Tren de los Lagos (Lleida): el vecino lento del AVE

Tren de los Lagos (Lleida)

El tren pasa junto al embalse de Cellers, al que la neblina y los carrizales hacen parecer un lago natural.

Un viejo ferrocarril para viajeros sin prisa sube tres veces al día desde la ciudad de Lleida hasta la localidad pirenaica de La Pobla de Segur por las abruptas riberas del Segre y del Noguera Pallaresa. Jalonan la vía pueblos medievales, desfiladeros de medio kilómetro de profundidad y cuatro grandes embalses, que parecen lagos de montaña, de ahí el nombre del tren. Comparte la estación de Lleida con los trenes de alta velocidad. Es lo único que tiene que ver con ellos.

Todos los días, de la estación de Lleida salen disparados ocho o nueve trenes AVE con destino a Madrid, los cuales efectúan el trayecto de 460 kilómetros en poco más de dos horas, a una velocidad media de 220. De la misma estación parte el ferrocarril que lleva, en casi el mismo tiempo, a La Pobla de Segur. Ahí acaban, empero, las coincidencias entre aquéllos y éste: en vez de una reluciente máquina Alstom o Siemens, es un cuadradote y más que veterano automotor nacional de la serie 592. Y en lugar de un largo y suave viaje rectilíneo, con una sola parada intermedia, cual hace el AVE, es un ajetreado recorrido de 89 kilómetros, con 17 estaciones, 21 pasos a nivel, 31 puentes y 41 túneles, culebreando por las orillas salvajes de los ríos Segre y Noguera Pallaresa, y por los abismáticos congostos del macizo del Montsec, a un ritmo endiablado de 40 kilómetros por hora.

La verdad es que la inmensa mayoría de los pasajeros no va más allá de Balaguer, población grandecita (16.300 habitantes) y próxima a la capital (30 kilómetros), para la que esta antigualla diésel hace las veces de Cercanías. Pero barajados con los estudiantes y los obreros somnolientos, hay siempre un puñado de individuos que permanecen clavados en sus asientos hasta la última estación, contemplando con los ojos como platos los desfiladeros de más de medio kilómetro de profundidad por los que se abre paso el convoy y los cuatro grandes embalses que han dado nombre a tan insólita línea: el tren de los Lagos. En tiempos de alta velocidad ferroviaria y vísperas de levitación magnética, viajar en un tren que va más lento que una bici y cuesta menos que ir al cine es una gozosa, atípica, diferenciadora y selecta forma de hacer turismo. Sólo para unos pocos.

Tren de los Lagos (Lleida)

El Segre enhebra un arruinado puente medieval cerca de Camarasa. Detrás, las crestas rojizas del Mont-Roig.

Fue durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), período fértil en extravagantes proyectos ferroviarios, cuando se pensó en construir una vía que comunicara Andalucía oriental con Francia pasando por Lleida. Luego el plan se redujo a unir Lleida con Francia y, finalmente, la línea no pasó de La Pobla de Segur. De acuerdo: La Pobla no es Francia, pero ha dado dos ministros (Cortina Mauri y Josep Borrell) y un futbolista internacional (Carles Puyol), mientras que otros pueblos pirenaicos de su tamaño (3.169 habitantes) sólo dan vacas. Tampoco el tren de los Lagos es el Orient-Express, sino una modesta línea sin electrificar que sobrevive en manos de Ferrocarrils de la Generalitat, ofreciendo ocho servicios diarios a Balaguer y tres a La Pobla. No obstante, algunos días señalados de abril a octubre, los vagones son tirados por una locomotora a vapor, lo cual le da un punto distinguido y aún más anacrónico a este tren, ajeno por completo a la moderna manía de ir deprisa.

La primera media hora, hasta llegar a Balaguer, el tren corre (aunque quizá el verbo correr sea un poco excesivo) por la Plana del Segre, paraíso bien regado, podado y alineado de peras blanquillas y limoneras, manzanas y melocotones, nectarinas y ciruelas. Josep Pla era de la opinión que, al atardecer, cuando los melocotoneros fingen un millón de soles, es cuando más bella se ve esta llanura. Sin embargo, cuando de verdad empieza a ponerse interesante el paisaje es al rebasar Gerb y bordear el primer embalse del recorrido, el de Sant Llorenç de Montgai, que está en un entorno abrupto y boscoso, de buena querencia del quebrantahuesos, el águila perdicera y el urogallo.

