Ocho cosas que hacer en Cerler (Huesca) si odias el esquí

Campanario de la iglesia de Cerler

Cerler, antes que estación de esquí, fue (y es) un bonito pueblo de montaña, con una iglesia del siglo XVI.

A tu pareja, a tus hijos y a tus amigos les chifla esquiar, pero a ti te repatea desde que tienes uso de razón y llevas rezongando dos semanas porque te toca acompañarlos a la estación de Cerler, en el Pirineo aragonés. No podemos ayudarte a superar tu trauma, porque esto no es un blog de psicología, pero podemos decirte qué puedes hacer en Cerler para sufrir lo menos posible e incluso pasarlo bien. De entrada, la cosa cambia, y mucho, si se elige un buen hotel.

1.No salir del hotel. Es una opción un poco radical, pero no mala, sobre todo si se está alojado en el hotel HG Cerler. Tiene una gran fachada acristalada, ideal para sentarse detrás, con una cerveza en la mano, y estarse el día entero admirando este paisaje grandioso, donde se alza el 80 por ciento de los picos de más de 3.000 metros que hay en la Península (incluido el Aneto, que con 3.404, es el techo del Pirineo) y brilla la mitad de los glaciares que aún no se han derretido con el calentamiento global. En la zona de relax del spa, contemplando el mismo panorama, se está todavía mejor.

2.Descubrir Cerler (el pueblo). Cerler es una estación de esquí tan famosa, que a menudo la gente olvida que Cerler también es un pueblo, un viejo y encantador pueblecito de piedra y pizarra, el más alto del Pirineo (1.540 metros), con una iglesia del siglo XVI, algunas casas blasonadas y calles estrechas donde el sol apenas hace su trabajo y es fácil darse un talegazo con el hielo. Parada obligada en Casa Cornel, que es la más antigua de lugar (del siglo XII, según dicen) y, desde 2001, un hotel familiar con muchísimo encanto y con un restaurante, La Solana, donde después de comer un plato de lentejas con costilla y chorizo y otro de longaniza de Graus con huevos y patatas fritas, ya no se siente nunca más el frío. Otro buen restaurante, y más barato, es la Borda del Mastín (Obispo s/n; 974 551 207), cuyos fuertes son las setas, la sopa de cebolla y las carnes a la brasa.

Forau de Aiguallut

En la cascada del Forau de Aiguallut, el agua que brota del glaciar del Aneto brinca y se la traga la tierra.

3.Ponerse morado de vino y gin-tonics. Lo mejor del esquí, para alguien a quien no le gusta esquiar, es lo que se hace después. O sea, el après-ski. ¿Por qué se dice en francés? Nous ne savons pas. Lo que sí sabemos es que, en Cerler, el templo del après-ski es la cafetería Remáscaro, que está pie de pista y ofrece, gratuitamente, vino caliente los lunes, chocolate los martes y conciertos y sesiones de música en directo cada fin de semana. El DJ residente se llama Capi y toca el saxo. Consultar la programación. También se puede tomar un buen gin-tonic, de los de toda la vida (sin pepino ni otras zarandajas), en la Borda del Mastín, que además tiene billar, dardos y futbolín.

4.Buscar un tesoro pirata. Si somos niños o viajamos con ellos, una buena manera de no morirnos de aburrimiento es buscar los tesoros que hay escondidos bajo la nieve. Se supone que unos piratas subieron un día con un cofre lleno a reventar de ellos hasta la parte más alta de la estación, lo cual es absurdo, pero no más que muchas otras cosas que se les cuentan a los niños y que se hacen en una estación de esquí. El caso es que el cofre se les cayó a los piratas por la pendiente nevada y se llenó todo de joyas y monedas de oro, las cuales hay que buscar con la ayuda del mapa que facilitan en las oficinas de atención al cliente de Cerler 1.500 o de la Cota 2.000.

5.Sacarse el carné de musher. Al igual que en la mili había quien aprovechaba para sacarse el carné de conducir y mitigar así la tremebunda pérdida de tiempo que era todo aquello, en Cerler (en el Sector Ampriu, para más señas) hay quien se entretiene aprendiendo a guiar un trineo tirado por una manada enloquecida de lobos (o de huskies siberianos, que son lo más parecido). Al final, le entregan un diploma que le acredita como musher aventurero valiente. No es para menos. Además de práctica, hay teoría: el osado aspirante a musher aprende la leyenda de Panuk, el lobo blanco que se convirtió en el mejor compañero del hombre, y todos los secretos de los perros nórdicos, desde su origen hasta el color de sus ojos, pasando por sus costumbres o el significado de su permanente sonrisa. Comparada con otras licencias, ésta es una ganga (18 euros) y encima hay descuentos para grupos (cuatro personas por el precio de tres). Es necesario reservar llamando al 638 332 859.

Benasque

Iglesia renacentista de Santa María la Mayor, en Benasque, la capital del valle, muy próxima a Cerler.

6.Conducir una moto de nieve. También en el Sector Ampriu, hay un circuito acondicionado de 12 kilómetros para conducir con toda seguridad motos de nieve. Las alquila Sleds Cerler, que además ofrece excursiones guiadas por diferentes zonas de la estación, subiendo a los collados de Basibé o Sarrau para contemplar las espectaculares vistas del Aneto o la puesta de sol tras el macizo de Posets. Otra opción son las salidas nocturnas, que incluyen la posibilidad de cenar durante el recorrido. Esto hay que hacerlo con luna llena, a poder ser.

7.Visitar la Chamonix de los Pirineos. A seis kilómetros de Cerler se encuentra Benasque, la capital del valle, conocida por su gran ambiente invernal y montañero como la Chamonix de los Pirineos. Pese al estirón que ha pegado en las últimas décadas, conserva un coqueto núcleo antiguo de callejas angostas, casas de piedra gris y tejados de pizarra gruesa cual pavimentum de calzada romana. Allí descuellan la iglesia renacentista de Santa María la Mayor, el palacio de los condes de Ribagorza (siglo XVI), la casa de Marcial Río (siglo XVII), la solariega casa pirenaica de Faure y la infanzona de Juste (siglo XV), ésta con gran torreón almenado. Tres paradas imprescindibles: el Centro de Interpretación del Parque Natural Posets-Maladeta, la legendaria tienda de material de montaña Barrabés y el restaurante El Fogaril, del Hotel Ciria, donde triunfan los platos de caza.

8.Pasear con raquetas de nieve. En Llanos del Hospital, a 13 kilómetros de Benasque, arranca el Camí dels Aranesos, un viejo sendero que comunicaba este valle oscense con el leridano de Arán y que es idóneo para andar por el monte con raquetas de nieve, contemplando docenas de picos que superan los 3.000 metros de altura. A cinco kilómetros del inicio (o unas dos horas de andar) se llega al Forau de Aiguallut, un forau u hoyo natural, grande como un estadio, donde las aguas recién nacidas de los hielos montanos (arriba se ve cabrillear el glaciar del Aneto) se cuelan bajo tierra tras una estrepitosa cascada. Lo más curioso de este sumidero kárstico es que no devuelve las aguas al mismo valle, sino que las envía subterráneamente al vecino de Arán, en la vertiente atlántica, siendo las únicas del Pirineo aragonés que no van al Mediterráneo a través del Ebro. Cosa de magia. En Llanos del Hospital se alquilan las raquetas y se ofrecen paseos guiados con ellas.

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Cinco refugios para Bárcenas en Baqueira-Beret (Lleida)

Rafaelhoteles by La Pleta

Rafaelhoteles by La Pleta, en la urbanización del mismo nombre, muy frecuentada en su día por la familia real.

Jesús Bárcenas tiene que presentarse en el juzgado los lunes, los miércoles y los viernes, pero nada le impide (que nosotros sepamos) irse un finde a esquiar. No a Canadá, lógicamente. Pero sí a su estación española predilecta, Baqueira-Beret. Pasamos revista a los hoteles de lujo de la estación leridana, donde difícil sería, llegado el caso, no tropezarse con el extesorero del PP.

Ahora que Bárcenas está en libertad, cabe suponer que volverá a practicar su deporte favorito (o el segundo favorito, si admitimos como deporte el acarreo de maletines llenos de dinero a Suiza) y que pronto lo veremos deslizándose por las pistas de su querida Baqueira. También es de suponer que se alojará en un hotel, porque la casa que compró en la estación leridana con 149.000 euros de la caja B del PP está embargada y porque no es probable que en la sede de los populares de la Vall d’Aran quieran dejarle ni una taquilla a quien hasta no hace mucho tenía despacho, secretaria, parking y coche oficial en Génova 13. Hombre hecho al lujo, Bárcenas no pernoctará, eso seguro, en cualquier cuchitril, sino en uno de los mejores hoteles de Baqueira-Beret. En uno de estos cinco.

