Tejos del arroyo Barondillo (Rascafría): los abuelos de Madrid

Tejo del arroyo Barondillo

Diez metros de circunferencia tiene el tronco de este tejo monumental, quizá el árbol más anciano de Madrid.

Legendarios, tóxicos y muy longevos, los tejos han sobrevivido al hacha y al cambio climático ocultos en las nieblas del alto Lozoya. Para que el tronco de estos árboles alcance un perímetro de diez metros, como tiene uno de ellos, han de pasar muchos años. Cientos. Incluso más de mil. Para verlos, solo hay que caminar una hora y media de ida y otro tanto de vuelta. O sea, nada.

En la Comunidad de Madrid hay, según el catálogo elaborado por las autoridades del ramo (en este caso, de la rama), más de 250 árboles singulares. Muchos se hallan en entornos urbanos, fincas particulares o zonas de acceso restringido: como el hayedo de Montejo, que para visitarlo hay que reservar con antelación y luego caminar por un sendero obligatorio de la mano de un guía (¡qué divertido!). Algunos otros, sin embargo, se prestan a una grata excursión, sobre todo en verano, cuando sus copas se revelan como enormes y eficaces parasoles. Es el caso de los tejos del arroyo Barondillo, que están en un sitio fresco a más no poder, el valle alto del Lozoya, rodeados de torrentes, pinares y cumbres las más elevadas de Madrid. Se ve que a ellos el sitio les gusta tanto como a nosotros, porque más y mayores ejemplares no los hay en 300 kilómetros a la redonda.

Inmortal y ponzoñoso, temido y venerado, el tejo ha ocupado desde edades remotas un lugar preeminente en el bosque de los mitos. Los griegos, que juzgaban este árbol procedente de las regiones infernales, lo consagraron a la diosa Hécate, señora del tártaro, sin perjuicio de consagrarles también a sus enemigos unas cuantas saetas impregnadas con su veneno. Teofastro, Dioscórides, Plinio y otros sabios de la antigüedad ratificarían luego en sus escritos lo que aquellos sagitarios habían demostrado ya por la vía de los hechos en el campo de batalla: que el tejo mata.

Puente de la Angostura

El puente de la Angostura, en el alto Lozoya, es paso obligado para quien camina en busca de los viejos tejos.

Otra vieja certeza era la de que el tejo podía llegar a vivir más de mil años. (Junto a la iglesia mozárabe de Santa María de Lebeña, del siglo XI, vivía uno que se sabía tan antiguo como ella y que fue derribado, no por el peso del tiempo o alguna enfermedad, sino por un fortísimo temporal en 2007). Su longevidad, a la par que su follaje perenne, hacían del tejo un símbolo de vida eterna que cuadraba a la perfección en los camposantos; y por eso mismo fue también costumbre el plantarlo a la vera de los grandes monumentos, para que hubiera un testigo vivo de tanta gloria pasajera.

Fuera ya del paraíso de los mitos y de los símbolos, los farmacéuticos han confirmado que el Taxus baccata contiene en casi todos sus órganos un alcaloide, la taxina, que es un veneno del sistema nervioso y del corazón, que acaba paralizándolo. Y en cuanto a su larga vida, se citan ejemplares que han sobrepasado los dos mil años. Mejor combinación que ésta (toxicidad + longevidad) no se puede pedir para garantizar la supervivencia de una especie, y en buena lógica nuestros montes deberían estar pletóricos de tejos, pero no es así, y la culpa de que no sea así no la tienen ellos, que están eternamente en su sitio sin meterse con nadie, sino los de siempre: nosotros, los hombres.

El futuro es de las ratas y las cucarachas, que se multiplican con extraordinaria rapidez; no de los tejos, cuyo crecimiento parsimonioso se compagina mal con las urgencias del hacha, que siempre ha codiciado su madera dura, compacta, elástica, imputrescible…, y tan resistente, que es fama que un poste de tejo puede llegar a durar más que uno de acero. Si a tal expolio añadimos que el clima es cada vez menos benigno (el tejo apetece nieblas y primaveras sin hielos), pues apaga y vámonos.

Pozas en el alto Lozoya

Uno de los alicientes de esta excursión es poder bañarse en las pozas grandes e impolutas del alto Lozoya.

En la región de Madrid, los tejos están considerados especie protegida desde 1985 y se encuentran, no sin dificultad, diseminados por los barrancos sombríos y vaguadas de Somosierra, Montejo, Miraflores, la Pedriza, Canencia y valle de la Fuenfría. Pero quizá el único grupo que merece el nombre de tejeda (palabra, por cierto, que no registra el Diccionario de la Academia, pese a que es un topónimo frecuente) es el que jalona el curso del arroyo Barondillo, en la ladera nororiental de Cabezas de Hierro, cerca de las primeras fuentes del Lozoya, que aquí se llama aún Angostura.