Tren de los Lagos (Lleida)

El pueblecito de la Baronía de Sant Oïsme y el embalse de Camarasa, vistos desde el tren de los Lagos.

Enseguida se arriba al primer y más largo túnel: 3,5 kilómetros a través de una escarpada montaña de roca rojiza a la que llaman, por eso mismo, Mont-Roig. Bajo las faldas de esta giganta colorada, en una garganta digna de un grabado de Doré, el Segre se tropieza con el Noguera Pallaresa. Desde las tripas de la giganta, el tren se despide del primer río para seguir su viaje por la margen occidental del segundo, que a la salida del túnel aparece represado en el embalse de Camarasa, un espejo de 20 kilómetros en el que se reflejan La Baronía de Sant Oïsme y la estación de Àger.

La Baronía de Sant Oïsme, vista desde el tren, parece un Belén navideño, con su pequeño castillo del siglo XI, su iglesuela románica coronada por una torrecilla de aire lombardo y sus cuatro casitas colgadas sobre las aguas verdes del embalse. También es muy curioso de ver Àger, pero para hacerlo hay que volver otro día en coche, porque el pueblo queda a nueve kilómetros de la estación. Además de su colegiata milenaria y de su trazado urbano típicamente medieval, Àger puede presumir de sus cielos impolutos, que por algo han instalado en sus vecindades el Parque Astronómico del Montsec. Este centro dispone de dos grandes telescopios, de un celóstato para ver imágenes del sol en tiempo real y de una veintena de instrumentos portátiles. Cuenta además con una gran exposición permanente y con el denominado Ojo del Montsec, que es la estrella (nunca mejor dicho) del lugar: un planetario digital multimedia con una cúpula móvil de 12 metros de diámetro, que permite a grupos de hasta 70 personas contemplar recreaciones del firmamento actual o de cualquier época, así como observar directamente el cielo libre de contaminación lumínica de la zona.

Tren de los Lagos (Lleida)

Este viejo ferrocarril atraviesa parajes bellísimos, inaccesibles de otro modo, salvo caminando (y mucho).

El macizo del Montsec, sobre el que descuellan las cúpulas del observatorio, es un monstruoso paredón vertical de anaranjada roca caliza, 1.100 más alto que Àger, al que los dos Nogueras, el Pallaresa y el Ribagorzana, han dado sendos tajos limpios y profundos, hasta la misma base, como si en lugar de dulcísimas aguas pirenaicas llevaran ácido sulfúrico. El tajo más famoso e hipnotizador es el congost o desfiladero de Mont-rebei, en el Noguera Ribagorzana, cuyas paredes de medio kilómetro de altura distan sólo 20 metros en algunos puntos y cuyo único camino es una vieja y estrecha senda de herradura excavada en la roca que produce un pelín de vértigo. Desde la ermita de la Pertusa, un nido de águilas románico sobre el embalse de Canelles, se accede en un par de horas por sendero bien señalizado hasta el corazón del congost. Y en media más, por la senda vertiginosa, hasta el puente colgante sobre el barranco Fondo, donde suele darse la vuelta.

El otro gran desfiladero del Montsec es el de Terradets, un cañón de 600 metros de profundidad que, a diferencia del de Mont-rebei, se puede recorrer sentado, pues por él se cuela el tren al poco de dejar la estación de Àger. Es menos salvaje, pero más cómodo. Al salir por el extremo contrario, ya en la vertiente norte del macizo, se descubre el embalse de Cellers, bordado de carrizales que lo hacen parecer un lago natural. Y, nada más pasar Tremp, el de Sant Antoni, que es el segundo mayor embalse de Cataluña, después del de Rialb, con una presa que, en 1916, cuando se levantó, era la más grande de Europa. En verano se llena de bañistas, pédalos, piraguas, veleros y esquiadores acuáticos. En invierno, en cambio, su agua corta como una guadaña y no se ve un alma.

Tren de los Lagos (Lleida)

A bordo, es difícil prestar atención a otra cosa que no sean los bellos paisajes que baña el Noguera Pallaresa.