Rafaelhoteles by La Pleta

Suite presidencial de Rafaelhoteles by La Pleta, de 70 metros cuadrados, con cama king size y jacuzzi doble.

Rafaelhoteles by La Pleta. Este es uno de los pocos hoteles de España que ofrecen la posibilidad de hacer heliesquí, algo que al extesorero del PP (sabido es) le apasiona. Está situado en la cota 1.700, en la urbanización La Pleta, donde la familia real se reunía para disfrutar de la nieve aranesa en los buenos tiempos, antes de los escándalos y las operaciones de cadera. Para dormir, hay habitaciones de hasta 70 metros cuadrados con almohadones de pluma de oca, edredones nórdicos y suelo radiante. Para comer, un restaurante gastronómico (Del Gel al Foc) y un japonés (La Pleta Sushi Restaurant). Y para aflojarse el cinturón del estrés, un spa con tratamientos a base de plantas y frutos de la Vall d’Aran, aunque nosotros vemos más a Bárcenas relajándose en el Cigar Bar, donde se pueden paladear whiskies y brandies de todo el mundo al amor de la chimenea… La única pega es que el telesilla queda a 500 metros, pero para alguien que ha estado 19 meses en prisión, un paseo de diez minutos por estas calles nevadas no es molestia, es la gloria. Aparte de que hay transfer privado continuo y gratuito, faltaría más. La habitación doble sale a partir de 166 euros.

Hotel Val de Neu

Un lugar espectacular para relajarse o para dar una rueda de prensa: el jacuzzi exterior del hotel Val de Neu.

Val de Neu. Si Bárcenas prefiere no andar mucho por la calle (algo comprensible, cuando a uno lo sigue una nube de periodistas), entonces elegirá la zona de 1.500, o Val de Ruda, donde hay tres excelentes hoteles pegados al telecabina. Quizá el mejor sea el Val de Neu, que ofrece grandes lujos (servicio de mayordomo o una suite decorada con cristales de Swarovski), pero sin perder de vista los pequeños detalles, ésos que no cuestan apenas pero hacen la vida de los ricos aún más agradable de lo que ya es: por ejemplo, hay siempre zumo fresco y frutas en la recepción y barra libre de chocolate con churros por la tarde. Todo es grande en este hotel, desde las habitaciones hasta el salón con chimenea central exenta, que ni en los palacios de los vikingos había un fuego así. Y cómodo, como los guardaesquíes que se abren con la tarjeta de la habitación en la estación del telecabina. Dos lugares donde se está de vicio después de esquiar y donde nada cuesta imaginar a Bárcenas: en el spa con jacuzzi exterior, bañándose rodeado de nieve, y en la Champagne Terrace, tomando ostras, caviar y jamón ibérico con champán Cristal. Habitación doble: desde 154 euros.

AC Baqueira Ski Resort

Salón con chimenea y sofás de piel del hotel AC Baqueira Ski Resort, Autograph Collection. Solo para adultos.

AC Baqueira Ski Resort, Autograph Collection. Otra buena opción en la zona de 1.500, a 100 metros del telecabina, es este cinco estrellas de modernos y cálidos interiores diseñados por el arquitecto barcelonés Josep Joanpere, de GCA Arquitectos, con predominio de los tonos tostados y dorados y más madera que el Fuerte Apache. El salón social con chimenea y mullidos sofás de piel, de acceso vedado a los niños, tiene algo de despacho de señor acostumbrado a cortar el bacalao, de padrino que después de repartir órdenes tajantes y abultados sobres se reúne risueño con su familia para cenar en el restaurante italiano del hotel, Don Giovanni, regentado por el chef Andrea Tumbarello. En las habitaciones, más madera, camas de 2×2 metros enfundadas en edredones de pluma, toppers y almohadas nórdicas, minibar gratuito, wifi, ducha y bañera de hidromasaje, televisión de plasma y puerto de iPod. Además hay spa, gimnasio, sala de juegos y tienda de esquí Cuylás para comprar, alquilar, reparar o tomar clases. Habitación doble: desde 122 euros.

Himàlaia Baqueira

En el spa del Himàlaia Baqueira se practican masajes ancestrales tibetanos y envolturas con sal del Himalaya.

Himàlaia Baqueira. El tercer hotel que compite por la clientela más exigente en la cota 1.500 de Baqueira es este moderno cuatro estrellas de exótico nombre y decoración a juego, con obras originales de artistas nepalíes y tibetanos, que destina parte de sus beneficios a la educación infantil en la cordillera asiática. Es un establecimiento muy valorado por el público familiar (hay un miniclub y una paciencia extrema con los niños) y por los que piensan que la cena es el momento más feliz de un día de esquí, porque tiene la mejor plancha del valle. También destaca por su precio, sensiblemente inferior a los hoteles anteriormente comentados (hay habitaciones desde 95 euros), algo que a Bárcenas, después de pagar 200.000 euros de fianza, no le sonará mal. Además tiene spa con piscina climatizada, un buen centro de actividades en la montaña y acceso directo a la galería comercial que comparte con los hoteles Val de Neu y AC, la cual le da mucha vidilla.

Meliá Royal Tanau Boutique Hotel

Meliá Royal Tanau, quizá el mejor hotel de Baqueira: solo 30 habitaciones y solo 50 metros hasta el telesilla.

Meliá Royal Tanau. En la urbanización Tanau, a 1.700 metros de altura y a solo 50 de las taquillas y del telesilla Esquirós, se halla el que para muchos es el mejor alojamiento de Baqueira, un hotel boutique de solo 30 habitaciones donde todo es de primera: las vistas al valle y a las pistas, la perfecta mullición de las camas, la calefacción en su punto justo (no como otros hoteles, que parecen que están sobre los mismos fuegos de Mordor), el desayuno bufé con show cooking, la merienda après-ski con montaditos, creps, cruasanes, chocolate con churros, refrescos, infusiones, cafés… Entre otros muchos servicios, hay el Yhi Spa con circuito termal y amplia carta de tratamientos y masajes, guardaesquíes con servicio de calientabotas y escuela de esquí y snowboard. Lo que no hay, la verdad sea dicha, es demasiada animación en la zona del hotel, pero esta temporada eso importa poco, porque los huéspedes tienen a su disposición, sin cargo alguno, dos relucientes Porsche Cayenne para ir a buscarla dondequiera que la haya. Así se las ponían, no ya a Fernando VII, sino a Bárcenas cuando era tesorero del PP. La habitación doble cuesta como mínimo 207 euros.

Más información. Turismo de la Vall d’Aran y Turismo de Lleida.

 

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Bahía de Cope (Murcia): la costa de los piratas

Torre de Cope

Torre de Cope, cerca de Águilas, construida en el siglo XVI para prevenir el ataque de los piratas berberiscos.

Una ruta en coche por el parque regional de Cabo de Cope y Puntas de Calnegre, entre Águilas y Lorca: 40 kilómetros de calas salvajes, tan solas como en tiempos de los piratas. Hay que darse prisa, porque esta costa no permanecerá virgen eternamente. Las grúas acechan en el horizonte.

Puede que España fuese la dueña del mundo en el siglo XVI, pero los piratas berberiscos desembarcaban en la costa murciana como si fuera suya, aprovechando que era (y, en parte, sigue siendo) asaz áspera y solitaria. De nada servían las atalayas y fortificaciones. La torre de Cope, que se levantó entre 1530 y 1576 junto al cabo homónimo, cerca de Águilas, fue varias veces asaltada y despojada de sus cañones, antes de ser destruida a finales de la misma centuria. Reedificada a conciencia en 1663, es una imponente torre hexagonal con revellín y terraza almenada, más fuerte que muchos castillos. Da igual. Aunque tuviera las armas de la Estrella de la Muerte, no podría proteger la inmensa costa salvaje que se extiende hacia el norte, hasta las playas de Lorca, y menos ahora que otros piratas quieren saquearla construyendo 20 hoteles, 9.000 viviendas, cinco campos de golf y un puerto de 2.000 amarres. Un nuevo Cancún, dicen. La Marina de Cope, que así se llama esta barbaridad urbanística, se encuentra de momento paralizada por la crisis económica y por los tribunales, que han dado la razón a los ecologistas y otras personas sensatas que se oponen a ella, pero el Gobierno regional y los promotores la siguen considerando un proyecto estratégico y viable (cambiando lo que haya que cambiar, lógicamente), así que, en cuanto amaine la crisis, podemos despedirnos de este paraíso. Quizá no veamos un nuevo Cancún, pero una bahía salvaje, tampoco.