En el kilómetro 32,400 de la carretera M-604, subiendo de Rascafría al puerto de los Cotos, se desvía a la izquierda una pista forestal cerrada al tráfico que remonta el alto Lozoya a lo largo de un par de kilómetros, lo salva mediante un puente de piedra (el viejo puente de la Angostura) y se divide en dos. Si ascendemos otros cuatro kilómetros por el ramal de la izquierda, llegaremos tras casi dos horas de marcha al punto en que la pista se extingue junto al arroyo Barondillo y, cruzando éste, veremos tejos tan soberbios como el de la Roca, contorsionándose cual hidra entre los canchos de su base; o como el anciano ejemplar que, cien metros aguas abajo, parece estar a punto de expirar por su tronco hueco de diez metros de circunferencia. Su edad es incalculable, pero los expertos aseguran que no hay otro árbol más viejo en toda la región. El doctor renacentista Andrés Laguna, comentarista de la Materia médica de Dioscórides, al tratar sobre el tejo creyó preciso prevenir a los hombres sobre su maldad: “Quise aquí recitar su historia para que se guarde cada uno dél”. Hoy, que se han vuelto las tornas, nos atrevemos a corregir: “… para que cuidemos todos dél”.

Ruta de 12 kilómetros (incluida la vuelta por el mismo camino) y tres horas de duración en total. Dificultad: media-baja. Un mapa de la misma se puede ver en www.excursionesysenderismo.com.

Pescador y tejo

Pescador de truchas en el alto Lozoya y uno de los tejos milenarios que crecen junto al arroyo Barondillo.

Cómo llegar. Rascafría dista 97 kilómetros de Madrid yendo por la autovía del Norte (A-1) y desviándose en la salida 69 para seguir por la carretera M-604. Hay que pasar de largo Rascafría y El Paular, e ir atento a los hitos kilométricos para aparcar cerca del kilómetro 32,400, donde comienza la excursión a pie. Se puede estacionar muy cómodamente en el área recreativa La Isla, que está poco antes. Comer. Los Claveles (Rascafría; 918 691 601): restaurante campestre situado en el área recreativa La Isla, muy cerca del inicio de esta ruta; su fuerte es el cochinillo asado, pero hay también manjares de temporada (corujas, setas, caza…). Los Calizos (Rascafría; 918 691 112): cocina estacional con productos de la zona; también es hotel. Trastámara (Rascafría; 918 691 011): restaurante típico castellano, con horno de leña, del hotel Sheraton El Paular. Dormir. Sheraton El Paular (Rascafría; 918 691 011): habitaciones decoradas con mueble de época en el antiguo palacio de los Trastámara, anejo al monasterio de El Paular. El Rincón de Rascafría (Rascafría; 639 416 797): diez suites de estilo rústico con variada decoración. Casa Granero (Rascafría; 606 362 561): ambiente familiar, cuidado interiorismo y excursiones guiadas gratuitas, incluida la que lleva hasta los tejos milenarios. Más información. Parque Natural de Peñalara (918 520 857 y 918 691 757).

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4 respuestas a Tejos del arroyo Barondillo (Rascafría): los abuelos de Madrid

  1. andrescampos dijo:

    Estoy de acuerdo contigo, José Miguel, en que no hay que pisar las raíces de tan magníficos árboles. En mi descargo solo puedo decir que las fotos las hice hace muchos años, cuando nadie se arrimaba a estos ejemplares (muy poca gente conocía su existencia y menos, todavía, se pegaba una caminata de seis kilómetros por el monte para ver unos árboles) y el hecho de que un visitante solitario posara debajo de ellos (pisando su raíces, inevitablemente) no suponía ningún problema. Ahora que son conocidos y visitados, alguien ha decidido, con buen criterio, colocar una cerca a su alrededor para que la gente no les prodigue sus caricias, que a la larga podrían perjudicarles. Por otra parte, es una práctica habitual, cuando se fotografían árboles monumentales, situar a una persona junto a ellos para que se aprecien sus dimensiones. No se hace por vanidad, por salir en la foto, ni por gracia. Se hace porque el hombre es la medida de todas las cosas. Y se hace, naturalmente, con el mayor cuidado. El trabajo de un divulgador de la naturaleza tiene sus exigencias y creo que se le puede perdonar una pisada fuera de lugar si a cambio extiende el conocimiento y el amor a los tesoros botánicos, faunísticos y geológicos, lo cual los va a proteger de forma mucho más efectiva que las cercas o los escrúpulos de los tiquismiquis.

  2. José Miguel Vipond García dijo:

    Respetar los árboles centenarios no sólo implica no grabar corazones en su tronco con la navaja. Empieza por no poner los pies sobre sus raíces (el autor sale en varias fotos pisándolas), no trepar ni encaramarse a las ramas… En fin, estos magníficos tejos merecerían más respeto por parte de sus divulgadores.

  3. Cesáreo dijo:

    Los tejos en Madrid, efectivamente, son la joya de la corona botánica. Yo conozco uno que puede ser el mas longevo y está en Canencia. No digo nunca el sitio exacto para evitar que vaya la gente con su navajita a grabar el corazón de su amor por la naturaleza. Aunque ya sabemos que la del tejo es la madera mas dura y se usaba para hacer esculturas y muebles.
    Bonito reportaje el que habéis traído, pero nunca digáis los lugares exactos para evitar malas intenciones.

  4. Carmen Morales dijo:

    Estos árboles son verdaderos monumentos de la Naturaleza, unas maravillas que es necesario conservar y proteger. Esas raíces retorcidas discurriendo entre las rocas llenas de musgo y ese viejo y sugerente tronco son toda una belleza. Gracias por esta fotografía.

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