Tampoco se ve demasiada gente en Salàs de Pallars, penúltima parada del tren de los Lagos. Salàs, que en su día tuvo una feria de ganado de primer orden, concurridísima, a la que venían tratantes hasta de Albacete a comprar las robustas mulas catalanas, hoy es un pueblo silencioso que vive del recuerdo. O ésa es la intención. Para atraer al turismo se han rehabilitado y ambientando con miles de artículos originales cinco antiguas tiendas (barbería, farmacia, estanco, bar y ultramarinos) en distintos lugares de la población; tiendas en las que el estupefacto visitante puede encontrar de todo, desde el “supermasaje” Barça, un after-shave “científicamente vitaminado” de los tiempos de Kubala, hasta la primera fregona del mundo, marca Rodex, que inventó un español en 1958. En lo que fue la escuela del pueblo, se encuentra ahora el Centro de Interpretación del Antiguo Comercio, que sirve como lugar de recepción de visitantes y como sala de exposiciones temporales, algunas de ellas muy modernas y atrevidas, que no desentonarían en absoluto en una gran ciudad.

En La Pobla de Segur, el tren de los Lagos permanece un par de horas hasta emprender el regreso. No es mucho tiempo, pero suficiente para visitar Casa Mauri, el espectacular complejo modernista con mansión torreada y molino de aceite que ocupan el Ayuntamiento y la Oficina de Turismo. El Mauri que hizo esta casa no fue el ministro Pedro Cortina Mauri, sino el constructor Ramón Mauri i Arnalot, casi igual de importante. Si no se va a volver a Lleida de inmediato, en la otra orilla del río hay un museo dedicado a los raiers o almadieros, los hombres que bajaban estos rápidos gobernando una multitud de pinos y abetos. Las presas se convirtieron en un obstáculo insalvable para aquellos trenes flotantes, pero dieron sentido y belleza a este otro tren, el de los Llacs.

Tren de los Lagos (Lleida)

El embalse de Camarasa es uno de los cuatro grandes represamientos que bordea el tren de los Lagos.

Horarios y tarifas. Hay trenes de Lleida a La Pobla de Segur todos los días a las 9.10, 13.45 y 20.30, y en sentido contrario a las 6.40, 12.56 y 18.05. El recorrido es de una hora y 50 minutos. El billete sencillo cuesta 5,65 euros y el de ida y vuelta, 10,20. Dormir. Zenit Lleida (Lleida; 973 229 191): moderno hotel de cuatro estrellas al lado de la estación, con restaurante de platos llamativos y precios bastante ajustados. Casa Blasi (Sant Esteve de la Sarga; 973 252 244 y 639 325 847): casa de 1870 situada muy cerca del desfiladero de Mont-rebei, con amplio jardín y comidas con productos de la huerta; una opción muy económica. Casa Roca (Sant Martí de Barcedana; 973 651 070): habitaciones espaciosas con vistas al Montsec, en una casa de pueblo llena de rincones evocadores; tiene piscina y restaurante de cocina tradicional (escudella, guiso de cordero con setas, chuletas de cerdo con hierbas y miel…) La Rectoría (Guàrdia de Noguera; 973 650 042 y 679 219 442): hotel rural con terraza, piscina y buen restaurante, cerca del desfiladero de Terradets. Casa Leonardo (Serantes; 973 661 787): posada centenaria en las vecindades de La Pobla de Segur, rehabilitada por una familia encantadora, con contundente cocina de la abuela; sin duda, el mejor alojamiento rural de la comarca. Comer. Monestir de Les Avellanes (Os de Balaguer; 973 438 006): cocina tradicional y de vanguardia, en un impresionante cenobio fundado en 1166, con claustro románico e iglesia gótica; dispone de hospedería. Restaurante del Llac (Cellers; 973 651 120 y 973 651 355): cocina de autor con productos de temporada, en un comedor con vistas al embalse de Cellers. Sole (La Pobla de Segur; 973 680 452): en el hotel homónimo, junto a la estación y dominando un hermoso panorama del embalse de Sant Antoni; especialidad en paella de montaña, truchas, asados y caza. Más información. Turismo de Lleida: 902 101 110. Tren de los Lagos: 932 051 515.