Antes de que se consume la destrucción de esta bahía, vamos a reconocerla conduciendo desde la torre de Cope por los caminos asfaltados más próximos a la costa, entre campos de cultivo. Tomando en la primera encrucijada la carreterilla señalizada como camino del Cantar y, en la siguiente, la CRS-24-96, arribaremos a un pequeño cabo, con una alquería en ruinas, que separa Playa Larga y Cala Blanca, a cual más deslumbrante. Aquí no queda más remedio que retroceder, para después coger la carretera D-20, que lleva a Ramonete atravesando la sierra litoral del Lomo de Bas. Ya sólo nos restará bajar por la D-21 hacia Calnegre y, un kilómetro antes de llegar a esta población, desviarnos a la derecha por una pista de tierra que bordea las calas de Calnegre, Baño de la Mujeres y Siscal; calas de arenas doradas a las que se accede cómodamente en coche, aunque si vamos a pie, dando un garbeo de media hora, tampoco nos vamos a morir y se conservarán mejor.

Cala del Baño de las Mujeres

Baño de las Mujeres, una de las muchas playas salvajes de esta costa, perteneciente al municipio de Lorca.

Si no nos apetece quedarnos en una cala, o el día no acompaña, podemos alargar la ruta 30 kilómetros, acercándonos a Mazarrón para admirar las gredas de Bolnuevo, en la playa del mismo nombre. Es una ciudad encantada de margas arenosas (o gredas) de vivo color amarillo, areniscas y conglomerados, rocas sumamente frágiles en las que el viento y la lluvia han esculpido setas gigantes. Viendo esta joya natural, rodeada de bloques de apartamentos, nos haremos también una idea del desastre que está a punto de ocurrir, si nadie lo remedia, en la vecina bahía de Cope.

Otro día (o el mismo, bien aprovechado) tenemos que subir a lo más alto de Águilas para visitar su castillo. Como los piratas berberiscos no dejaban de dar la tabarra, frustrando todo intento de repoblar las que fueron tierras moras, en 1756 Fernando VI ordenó levantar, sobre planos del ingeniero Ferigán, el castillo de San Juan de las Águilas, un fuerte de tres alturas, con patio central, polvorín, almacén, calabozo, cocina y terraza erizada de cañones. Musealizado en 2009, el lugar entretiene mucho con sus catalejos y su preso virtual gimoteando en la mazmorra. Desde la batería de San Pedro, orientada a naciente, se goza una vista casi cenital del faro, el puerto y la población de calles rectilíneas, que se hizo así, al gusto ilustrado, poco después de construirse el castillo.

Gredas de Bolnuevo

Gredas de Bolnuevo, una pequeña ciudad encantada en la playa del mismo nombre, en el término de Mazarrón.

Cómo llegar. La ruta comienza en la torre de Cope, que está a 10 kilómetros de Águilas yendo por la carretera D-15, nada más pasar Calabardina. El recorrido propuesto es de 40 kilómetros, 70 si se prolonga hasta Bolnuevo. Comer. Casa del Mar (Águilas; 968 412 923): restaurante familiar, cuyas especialidades son el arroz a banda y el calamar de la casa. Las Brisas (Águilas; 968 410 027): buen lugar para comer la gamba roja de Águilas; además, arroces, frituras y pescados a la espalda. Dormir. Hay muchas opciones de alojamiento en esta carismática costa. En Águilas, recomendamos el hotel Puerto Juan Montiel (con spa), y en Bolnuevo, el Atrium. Más información. Turismo de Murcia.

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Ferrocarril Eléctrico del Guadarrama: 91 años a cuestas

Ferrocarril Eléctrico del Guadarrama

Miles de madrileños descubrieron de niños la sierra de Guadarrama a través de las ventanas del Eléctrico.

El Ferrocarril Eléctrico del Guadarrama (Cercedilla-Cotos) ha cumplido este verano 91 años y los doctores no le dan muchos más de vida. Es tradicional y ecológico, pero Renfe no apuesta por el: reducción de plazas, supresión de paradas, tarifas excesivas… Hace tres años, cuando dimos la voz de alarma, había cinco trenes al día y el billete de ida costaba 6,20 euros. Ahora hay solo cuatro y cuesta 8,55 (¡más que la entrada al Museo Reina Sofia!). Nosotros volvemos a contar aquí su larga y curiosa historia, por si sirve de algo. Aunque en estos tiempos, la antigüedad, más que un grado, es un defecto, la excusa para que a uno (sea tren o persona) lo descarrilen.

El 12 de julio de 1923, al frisar las siete de la tarde, un aullido que no era de este mundo resonó en el cóncavo de Siete Picos y, antes de que los pastores hubieran acabado de santiguarse, se hizo tren en el puerto de Navacerrada. Gracias a las revistas ilustradas de la época, podemos hoy reconstruir el minuto surrealista en que los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, el obispo de Madrid-Alcalá, el ministro de Fomento, el gobernador civil de Madrid, el director de Agricultura y otras autoridades se apearon en mitad de la nada y, pues no había dónde brindar por la inauguración del ferrocarril, encendieron unos pitillos –el rey fumaba asaz– y se marcharon.

Noventa años después, el puerto de Navacerrada no lo reconoce ni la madre que lo parió, pero el tren de vía estrecha proyectado por el ingeniero José de Aguinaga y Kéller sigue siendo, en sustancia, el mismo armatoste entrañable que aullaba a 30 kilómetros por hora en las tardes de lobos de la sierra. En tiempos de alta velocidad y levitación magnética, el Eléctrico –como lo conocen todos los amantes de la sierra de Guadarrama– mantiene viva la épica del ferrocarril, la épica también de aquellas jornadas montañeras que empezaban de gran mañana en Cercedilla y terminaban, si es que terminaban, como el rosario de la aurora.

Lean, si no, el escrito dirigido por Antonio de Luna García, presidente del Patronato del Puerto de Navacerrada, al ministro de Obras Públicas en abril de 1951, porque es de toma pan y moja: “Si el ferrocarril eléctrico contase con un quitanieves se evitarían las interrupciones de tráfico hoy por desgracia tan frecuentes, el dejar a los viajeros a 6 ó 7 kilómetros del final del trayecto de noche y en plena borrasca, y espectáculos que tanto dañan al deporte y al turismo y permiten establecer comparaciones vejatorias para nuestro país –como ha ocurrido en reciente revista extranjera– como los sucedidos a primeros del pasado mes al ex-rey Humberto de Italia y a la actriz internacional Anna-Bella, que tuvieron que ser bajados a Cercedilla en trineo improvisado con cajones de pescado, o a la marquesa de Villaverde el sábado 10 de febrero, en que el tren de las 11 de la mañana arrancó a las cuatro de la tarde y llegó al puerto [de Navacerrada] tras mil penalidades a las siete, teniendo que dejar en la estación intermedia de Siete Picos a otro tren de oficiales del ejército que se dirigían a los cursos de esquí, y en la estación de Cercedilla al resto de dichos oficios y a cien viajeros que, después de aguardar ateridos a la llegada del único coche motor útil desde las cuatro de la tarde a las 10 de la noche, hora en que se incendió el cuadro de comunicaciones de la estación de Cercedilla por contacto de la línea telefónica con la de alta por una falsa maniobra del motor que descendía del puerto, sólo pudieron regresar a Madrid a las 12 de la noche”.

