en francés? Nous ne savons pas. Lo que sí sabemos es que, en Cerler, el templo del après-ski es la cafetería Remáscaro, que está pie de pista y ofrece, gratuitamente, vino caliente los lunes, chocolate los martes y conciertos y sesiones de música en directo cada fin de semana. El DJ residente se llama Capi y toca el saxo. Consultar la programación. También se puede tomar un buen gin-tonic, de los de toda la vida (sin pepino ni otras zarandajas), en la Borda del Mastín, que además tiene billar, dardos y futbolín.

4.Buscar un tesoro pirata. Si somos niños o viajamos con ellos, una buena manera de no morirnos de aburrimiento es buscar los tesoros que hay escondidos bajo la nieve. Se supone que unos piratas subieron un día con un cofre lleno a reventar de ellos hasta la parte más alta de la estación, lo cual es absurdo, pero no más que muchas otras cosas que se les cuentan a los niños y que se hacen en una estación de esquí. El caso es que el cofre se les cayó a los piratas por la pendiente nevada y se llenó todo de joyas y monedas de oro, las cuales hay que buscar con la ayuda del mapa que facilitan en las oficinas de atención al cliente de Cerler 1.500 o de la Cota 2.000.

5.Sacarse el carné de musher. Al igual que en la mili había quien aprovechaba para sacarse el carné de conducir y mitigar así la tremebunda pérdida de tiempo que era todo aquello, en Cerler (en el Sector Ampriu, para más señas) hay quien se entretiene aprendiendo a guiar un trineo tirado por una manada enloquecida de lobos (o de huskies siberianos, que son lo más parecido). Al final, le entregan un diploma que le acredita como musher aventurero valiente. No es para menos. Además de práctica, hay teoría: el osado aspirante a musher aprende la leyenda de Panuk, el lobo blanco que se convirtió en el mejor compañero del hombre, y todos los secretos de los perros nórdicos, desde su origen hasta el color de sus ojos, pasando por sus costumbres o el significado de su permanente sonrisa. Comparada con otras licencias, ésta es una ganga (18 euros) y encima hay descuentos para grupos (cuatro personas por el precio de tres). Es necesario reservar llamando al 638 332 859.

Benasque

Iglesia renacentista de Santa María la Mayor, en Benasque, la capital del valle, muy próxima a Cerler.

6.Conducir una moto de nieve. También en el Sector Ampriu, hay un circuito acondicionado de 12 kilómetros para conducir con toda seguridad motos de nieve. Las alquila Sleds Cerler, que además ofrece excursiones guiadas por diferentes zonas de la estación, subiendo a los collados de Basibé o Sarrau para contemplar las espectaculares vistas del Aneto o la puesta de sol tras el macizo de Posets. Otra opción son las salidas nocturnas, que incluyen la posibilidad de cenar durante el recorrido. Esto hay que hacerlo con luna llena, a poder ser.

7.Visitar la Chamonix de los Pirineos. A seis kilómetros de Cerler se encuentra Benasque, la capital del valle, conocida por su gran ambiente invernal y montañero como la Chamonix de los Pirineos. Pese al estirón que ha pegado en las últimas décadas, conserva un coqueto núcleo antiguo de callejas angostas, casas de piedra gris y tejados de pizarra gruesa cual pavimentum de calzada romana. Allí descuellan la iglesia renacentista de Santa María la Mayor, el palacio de los condes de Ribagorza (siglo XVI), la casa de Marcial Río (siglo XVII), la solariega casa pirenaica de Faure y la infanzona de Juste (siglo XV), ésta con gran torreón almenado. Tres paradas imprescindibles: el Centro de Interpretación del Parque Natural Posets-Maladeta, la legendaria tienda de material de montaña Barrabés y el restaurante El Fogaril, del Hotel Ciria, donde triunfan los platos de caza.

8.Pasear con raquetas de nieve. En Llanos del Hospital, a 13 kilómetros de Benasque, arranca el Camí dels Aranesos, un viejo sendero que comunicaba este valle oscense con el leridano de Arán y que es idóneo para andar por el monte con raquetas de nieve, contemplando docenas de picos que superan los 3.000 metros de altura. A cinco kilómetros del inicio (o unas dos horas de andar) se llega al Forau de Aiguallut, un forau u hoyo natural, grande como un estadio, donde las aguas recién nacidas de los hielos montanos (arriba se ve cabrillear el glaciar del Aneto) se cuelan bajo tierra tras una estrepitosa cascada. Lo más curioso de este sumidero kárstico es que no devuelve las aguas al mismo valle, sino que las envía subterráneamente al vecino de Arán, en la vertiente atlántica, siendo las únicas del Pirineo aragonés que no van al Mediterráneo a través del Ebro. Cosa de magia. En Llanos del Hospital se alquilan las raquetas y se ofrecen paseos guiados con ellas.

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