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De tapas por Almería: 130 años en el bar

Bar Baviera (Almería

El bar Baviera no está en Munich, sino en Almería, y su especialidad no son las salchichas, sino las quisquillas.

Por seis euros se come, y muy bien, en el centro de Almería. Es lo que cuestan tres o cuatro cañas con sus respectivas tapas de ajoblanco, cazón o patatas a lo pobre. Ya sólo la historia de las tabernas, alguna de más de 130 años, alimenta. Se puede ir de tapas por libre o con guía.

Hay clientes habituales, clientes fijos y luego están los clientes-lapa de Casa Puga, a los que “más de una vez han venido a buscarles al bar para decirles que acababan de ser padres”. Nos lo cuenta Leo, camarero y copropietario de este establecimiento fundado en 1870, que es el más antiguo de la ciudad y no de los menos de Andalucía. Los boquerones en adobo y las gambas con gabardina están para lamerse las patas como un gato, pero hay otras 40 ricas tapas y, para empujarlas, vino de la Contraviesa, a donde, por cierto, todos los años organizan los dueños un viaje de aprovisionamiento en autocar, acompañados por los parroquianos más devotos, que termina como cabe imaginar. El siempre atestado local posee, entre otras mil curiosidades, una colección de botellas de brandy de to’el mundo y una barra de mármol de Macael en la que los propios clientes llevan la cuenta de lo que toman con un lápiz. Hablando de escribir, Casa Puga está en Jovellanos, 7, esquina Lope de Vega.

A dos pasos de aquí, frente al convento de las Claras, queda La Encina (Marín, 16), el único lugar de la ciudad donde se sirven tigres, es decir, mejillones rellenos, que en Almería resultan tan exóticos como un tigre de verdad en un bar de Madrid. El arroz negro, las croquetas caseras de jamón ibérico y las tortitas de camarón son otras pequeñas tentaciones de esta taberna que ocupa, junto con el restaurante homónimo, un casa típica de 1860, con un pozo árabe de 25 metros de profundidad.

Casa Puga y El Quinto Toro (Almería)

Las cuentas, en Casa Puga, se echan sobre la barra de mármol. A la derecha, tapeando en El Quinto Toro.

Mucho más cuidados, de aspecto y elaboración, son los platillos de la taberna Torreluz (Plaza Flores, 3): la crema de foie-gras con manzana glaseada, el ajoblanco con atún, el salmorejo andaluz servido en vaso tipo zurito… Dispone de terraza, de surtida bodega y, pensando en los que tienen más apetito y posibles, de una larga lista de raciones encabezada por los productos de Jabugo.

También de una calidad sensiblemente superior es lo que se hace en Baviera (Tenor Iribarne, 10), cuyas especialidades no son, como cabría inferir por su nombre, las salchichas weisswurst y la cerveza con levadura, sino las tapas de quisquillas y de hueva. En otro orden más caro de cosas, esta marisquería tiene fama por su pescado fresco, su paella y su arroz con bogavante. Por la misma calle, Tenor Iribarne, se sale al Paseo de Almería, el principal de la ciudad, en cuyo número 2 abre otro bar de título engañoso, Alcázar, pues su aspecto es anodino, más propio de una churrería que de un castillo. No obstante, las tapas de cazón en adobo y champiñón al ajillo justifican la visita.

Taberna Torreluz (Almería)

Crema de foie-gras con manzana glaseada, una rica tapa de la taberna Torreluz, en la capital almeriense.

Cruzando el paseo, junto al Mercado Central, se encuentra El Quinto Toro (Juan Leal, 6), para muchos –nosotros incluidos– el mejor bar de tapas de Almería por la abundancia, la calidad, el precio, el trato y la ambientación taurina, que le da un punto muy retro y de verdá. Manuel Leal, hijo, sobrino y nieto de novilleros, que antes que diestro en las lides del tapeo, fue delineante, hace auténticos dibujos para que, con el lugar lleno hasta la bola y sin perder la risueña compostura, lleguen a la boca del hambriento respetable los callos, la fritada de lomo, el pulpo al alioli o el remojón de San Antón, una ensalada de patata y bacalao típica de Huéscar. Por un par de euros, te pone una caña y unas papas a lo pobre con huevo frito que no se las salta un torero. Ni que decir tiene que alguien que esté a régimen, aquí, corre más peligro que José Tomás en Las Ventas.