Antes de que se inaugurara este trenecito de vía estrecha, todavía era peor. El Guadarrama era entonces “la Sierra gris y blanca” de Machado, “la Sierra de mis tardes madrileñas / que yo veía en el azul pintada”, una línea en el horizonte que sólo cuatro majaretas –profesores, alumnos y amigos de la Institución Libre de Enseñanza, sobre todo– osaban cruzar. Uno de aquellos pioneros, Manuel González de Amezúa, nos ha dejado este simpático relato de cuando subía a patinar (aún no se decía esquiar) a las laderas del Ventorrillo, no lejos del puerto de Navacerrada, con unas tablas de madera que le habían proporcionado unos noruegos que regentaban una serrería en la sierra: “En aquellos años [primera década del siglo], el único transporte posible desde Madrid era el tren que nos dejaba en aquel lugar solitario y desierto llamado Cercedilla, desde donde nos trasladábamos a pie hasta el Ventorrillo. El servicio ferroviario de aquel tiempo era escaso, lento y muy espaciado, con un material deplorable, sin calefacción, comunicación entre coches ni ninguno de los adelantos modernos. El viaje de ida llevaba tres horas largas, y el de vuelta, había de hacerse dejando Cercedilla muy temprano. Sin embargo, qué entusiasmo el nuestro que, a pesar de todo ello, iniciábamos la áspera subida a la casilla de peones camineros del Ventorrillo, dejando impúnemente las prendas que nos estorbaban colgadas de las ramas de los árboles, en la seguridad de encontrárnoslas a nuestro regreso… Años más tarde, el tendido del ferrocarril eléctrico al puerto de Navacerrada puso este lugar tan aislado hasta entonces al alcance de los bolsillos más modestos y de los excursionistas más comodones, contribuyendo con esa facilidad a hacerlo tan vulgar e insoportable, particularmente en las épocas de nieve, que ya hoy hay que pensar en buscar otros parajes”. Comoquiera que la subida al Ventorrillo era penosísima, y se pasaba junto al viacrucis del antiguo cementerio de Cercedilla, y –para más inri– aquellos esforzados trepaban con las tablas cargadas sobre los hombros, a su camino le llamaron el atajo del Calvario. Y a fe que lo era.

Así de fatigados andaban los exploradores de la sierra cuando, el 5 de junio de 1917, se constituyó el Sindicato de Iniciativas del Guadarrama, con el propósito primero de construir un ferrocarril de vía estrecha entre Cercedilla y el puerto de Navacerrada, para lo cual se efectuó un depósito inicial de ocho mil pesetas.

Estación del Puerto de Navacerrada

La estación de ferrocarril del Puerto de Navacerrada (Cercedilla, Madrid), bajo un metro y medio de nieve.

En la primera memoria del Sindicato de Iniciativas del Guadarrama, de 1917, podemos leer los pintorescos motivos que impulsaron la construcción del ferrocarril, formulados con prosa igualmente pintoresca: “Muchísimas veces, en nuestras excursiones a la Sierra de Guadarrama, hemos oído lanzar a nuestro alrededor esta exclamación: ¡¡Si esta Sierra estuviera tan cerca de París o de Londres como lo está de Madrid, estaría cuajada de tranvías, funiculares, hoteles, campos de sport, etc.!! Todos asentíamos y no faltaba quien agregase: ¡Ya vendrá una compañía francesa o inglesa que lo haga!… Sin embargo, en los tiempos que corremos de afirmación nacional y de exclusivismos patrios, varios dimos en pensar por qué había de ser una sociedad extraña la que hiciera todo esto y no nosotros mismos. ¿Es el problema inabordable a una entidad española? Evidentemente, no”.

El tendido de la vía férrea se consumó, como hemos visto, pocos años más tarde, en 1923; el Sindicato emprendió asimismo la construcción del hotel Victoria en el puerto de Navacerrada y la urbanización de algunos terrenos a la vera de ferrocarril –como la lujosa colonia de Camorritos–, pero afortunadamente para la naturaleza madrileña, otros proyectos que bullían en los frenéticos cerebros del Sindicato, como la prolongación de la vía hasta casi las lagunas de Peñalara, o el tendido de dos funiculares aéreos a las cumbres de Cabezas de Hierro y Peñalara, o la conexión del Eléctrico con la línea Madrid-Burgos a través del alto valle del Lozoya, se quedaron en agua de borrajas, y no por falta de ganas, sino de dinero, que entonces no había escrúpulos ecológicos. (Ni tampoco ahora, todo hay que decirlo, pero ésa ya es harina de otro costal).

Creado, pues, con capital privado, el Eléctrico pasó años muy difíciles durante y después de la Guerra Civil, como todo el mundo, y no fue hasta su incorporación a Renfe, en marzo de 1954, cuando se garantizó su explotación, ruinosa se mire por donde se mire, aprobándose de paso la prolongación hasta el puerto de Cotos del trazado original, que, de poco más de 11 kilómetros, pasaba así a sumar un total de 18.

Cuentan las malas lenguas que el tren estaba en un tris de desaparecer cuando sucedieron dos hechos providenciales: el primero, la celebración, en el invierno de 1950-51, de una competición de esquí entre deportistas españoles, andorranos y franceses en el puerto de Navacerrada; el segundo, la asistencia a la entrega de premios de Carmen Franco y Polo, a la sazón embarazada de Carmencita. Finalizado el acto, se desencadenó una nevada de aquí te espero, la carretera fue cerrada al tráfico, la hija de Franco empezó a encontrarse mal y, de no ser por los más de cien operarios que se habían ocupado de mantener expédita la vía del Eléctrico, nadie sabe lo que allí hubiera ocurrido. Lo que sí parece claro es que, de resultas de estos hechos, el ministerio de Obras Públicas tomó conciencia de lo útil que podía ser este tren y, casi como en agradecimiento a los servicios prestados, empezó a estudiar la posibilidad de adquirirlo, como así fue.

Asegurada su supervivencia, el Ferrocarril Eléctrico del Guadarrama ha sabido mantener el tipo a lo largo de las últimas seis décadas, trepando sin flaquear por pendientes del seis por ciento, a través de la niebla y la cellisca, de la nieve y el vendaval, y aunque caigan vacas del cielo, ofreciendo a los pasajeros el espectáculo de los valles del cóncavo de Siete Picos, de Navalmedio y de Valsaín, donde arraigan los pinares más hermosos de la creación. Un lunes, o un martes, lo veréis subir casi de vacío. Pero cuando llega el fin de semana… Cuando llega el fin de semana, es el mismo camarote de los hermanos Marx que tantas veces hemos disfrutado en nuestras incursiones serranas: “Llegados a Cercedilla, ya antes de detenerse la unidad eléctrica de Renfe”, recuerda Javier Aranguren, autor de una excelente monografía sobre el Eléctrico, “nos bajábamos como podíamos –las portezuelas acabaron siendo no automáticas– y corriendo atravesábamos la sala de venta de billetes para, saliendo a la carretera, subir por ésta hasta la entrada que a 30 metros tenía el Eléctrico, y una vez en ella, por un angosto camino se llegaba al andén donde, para más emoción, esperaba un solo coche motor a aquella masa. Habitual de aquella reunión era la Guardia Civil, que intentaba poner orden sin conseguirlo, los sufridos ferroviarios (que soportaban el mal humor de muchos viajeros) y el resto, nosotros, que entrábamos a sangre y fuego en el vehículo… Una vez todos dentro, como podíamos (algún bajito, prensado, no pondría los pies en el suelo en todo el trayecto), la suave marcha de la unidad circulando sobre una vía en muy malas condiciones, y los garrotes que tenía –innumerables– iban consiguiendo, con sus golpes, el ir ajustando a todos para permitir un levísimo movimiento de nariz, a la vez que notar las ataduras durísimas de los esquís del vecino a la altura del hígado, y los pelos del gorro de lana de la vecina en la boca. Después, el sufrido interventor, que poco menos que volaba por aquel enjambre de gente buena (un porcentaje alto con su correspondiente billete), canciones, hasta que el maquinista salía por la puerta del testero una vez detenido el tren y, a voces, decía que de allí no pasábamos… Después, sacaba como podía la pértiga del teléfono portátil, levantaba el largo palo hasta enganchar un pequeño garfio sobre el hilo superior de los dos que tenía el hilo telefónico al lado de la vía, y tirando del palo hacia abajo conseguía que otro garfio conectara con el hilo inferior, y así, enchufado el cable al coche, daba vueltas a la manivela de la magneto y creo que oyendo mejor por el valle que por la línea telefónica, a grandes voces, decía más o menos: ¡¡¡Cercedilla!!! ¡¡¡No paso de Peña Hueca… está lleno de nieve!!! ¡¡¡¿Subís con las palas o bajo?!!!”.

Senderistas, escaladores, ciclistas de montaña y esquiadores equipados con materiales y fibras futuristas componen hoy el festivo pasaje del eléctrico. Los tiempos han cambiado, pero si aguzáis bien el oído, escucharéis, a la caída de la tarde, un aullido que no es de este mundo resonando en el cóncavo de Siete Picos. Es el último tren que baja del puerto de Navacerrada y sigue la senda de los lobos y de tantos y tantos espíritus buenos como deambulan por la sierra de Guadarrama.

Estación de Cotos

Estación de Cotos, final del trayecto e inicio de las más bellas sendas por el Parque Nacional de Guadarrama.

Cómo llegar. El Eléctrico forma parte de la denominada Zona Verde o C-9 de la red madrileña de Cercanías, desde cualquier punto de la cual se puede acceder a Cercedilla, estación de partida del mismo. Horario. Hay cuatro trenes diarios desde Cercedilla, a las 9.35, 11.35, 14.35 y 16.35. La duración del recorrido es de 24 minutos hasta el puerto de Navacerrada y de 41 hasta el de los Cotos. Precio. 8,55 euros cada trayecto desde cualquier punto de la red de Cercanías. Sendas. Hay infinidad de rutas a pie que se pueden hacer tomando como puntos de partida y/o llegada las estaciones del tren. Quizá la más bella y ambiciosa sea la Ruta de los Tres Puertos, una marcha de 21 kilómetros y unas siete horas de duración que une los puertos de los Cotos, Navacerrada y Fuenfría, y finaliza en la estación de Cercedilla. El itinerario se describe con detalle en www.excursionesysenderismo.com, sitio web en el que encontraremos otras muchas opciones para caminar por la zona. Más información. Cercanías Renfe y Turismo de Cercedilla.

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A un metro de Cortázar, en París

Cortázar y el metro de París

Julio Cortázar hacía magia con sucesos cotidianos y personajes ordinarios. El metro, para él, era una mina.

Cuando se cumplen cien años del nacimiento de Julio Cortázar (Bruselas, 1914), viajamos a París, la ciudad donde vivió, escribió, tocó la trompeta (“sólo como desahogo: soy pésimo”), hizo buenos amigos, amó y murió en 1984. Y lo hacemos para bajar de su mano al metro, el escenario donde ambientó algunos de sus relatos más memorables. Decía Borges que cuando uno trata de resumir un cuento de Cortázar verifica que algo precioso se ha perdido. Es una gran verdad. Quien quiera no perderse nada de nada, que cierre esta página y abra un libro de Julio.

Puestos a soñar, otros hubieran elegido el Transiberiano o el Orient-Express, pero Julio no, Julio tuvo siempre ese gusto por las bicicletas, por el ómnibus y no digamos ya por el subte, esa fidelidad tan de perro callejero, de vagabundo que rebusca en los rincones de la realidad y con eso se contenta, para desesperación de los bienpensantes: “Personas dignas de crédito han hecho notar que el autor de estas informaciones conoce de manera casi enfermiza el sistema de transportes subterráneo de la ciudad de París, y que su tendencia a volver sobre el tema revela trasfondos por lo menos inquietantes” (Novedades en los servicios públicos). Y seguro que Julio se doblaba de risa oyendo a su vieja Remington escribir “trasfondos por lo menos inquietantes”, a sabiendas de que sus trasfondos eran mucho menos inquietantes que la mera realidad y de que basta adentrarse una mañana en Etienne Marcel o Montparnasse-Binevenue para que empiecen a suceder hechos atroces. Dicen que cuando Dante Gabriel Rosetti leyó Cumbres borrascosas, observó: “La acción transcurre en el infierno, pero los lugares, no sé por qué, tienen nombres ingleses”. El escenario de varios relatos de Julio Cortázar también es el infierno, pero los lugares tienen nombres de estaciones de París.

Primero fue Manuscrito hallado en un bolsillo. El narrador, un individuo con las ideas claras pero sin ocupación manifiesta, se dedica full time a deambular por la red del metro parisino en busca de algo parecido a la felicidad. A tal efecto, ha concebido un juego: “Mi regla del juego era maniáticamente simple, era bella, estúpida y tiránica, si me gustaba una mujer, si me gustaba una mujer sentada frente a mí, si me gustaba una mujer sentada frente a mí junto a la ventanilla, si su reflejo en la ventanilla cruzaba la mirada con mi reflejo en la ventanilla, si mi sonrisa en el reflejo de la ventanilla turbaba o complacía o repelía el reflejo de la mujer en la ventanilla…, entonces había juego”. El resto del juego depende, aún más si cabe, del azar: seguir ciegamente un itinerario fijado de antemano (bajar, por ejemplo, en Denfert-Rochereau y tomar la línea Nation-Etoile, o apearse en Chatelet y transbordar hacia Vicennes-Neuilly) y confiar en que la combinación de la mujer coincida con la de él, y entonces por fin sí, entonces el derecho de acercarse y decir la primera palabra.

No hace falta ser muy perspicaz para advertir que Manuscrito hallado en un bolsillo puede ser una metáfora del desencuentro, de la búsqueda infructuosa del Otro (o de la Otra) en un universo incesante e indescifrable, como una monstruosa caja fuerte: “Un plano del metro de París define en su esqueleto mondrianesco, en sus ramas rojas, amarillas, azules y negras una vasta pero limitada superficie de subtendidos seudópodos: y ese árbol está vivo veinte horas de cada veinticuatro, una savia atormentada lo recorre con finalidades precisas, la que baja en Chatelet o sube e Vaugirard, la que Odéon cambia para seguir a La Motte-Picquet, las doscientas, trescientas, vaya usted a saber cuántas posibilidades de combinación para que cada célula codificada y programada ingrese en un sector del árbol y aflore en otro, salga de las Galerías Lafayette para depositar un paquete de toallas o una lámpara en un tercer piso de la rue Gay-Lussac”. No hace falta ser muy perspicaz para advertir que no lo es, que Cortázar abominaba de las parábolas, prefería dejar una ventanilla abierta a la incertidumbre y por ahí su personaje hace la trampa, sigue a una mujer ignorando la ruta prefijada, y cuando ella va a perderse noche arriba por las escaleras de Denfert-Rochereau, se acerca y le dice: “No puede ser que nos separemos así, antes de habernos encontrado”.

Lo que sigue es una de esas felicidades a flor de piel tan típicas de Cortázar, “como de oleaje boca arriba, de abandono a un deslizarse lleno de álamos”: cinzano y cigarrillos en un cercano café, citas puntuales todos los martes en el mismo café, espejismo de casi amor que se desvanece una noche contra el paredón del cementerio cuando él le revela su juego, le confiesa que ha hecho trampa y ambos resuelven, tácitamente, legitimar su relación sin estratagemas, reanudar pues la complicada partida y apostarlo todo a un nuevo encuentro, acaso no coincidir jamás o acaso hacerlo un jueves en la estación de Chemin Vert, habiendo decidido si bajar en Bastille, si en Reuilly-Diderot o si en Daumesnil, donde “hay tan sólo una combinación y la salida a la calle, rojo o negro, sí o no…”

Abono de metro de Julio Cortázar

A Cortázar le gustaba nadar a contracorriente, y sumergirse en las tinieblas de la Ciudad Luz era justamente eso.

En Cuello de gatito negro es de nuevo el metro de París la rayuela en la que un solitario, un tal Lucho, juega a los amores imposibles: “Siempre había sido Lucho el que llevaba la iniciativa, apoyando la mano en la barra como al descuido para rozar la de una rubia o una pelirroja que le caía bien, aprovechando los vaivenes en los virajes del metro y entonces por ahí había respuesta, había gancho, un dedito que se quedaba prendido un momento antes de la cara de fastidio o indignación, todo dependía de tantas cosas, a veces salía bien…” A veces salía bien, pero nunca tanto como la tarde de nieve en que una mano enfundada en un guantecito negro, manita de mulata, empieza a treparse a la suya sin mediar provocación en la estación de la rue de Bac, resbalándose en la curva antes de Montparnasse-Bienvenue, dejándose buscar en Pasteur y entregándose por completo en el túnel ya cerca de Volontaires. “Es siempre así. No se puede con ellas”, se disculpa la muchacha a la altura de Vaugirard, inaugurando un diálogo de frases truncadas (puro Cortázar, che) que poco o nada aclaran (“–No se puede hacer nada –repitió la chica–. No entienden o no quieren , vaya a saber, pero no se puede hacer nada en contra”. “–A mí me pasa igual –dijo Lucho–. Son incorregibles, es cierto”. “–No es lo mismo –dijo la chica–”. “–Oh, sí, usted vio”. “–No vale la pena hablar –dijo ella, bajando la cabeza–”); que poco o nada aclaran salvo que Dina es incapaz de controlar sus manos y vive muy atormentada por ello a dos pasos de Corentin Celton, donde no hay un solo café decente y sí en cambio un nescafé pasable en su casa, nescafé que Lucho acepta porque hace dos estaciones que debía haberse apeado y porque ahora son sus dedos los que se van “cerrando lentamente sobre el guante como quien aprieta el cuello de un gatito negro”.