Todo lo anterior se puede ver (y catar) por libre. Pero si queremos, por menos de lo que cuesta una tapa, un euro y medio, un experto nos llevará a los mejores bares de la ciudad. Es una de las 16 visitas guiadas que organiza la Oficina de Turismo, a cual más curiosa. Por el mismo precio se puede conocer la Almería burguesa, con joyas de la arquitectura decimonónica como el Mercado Central y el embarcadero de mineral conocido como el Cable Inglés; o la ciudad musulmana, presidida por la enorme Alcazaba; o las torres vigías que defendían la costa de los ataques de los berberiscos…

Casa Puga y La Encina (Almería)

En Casa Puga se bebe clarete de la Contraviesa y en La Encina se comen tigres (de Bengala, no; de los otros)

Cómo llegar. Almería tiene buenos accesos por carretera desde Granada (autovía A-92) y Murcia (autovía A-7 o del Mediterráneo). Hay vuelos de Ryanair por 8 euros cada trayecto. Comer y dormir. Casa Sevilla (950 272 912): para descansar de bares y darnos un capricho, podemos ir a este acogedor restaurante, con notable cocina marinera (quisquillas de Alborán, gambón rojo de Garrucha, pescados frescos…) y sobresaliente bodega; barato, la verdad, no es. Hotel Catedral (950 278 178): casona manierista de mediados del XIX, rehabilitada y decorada con moderno gusto, muy céntrica; quizá el mejor hotel de la ciudad. Más información. Turismo de Almería: 950 280 748.

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La senda de la eñe (sierra de Gata, Cáceres)

Castillo de Trevejo (Cáceres)

Atardecer en el castillo hospitalario de Trevejo, uno de los mejores miradores de la cacereña sierra de Gata.

En estas montañas del noroeste cacereño, fronterizas con Portugal, se habla mañegu, se bebe viñu de pitarra y se pasea por castañares. La eñe, aquí, importa todavía más que en el resto de España. Un sendero de pequeño recorrido, la ruta de A Fala, permite subir desde San Martín de Trevejo hasta el puerto de Santa Clara atravesando el mayor castañar de Extremadura.

San Martín de Trevejo es un pueblo que parece hecho adrede para desmentir cualquier idea tópica que se tenga sobre Extremadura. En San Martín, el agua desborda los pilones de las fuentes y corre a raudales por las calles, con alegría tropical. En San Martín, las casas, más que de pastores y labriegos, diríase que son de hidalgos montañeses: blasonadas, de sillares bien labrados y con amplios lagares soterraños donde se elabora el vino de pitarra. En San Martín, y en toda la bendita sierra de Gata, uno tiene que hacer bien poco –saludar y sonreír– para que lo inviten a una de estas bodegas familiares donde, pimplando vino artesano, comiendo queso de cabra retinta y mojando pan en aceite de manzanilla cacereña, se siente hasta lástima de los banquetes del Valhalla.

Castañar de los Ojestos (San Martín de Trevejo, Cáceres)

La ruta de A Fala (sendero PR-CC-184) atraviesa el castañar de los Ojestos, el mayor de la región extremeña.

Otra cosa que no cuadra con el estereotipo extremeño es que aquí hablan distinto. Al casco antiguo, le dicen cascu antigu; al Gonzalo, Gonzalu; al queso, quesu y al vino, viñu. Pudiera llegar a pensarse que es el abuso de este último el que hace oírlo todo acabado en u, como en bable o en rumano, pero lo cierto es que se trata de la fala, una lengua que sólo se habla en los municipios de San Martín de Trevejo, Eljas y Valverde del Fresno, los cuales están pegaditos a Portugal, en la esquina noroccidental de Extremadura. Una lengua que, en realidad, son tres, pues en cada lugar se maneja un dialecto de la misma: en Valverde, el valverdeiru; en Eljas, el lagarteiru, y en San Martín, el sanmartiñegu o mañegu. Esto de cada quisque tenga su idioma particular es un rasgo muy nuestro, muy español, como la letra eñe, y también una gran riqueza. Más vale tener, que no desear.