La sombra de ese gato negro acompaña a los previsibles amantes hasta el dormitorio de Dina, asoma en los preámbulos del sexo, se diluye “en esa caliente espuma que lo allana todo” y vuelve a emerger en los cigarrillos y en las conversaciones de después: Dina sufre porque esa mano suya…, porque está anocheciendo en París…, porque la lámpara se ha roto…, porque en la oscuridad “se está bien pero ya sabés, ya sabés, a veces…”, porque Lucho no se resigna a encender un fósforo para ir a buscar una vela y cuando ella lo intenta es como si su mano llena de uñas se negara a agarrar una cerilla humana. Porque en la oscuridad se está bien, pero a veces. A veces salía bien, lo de la mano en el metro, pero esta vez Lucho “sintió unos garfios que le corrían por la espalda…”

Edgardo Cantón, Julio Cortázar y Juan Cedrón en París

Julio Cortázar con Edgardo Cantón (a su derecha) y Juan Cedrón, junto a la boca de la estación de Louvre.

Quienes frecuentan la obra de Cortázar no ignoran que, más allá (o más acá, según se mire) del creador ambicioso, capaz de triples mortales metafísicos como la anti-novela Rayuela, alienta un cronopio como la copa de un pino, capaz de guasas monumentales como sus prolijas Instrucciones para subir una escalera. A ese cachondo crónico debemos Novedades en los servicios públicos, crónica paródica tirando a rosa sobre el coche restaurante que hace un cuarto de siglo anduvo circulando por las tinieblas de la Ciudad Luz, y de la cual efectuamos a continuación un kilométrico extracto que sin duda agradecerán los lectores casi tanto como nosotros, pues difícilmente podríamos hallar una forma mejor, más cómoda y divertida, de acabar este texto. Dice: “¿Cómo callar las noticias sobre el restaurante que circula en el metro y que provoca comentarios contradictorios en los medios más diversos? La idea debió de partir de Maxim’s, puesto que a este templo del morfe le ha sido dada la concesión del coche restaurante. (…) No faltan quienes se preguntan perplejos la razón de promover una empresa a tal punto refinada en el contexto de un medio de transporte más bien grasa como el metro (…). En estas cimas de la civilización occidental poco puede interesar ya el paso monótono de un Rolls Royce a un restaurante de lujo, entre galones y reverencias, mientras que es fácil imaginar la delicia estremecedora que representa descender las sucias escaleras del metro para colocar el billete en la ranura del mecanismo que permitirá el acceso a andenes invadidos por el número, el sudor y el agobio de las multitudes que salen de fábricas y oficinas para volver a sus casas, y esperar entre boinas, gorras y tapaditos de calidad dudosa el arribo del tren (…). Obligada por su condición a circular en automóviles privados, aviones y trenes de lujo, la gran burguesía parisiense descubre por fin algo que hasta ahora consistía sobre todo en escaleras que se pierden en la profundidad y que sólo se emprenden en raras ocasiones y con marcada repugnancia. (…) Inútil decir que los concesionarios del restaurante y la propia clientela serían los primeros en rechazar indignados un propósito que de alguna manera podría parecer irónico; después de todo, basta reunir el dinero necesario para ascender al restaurante y hacerse servir como cualquier cliente, y es bien sabido que muchos de los mendigos que duermen en los bancos del metro tienen inmensas fortunas, al igual que los gitanos y los dirigentes de izquierda. (…) Nadie que no haya recibido el boletín puede saber si el restaurante recorrerá las estaciones que van de la Mairie de Montreuil a la Porte de Sèvres, o si lo hará en la línea que une el Chateau de Vincennes a la Porte de Neuilly; al placer que significa para la clientela visitar diversos tramos de la red del metro y apreciar las diferencias no siempre inexistentes entre las estaciones, se suma un importante elemento de seguridad frente a las imprevisibles reacciones que podría provocar una reiteración diaria del coche restaurante en estaciones donde se da una reiteración semejante de pasajeros. (…) En las últimas semanas, en que el conocimiento público de este nuevo servicio ha llegado a casi todos los sectores urbanos, se advierte un mayor despliegue de fuerzas policiales en las estaciones visitadas por el coche restaurante, lo cual prueba el interés de los organismos oficiales por el mantenimiento de tan interesante innovación. (…) Estas precauciones se explican sobradamente; en tiempos en que la violencia más irresponsable e injustificada convierte en una jungla el metro de Nueva York y, a veces, el de París, la prudente previsión de las autoridades merece todos los elogios no sólo de los clientes del restaurante, sino de los pasajeros en general, que sin duda agradecerán no verse arrastrados por turbias maniobras de provocadores o de enfermos mentales”.

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Xàtiva y Gandía (Valencia): en casa de los Borgia

Xátiva

La Seu y el casco histórico de Xàtiva, vistos desde el mirador del Bellveret, subiendo al cerro del castillo.

Los Borgia fueron los Borja, antes de que italianizaran el apellido en Roma. Un frondoso árbol familiar que dio de todo, lo mejor y lo peor, y cuyas raíces hay que buscarlas en la ciudad de las mil fuentes, Xàtiva, y en el ducado de Gandía. Cinco siglos después, aquel árbol sigue muy vivo, inspirando best-sellers, películas, series televisivas e incluso videojuegos (Assassin’s Creed).

Dos papas: Calixto III y Ajejandro VI. Una envenenadora: Lucrecia. Un fratricida: César. Y un santo: Francisco. De todo hubo en el clan de los Borgia (o de los Borja, que tanto monta). En la variedad está el gusto. Por eso no ha dejado de interesar esta familia en 500 años. Y por eso gusta tanto Xàtiva, donde hay monumentos de todas las épocas y estilos, murallas y blasones, ruinas y miradores, jardines y fuentes tan generosas como la de los 25 caños. Cerca de esta última se alza, desde el siglo XIV, la iglesia de Sant Pere, donde bautizaron a Alejandro VI, y tampoco hay que andar mucho para llegar a la plaza que lleva su nombre y donde lo parieron. En la plaza dedicada a su tío, Calixto III, se yerguen la Seu y el Hospital Real. Y en lo que fue almudín o lonja de trigo hay un museo con varios lienzos de Ribera, otro hijo ilustre de Xátiva. El que gusta más al público, sin embargo, es un retrato de Felipe V pintado por un tal José Amorós. No vale nada, artísticamente hablando, pero un día alguien se acordó de que el rey había mandado quemar la ciudad en 1707, durante la guerra de Sucesión, y lo colgó bocabajo, para hacerle un feo póstumo. Es la variedad.

Museo del Almodí, en Xátiva.

Retrato de Felipe V colgado bocabajo a mala leche en el museo del Almodí, antigua lonja de trigo de Xàtiva.

Después de andar por las calles de la vieja ciudad, hay que subir al castillo. Lo mejor, lo más sano e instructivo, es hacerlo a pie, parándose para contemplar las ruinas de un palacio islámico del siglo XII, la encantadora iglesia de Sant Feliu (1265), el mirador del Bellveret (desde donde está tomada la primera foto del artículo) y la ermita de Sant Josep. En la fortaleza, erigida sobre restos ibéricos, romanos y árabes, hay una sala donde se explica la historia los Borgia, con un cuadro genealógico para saber quiénes eran hijos de quiénes en esta familia donde todos, hasta los papas, los hacían con alegría. Luego, de bajada, es buena idea detenerse en el hotel y restaurante Mont Sant para tomarse una horchata o lo que sea en su jardín de pinos piñoneros, palmeras, naranjos y limoneros, viendo cómo el último sol dora la muralla almenada que lo une, cual gigantesca cremallera, al castillo.

Patio del Palau Ducal de Gandí­a.

Palau Ducal de Gandía, donde vivió San Francisco de Borja. Once generaciones de la familia pasaron por él.

A 52 kilómetros de Xàtiva, junto a una costa que se abarrota en verano, está la (a pesar de ello) desconocida ciudad de Gandía, que también conserva espléndidos recuerdos de los Borja: la Seu gótica a la que Alejandro VI otorgó el rango de colegiata; la Alquería del Duc, una casona rural fortificada del siglo XVI; y el elegante Palau Ducal, donde vivió, entre otros muchos de su linaje, el santo Borja. Para acabar, y descansar de tanto monumento, se ha de ir a la playa norte de Gandía. Más allá del último edificio, hay dunas donde se refugian los amigos de la soledad. Y de la variedad.

Gandía y Xàtiva

Las playas de Gandía son el final lógico de la ruta. Y el hotel-restaurante Mont Sant, en Xàtiva, parada obligada.

Cómo ir. Xàtiva está a 62 kilómetros al sur de Valencia y tiene cómodo acceso por la autovía A-7. De Xàtiva a Gandía se va por la comarcal CV-610 hasta Benicolet y luego por la autovía CV-60. Ver mapa. Comer. Casa La Abuela (Xàtiva; 962 281 085): restaurante de toda la vida, donde se borda el arroz al horno. El Gourmet del Socarrat (962 272 790): vinoteca, delicatessen y tapería donde se picotean productos selectos en un ambiente informal. Mont Sant (Xàtiva; 962 275 081): cocina tradicional y de mercado en un pequeño gran hotel al pie del castillo, con 16.000 metros de jardines y piscina. Dormir. Tras acabar la ruta en Gandía, se puede pernoctar en este clásico destino de la costa valenciana, donde hay buenos hoteles de playa, como el RH Bayren Hotel & Spa o el Magic Aqua Villa Luz. Más información. Turismo de Xàtiva (962 277 507). Turismo de Gandía (962 877 788).

No vale nada, artísticamente hablando, pero un día alguien se acordó de que el rey había mandado quemar la ciudad durante la guerra de Sucesión y lo colgó bocabajo, para hacerle un feo póstumo.
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Costa del Garraf: tan cerca (y tan lejos) de Barcelona

Playa de Garraf

Típicas casetas de pescadores en Garraf. Nadie diría que la ciudad de Barcelona está a la vuelta de la esquina.

Buenas playas y ambiente tolerante, sí, pero también museos y arquitecturas que hablan del esplendor del siglo XIX en la comarca, propiciado por el comercio con América. Poco después llegaría el modernismo, de la mano de Rusiñol. Una ruta por la costa sur de Barcelona, con paradas en Garraf, Sitges y Vilanova i la Geltrú, a solo media hora (nadie lo diría) de la capital.

Para un barcelonés, la costa sur de la provincia, la del Garraf, es como para un madrileño la sierra de Guadarrama: un lugar cercano y archiconocido, un tópico del que ya casi ni se habla porque ya se ha dicho todo. Para muchos forasteros, en cambio, es una lejana y vaga nebulosa formada por los conceptos Sitges, playas, festival de cine fantástico, ambiente gay y poco más. Para ellos, es perfecta esta ruta que empieza en la playa de Castelldefels, saliendo por la carretera de la costa hacia Sitges: una carretera, la C-246, muy bonita y sinuosa, con un mirador asomado al mar en cada curva y mil guiris conduciendo a 20 por hora, para gran desesperación de los lugareños, que van a sus negocios y no sienten la necesidad imperiosa de pararse cada dos por tres para hacer una foto.

Vilanova i la Geltrú y Sitges

Una bicicleta casi de tiempos de Gaudí y Rusiñol, en Vilanova i la Geltrú, y la iglesia de Sant Bartomeu, en Sitges.

Por lento que se vaya, enseguida se recorren los tres kilómetros y medio que hay hasta Garraf, un lindo pueblo que parece de otro tiempo y lugar (no de ahora y de las vecindades de Barcelona), con su iglesia bien encalada en lo alto y sus casetas de pescadores verdes y blancas alineadas junto a la playa. Imposible no ver, porque se levanta en la misma entrada, el Celler Güell, un edificio modernista típicamente gaudiniano, mezcla de castillo medieval y casa de hadas. Esta bodega fue uno de los muchos encargos que Gaudí recibió de su gran mecenas, el conde Güell, y se construyó entre 1895 y 1897 bajo la dirección de Francesc Berenguer, colaborador del famoso arquitecto. De sus tripas llegó a salir un vino que se servía en los barcos de la Compañía Trasatlántica y se exportaba a Cuba, pero que dejó de producirse en 1936 porque, aparte de eso, no tuvo mucho éxito. Ahora es un restaurante, Gaudí Garraf, en el que, si ya es hora y apetece, se puede comer.

Sitges

El mar luce un bonito color junto a la iglesia de Sant Bartomeu i Santa Tecla (barroca, del siglo XVII), en Sitges.

Si Garraf no parece un pueblo de las afueras de Barcelona, Sitges tampoco parece una población de 28.000 habitantes. No, desde luego, cuando se pasea por las callejas empedradas de su casco antiguo, entre las casas blancas que se acurrucan detrás de la iglesia de Sant Bartomeu. La plazuela que comparten el Palau Maricel y el Cau Ferrat tiene un nombre que lo dice todo: Racó de la Calma, Rincón de la Calma. En el Palau hay que prestar atención a los bienhumorados capiteles que labró Pere Jou entre 1915 y 1920, con personajes reales y otros de ficción, como Caperucita y el Lobo. El Cau Ferrat, la que fue casa y estudio de Santiago Rusiñol, atesora las obras maestras que éste coleccionó: de Casas, de Llimona, de Utrillo, de Picasso…, y dos famosos grecos. Rusiñol convirtió Sitges en la meca del modernismo, y el Cau Ferrat, en el templo donde ejercía de sumo sacerdote de este nuevo movimiento artístico; un templo abierto a todos aquellos devotos y peregrinos que iban por el mundo en busca de la Belleza. Fue uno de los cenáculos predilectos de la bohemia de fin de siglo catalana y por sus estancias desfilaron multitud de personajes: Joan Maragall, Emilia Pardo Bazán, Àngel Guimerà, Benito Pérez Galdós, Ángel Ganivet, Manuel de Falla… La casa, que llevaba cerrada por reformas desde 2010, se va a abrir de nuevo en fechas próximas: una buena noticia para Sitges y también para nosotros, porque, si no, esta ruta que proponemos se quedaría coja.

Palau Maricel y hotel El Xalet

Palau Maricel, en el Rincón del la Calma, y El Xalet, hotel y restaurante en un palacete novecentista de Sitges.

También merece la pena, en Sitges, visitar el Museo Romántico y darse una vuelta por las calles Illa de Cuba, Francesc Gomà y Cap de la Vila, donde se concentran las casas que construyeron los indianos a finales del siglo XIX y principios del XX, la mayoría de estilo modernista. También se pueden ver unas cuantas casas de indianos en la capital del Garraf, Vilanova i la Geltrú, y profundizar en lo que fue el siglo XIX en esta comarca visitando el Museo Víctor Balaguer, fundado por este escritor y político que fue figura clave de la Renaixença, y el Centro de Interpretación del Romanticismo, situado en la masía d’en Cabanyes, donde vivió la familia del poeta Manuel de Cabanyes durante largo tiempo. Hay mucho más que playas y buen rollo en esta costa, como se ve.

Capitel del Palau Maricel

Uno de los simpáticos capiteles esculpidos entre 1915 y 1920 por Pere Jou en el Palau Maricel, en Sitges.

Cómo llegar. La ruta comienza en Castelldefels, que está a 25 kilómetros de Barcelona yendo por la autovía C-32. También se puede ir en tren de cercanías a Garraf y Sitges, y en regional a Vilanova i la Geltrú. Ver mapa de situación de Sitges aquí. Comer. Gaudí Garraf (Garraf; 936 320 180): restaurante ubicado en el Celler Güell; especialidad en caldereta de arroz con bogavante. Antonio. (Garraf; 936 320 167): restaurante familiar, sencillo, donde se hacen ricas paellas. Dormir. Lo ideal, si uno puede permitírselo, es alojarse en alguno de los artísticos palacetes de época de Sitges, como el novecentista hotel El Xalet o el ochocentista Romàntic. Pero existen infinidad de opciones para alojarse en la zona. Más información. Turismo de Barcelona (provincia) y Turismo del Garraf.

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Pilsen (República Checa): la cuna de la rubia perfecta

Fábrica de Pilsner Urquell

Placer de dioses beberrones: una Pilsner Urquell sin filtrar, recién salida de los barriles de roble de la fábrica.

En esta ciudad del oeste de Bohemia nació en 1842 la madre de todas las rubias, una belleza ligera, dorada y cristalina como no se había visto nunca antes y que a partir de entonces se convirtió en el arquetipo de la cerveza, la más deseada e imitada. Allí nos aguardan la fábrica original, el Museo de la Cervecería y las típicas tabernas donde la mejor bebida del mundo se vende más barata que el agua mineral en España. Si este planteamiento de viaje parece vulgar, siempre se puede ir a Pilsen con la excusa de que va a ser Capital Cultural Europea en 2015.