Además de un interesante debate sobre quién fue su padre –el gallego, el portugués, el asturleonés o el mozárabe–, la lengua en cuestión ha dado origen a un itinerario pedestre, la ruta de A Fala, un sendero de pequeño recorrido (PR-CC-184) que une los tres pueblos donde, con ligeras variantes, se habla. Su primer tramo, que es el más atractivo y el que vamos a recorrer, nos llevará en un par de horas desde San Martín hasta el puerto de Santa Clara, siguiendo la calzada romana que atraviesa el castañar de los Ojestos, el más extenso de Extremadura. Más alicientes –culturales, botánicos, históricos…– no se le pueden pedir a un sendero. Un sendero que, para más señas, está bien marcado con letreros de madera y trazos de pintura blanca y amarilla, y tiene una duración de cuatro horas (15 kilómetros, incluida la vuelta por el mismo camino), un desnivel acumulado de 400 metros y una dificultad media-baja. No es para hacerse con tacones, pero tampoco una matada.

San Martín de Trevejo (Cáceres)

Casona blasonada en San Martín de Trevejo y una de las muchas bodegas donde se elabora vino de pitarra.

Al final de la calle del Puerto, o la calli do Portu, junto a la fuente del Pilón das Hortas, arranca nuestro paseo por la calzada romana, que sube empinadísima y zigzagueante entre huertos de frutales, viñas y olivos, ofreciendo vistas cada vez más aéreas del pueblo. Tras dejar a la izquierda un prado de égloga, el camino, ya más llano, se adentra en el espeso castañar, donde, como a una hora del inicio, aparecen los Abuelos, dos árboles gigantescos, inmunes al hacha y al rayo, al chancro y al pirómano. Media hora después se cruza el río de la Vega, que en primavera, otoño e invierno forma unas buenas chorreras. Y en otra media (dos, en total) se llega al puerto de Santa Clara, un balcón florido de carquesas y cantuesos desde el que se ve, como lo ven las águilas reales, el val de Xálima, el verde valle donde se habla el valverdeiru, el lagarteiru y el mañegu… Y el castehanu, claru.

Otro bonito lugar (y otro buen mirador) de la sierra de Gata es Trevejo a secas, que está a 12 kilómetros de San Martín de Trevejo. Es un pueblecito de casas de roca elemental que se apiña como un castro celta en una cresta granítica junto a las ruinas de un castillo hospitalario: el sitio perfecto para subir al atardecer, cuando el sol pinta de oro los muros resquebrajados de la fortaleza –cuya romántica ruina hay que agradecer a los franceses, que la reventaron durante la guerra de Independencia–, y dejar volar la mirada sobre el val de Xálima hasta más allá de la raya portuguesa.

Ruta de A Fala (Cáceres)

Señalización del la ruta de A Fala (sendero PR-CC-184) en las inmediaciones del puerto de Santa Clara.

Cómo llegar. San Martín de Trevejo (ver mapa) se halla en el noroeste de Cáceres, a 126 kilómetros de la capital. Se va por la autovía de Salamanca (A-66), desviándose hacia Torrejoncillo para seguir por Coria, Moraleja y Cilleros. Comer. Los Cazadores (San Martín de Trevejo; 927 513 248): especialidad en carnes de la sierra y bacalao a la Kika. Os Arcus (San Martín de Trevejo; 927 513 204): cocina y vinos de la tierra en una casa señorial de 1676. Dormir. La Almazara de San Pedro (Eljas; 915 768 873 y 659 434 803): alojamiento rural con baños árabes y espectacular restaurante ubicado en la sala de máquinas de un antiguo molino de aceite. A Velha Fábrica (Valverde del Fresno; 927 511 933): antigua fábrica de textiles y aceites rehabilitada en 2007 como hotel rural, con coquetas habitaciones de dos alturas. Don Julio (Perales del Puerto; 927 514 651 y 639 333 009): hotel rural cómodo, amplio, ajardinado y con opíparos desayunos a base de migas, torrijas, pastel de bellota… Más información. www.sierradegata.org y www.turismosierradegata.com.

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Navajuelos: la Pedriza de la Pedriza (Manzanares, Madrid)

Navajuelos (Manzanares El Real, Madrid)

La bola de los Navajuelos, haciendo equilibrios en lo más alto, preside este majestuoso paraje granítico.