Después de recorrer los viejos pubs de Dublín, creíamos que no podríamos encontrar en el mundo gente que amara más la cerveza, pero entonces aterrizamos en la República Checa y descubrimos que aquí consumen todavía más, casi 157 litros por habitante y año, que son 25 más que los irlandeses y récord mundial absoluto. Casi medio litro por persona y día ya es mucho, pero si encima descontamos a los niños (que, en teoría, no beben), a los deportistas de élite, a los equilibristas, a las modelos anoréxicas, a los celíacos, a los abstemios por convicción o por prescripción médica y a los que consumen con moderación u otras bebidas que les gustan más, llegaremos a la conclusión de que el resto de los checos no pueden ingerir otro líquido en todo el día, desde que se levantan por la mañana hasta que se acuestan canturreando la Polca de la Cerveza.

Plaza mayor de Pilsen

Las casas de la plaza mayor, vistas desde la torre de la catedral gótica de San Bartolomé, la más alta del país.

La razón por la que los checos beben tanta cerveza no es nada misteriosa. Se llama Pilsen y es una ciudad del oeste de Bohemia que, ya el mismo año de su fundación, 1295, recibió del rey Wenceslao II el permiso para fabricar pivo. La cerveza que se elaboraba en Pilsen en la Edad Media no era, sin embargo, como para beber 157 litros al año, sino un brebaje turbio, amargo y desagradable que no se diferenciaba en nada del que venía haciéndose desde tiempos de los sumerios y que, no pocas veces, cuando ya resultaba intragable, acababa siendo derramado por los alguaciles en la plaza mayor, para escarnio del fabricante ante su sufrida clientela. Fue en 1842, poco después de que una partida de 36 barriles de cerveza fangosa acabara en las alcantarillas, cuando los burgueses de la ciudad decidieron dar un salto cualitativo construyendo una fábrica moderna (la Pilsner Urquell) y contratando a un famoso maltero de Baviera, Josef Groll, que ya había demostrado en su tierra que sabía hacer algo mejor. Utilizando ingredientes óptimos de kilómetro cero (cebada de Bohemia, aromático lúpulo de Žatec, agua blanda del acuífero de Pilsen) y un método innovador (fermentación en la parte baja de los tanques y a temperaturas de entre 6 y 10 grados, frente a la tradicional fermentación alta, a temperatura ambiente), Groll logró crear una cerveza completamente diferente de las que se habían estado haciendo durante 6.000 años; una cerveza dorada y transparente, que eclipsaba con su brillo a las turbias ale y que enseguida se convirtió en un referente universal (dos de cada tres cervezas que se elaboran en el mundo son de este estilo). Había nacido la cerveza tipo Pils, Pilsen, Pilsner o Pilsener. O sea, la rubia. Curiosamente, a Josef Groll, que era el padre de la criatura, acabarían despidiéndolo de la fábrica por su carácter terco, áspero y grosero y porque bebía demasiado. Demasiado, para los parámetros checos, debe de ser unos 10 o 12 litros al día.

Fábrica de cerveza y plaza mayor

Las dos catedrales de Pilsen: la fábrica de Pilsner Urquell (1842) y la gótica de San Bartolomé, iniciada en 1295.

172 años después, la fábrica de Pilsner Urquell es una ciudad dentro de la ciudad, con largas calles y avenidas en las que conviven las construcciones históricas (la puerta monumental, el depósito de agua, las altas chimeneas de ladrillo…) con las modernas naves donde máquinas robotizadas envasan 120.000 botellas a la hora, las calderas de cobre más abolladas que el submarino de Isaac Peral con las de acero inmaculado, la locomotora de vapor que transportaba antaño la cerveza en vagones toscamente climatizados (se usaban bloques de hielo en verano y otros calientes en invierno) con el autobús que lleva a los turistas del centro de recepción a todos los rincones del complejo y los devuelve a tiempo de comer en el restaurante Na Spilce. La visita guiada permite conocer el proceso completo de elaboración, ver el tanque de latón donde Herr Groll preparó la famosa primera partida de cerveza, recorrer un tramo de los nueve kilómetros de galerías subterráneas donde se almacenan los barriles de reposo y, por supuesto, degustar la Pilsner de color dorado, bouquet semitostado y equilibrado sabor a caramelo. Para un amante de la cerveza, tomarse una Pilsner Urquell sin filtrar y sin pasteurizar, tirada directamente del barril de roble, en la penumbra cavernaria de esta bodega secular, es una experiencia arrebatadora, trascendental, casi sagrada, como para un hindú refrescarse en la primera fuente del Ganges. Paradójicamente, es así, un poco turbia y apagada, como mejor sabe esta cerveza que destronó con su brillo a la vieja ale.

Noria de la Torre de Agua

Con este ingenio se subía desde los pozos el agua necesaria para alimentar las fuentes de la plaza mayor.

Para profundizar aún más en el asunto, se ha de visitar el Museo de la Cervecería, que se encuentra en una casa del siglo XV, a 200 metros de la bonita plaza mayor, y está conectado con la típica taberna Na Parkánu, el único lugar de la ciudad, además de la fábrica, donde se sirve la Pilsner Urquell sin filtrar. Por cierto, que un tercio de este néctar cuesta 26 coronas, algo menos de un euro, precio que explica por sí solo, sin necesidad de recurrir a la historia, por qué los checos beben cerveza como si fuera agua. Desde el museo se accede también al Pilsen Subterráneo, un laberinto de 20 kilómetros excavado desde el siglo XIV por los vecinos bajo las calles del centro que servía como bodega y despensa, además de para escabullirse en caso de asedio, pues se dice que algunos túneles secretos llevaban fuera de las murallas de la ciudad. Esto de hacer cuevas y agrandarlas sin cesar es algo que los humanos llevamos en el ADN desde los tiempos en que vivíamos en ellas, y es solo cuestión de siglos que algún individuo de Pilsen, picando, picando, acabe llegando a las bodegas de Valdevimbre, templo soterraño del clarete leonés, o al sótano de nuestro vecino de Cercedilla, que tampoco para de cavar. Caminando por estos corredores subterráneos, se ven además los numerosos pozos con los que la población se abastecía de agua potable, así como la gran noria de la Torre del Agua, que subía la necesaria para alimentar las fuentes de la plaza mayor.

Techmania

Uno de los muchos experimentos de Techmania, museo de la ciencia instalado en la antigua factoría de Skoda.

Ocioso parece decir que, a quien no le guste la cerveza, es mejor que no vaya a Pilsen, sino a Irán o a Arabia Saudí, donde, por mucho calor que haga, nadie le invitará a una caña. Pero si a ese quien no le queda otro remedio, porque va de acompañante o huyendo de la Interpol, descubrirá con agrado que hay tres o cuatro cosas interesantes que hacer en Pilsen, al margen de ponerse tibio de pivo. Se puede subir a la torre de la catedral gótica de San Bartolomé, que es la más alta del país (103 metros), y visitar la Sinagoga Mayor (1893), la tercera más grande del mundo. Otra visita curiosa (sobre todo, con niños) es Techmania, un museo interactivo de la ciencia con flamante planetario 3D emplazado en la antigua factoría de Skoda, donde en su día se fabricaron los famosos tanques Panzer con los que la Wermacht apisonó media Europa. Lógicamente, la fábrica fue bombardeada con saña proporcional por la aviación aliada, poco antes de que las tropas estadounidenses, comandadas por Patton, liberaran la ciudad y entraran triunfalmente en ella el 6 de mayo de 1945, todo lo cual se recuerda en el museo Patton Memorial y en las Fiestas de la Liberación, que se celebran a principios de dicho mes, con mucho jazz, mucho veterano de la Segunda Guerra Mundial (cada vez menos, como es natural), mucho vecino disfrazado de soldado americano desfilando a pie, en jeeps, en tanques Sherman… Y, por supuesto, mucha, mucha cerveza.

Cómo llegar. Czech Airlines, Vueling e Iberia ofrecen vuelos económicos sin escalas a Praga. Lo más cómodo, desde el aeropuerto, es ir en autobús urbano (línea 100) a la estación de Praga Zličín (unos 20 minutos de trayecto) y allí coger otro interurbano a Pilsen, que solo dista 80 kilómetros de la capital. Dormir. Hay hoteles en Pilsen para todos los bolsillos. Recomendamos el Angelo, un cuatro estrellas moderno, con gimnasio, sauna y numerosos detalles de diseño, que está justo enfrente de la fábrica de Pilsner Urquell. Comer. Además de Na Spilce (platos tradicionales checos, en la fábrica de Pilsner Urquell) y Na Parkánu (taberna pintoresca, reluciente de cobre y madera, con jardín, comunicada con el Museo de la Cervecería), tienen justa fama los restaurantes  U Mansfelda y Groll, este último, sobre todo, por su cerveza artesanal. Más información. Turismo de la República Checa.

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