Bolas de granito en equilibrio. Obeliscos tallados por el rayo y el hielo. Túneles naturales que obligan a avanzar a gatas. Peñascos que nos hacen sentir como hormigas. Navajuelos es el reino de la roca pura y dura, la quintaesencia de la Pedriza, la Pedriza de la Pedriza. Un lugar que, al principio, da un poco de miedo. Pero que luego envicia. Una senda de cinco horas lleva hasta allí.

Julita Zabala estaba angustiadísima. Yendo de acá para allá por la pradera de Navajuelos, de madrugada, Julita Zabala era la viva imagen de la alarma, la zozobra personificada. Cuando a las cinco de la mañana, por fin, Baldomero Sol y José Luis Agosti, éste último herido en una pierna, lograron descender del cancho Rasgao, Julita les reconvino: “Espero que no volváis nunca más a este risco”. Pero Julita, con sólo entrever sus caras a la luz del alba, supo que ambos escaladores ya habían resuelto volver a intentarlo el domingo siguiente: “¡Hijos, sois unos suicidas! ¡Éste es el risco de los suicidas!”. Y con ese tremendo nombre se quedó, hace 70 años, el viejo cancho Rasgao.

No es por darle la razón a aquella señorita, pero la verdad es que esta pradera tiene una belleza que asusta un poco. Al noreste del mogote de los Suicidas, que luce el perfil maligno y cabezón de una mantis religiosa, se alza el cancho de la Herrada, con su fiera cara sur acantilada de 120 metros, la pared de Santillán. Al suroeste, hace equilibrios la bola de los Navajuelos, a la que le quedan dos telediarios, geológicamente hablando, para rodar de su peana. Y, poco más allá, guardan la puerta meridional del enclave el obelisco inclinado del Torro y el risco infernal de las Llamas, donde el granito arde como ardía de impaciencia Julita la noche de marras. Qué mal lo pasó, la pobrecita.

Navajuelos (Manzanares El Real, Madrid)

El obelisco inclinado del Torro (a la derecha) se yergue en las inmediaciones de la pradera de Navajuelos.

Escondida entre todos estos riscos, la pradera de Navajuelos (un navajo es eso: un navazo, nava o terreno llano rodeado de montañas) nos espera, solitaria y callada, a 1.678 metros de altura, en el brazo oriental del circo de la Pedriza Posterior, a medio camino entre los collados de la Ventana y de la Dehesilla; un camino que, para más misterio, nos obligará a gatear por túneles, culebrear por callejones y bordear derrumbaderos. Muy difícil no es, y desde luego no para asustarse, pero un poco en forma sí que exige estar, pues son 14 kilómetros de recorrido, cinco horas de paseo y 800 metros de desnivel acumulado. Tampoco es para hacerlo con niebla, ni en medio de una ventisca.

Para ir en busca de Navajuelos, iniciaremos nuestra andadura en el aparcamiento de Canto Cochino (altitud, 1.025 metros), cruzando el río Manzanares y remontando a continuación el arroyo de la Majadilla por sendero marcado con trazos de pintura blanca y roja. A los tres cuartos de hora, llegaremos a otro puente (próximo al refugio Giner) que no pasaremos, sino que seguiremos hacia el norte por el arroyo de los Poyos, rastreando ahora una senda con señales blancas y amarillas. Y, un cuarto de hora después, vadearemos este arroyo para subir zigzagueando, ya por senda sin señalizar, hasta el collado de la Ventana (1.784 metros; unas dos horas y media desde el inicio).

Navajuelos (Manzanares El Real, Madrid)

Las cabras montesas de la Pedriza sienten particular querencia por estas soledades pétreas de Navajuelos.

De buitre pedricero son las vistas que se dominan, desde el collado de la Ventana, sobre la hoya de San Blas, la Najarra, Miraflores de la Sierra y Soto del Real. Pero todavía serán más impactantes cuando, avanzando hacia la derecha por la senda que recorre la divisoria –marcada, de nuevo, con trazos de pintura blanca y amarilla–, rebasemos el risco de la Ventana (1.828 metros; dos horas y tres cuartos desde el comienzo) y, ya en franco descenso, contemplemos al mediodía el embalse de Santillana, donde parece que la roca de la Pedriza se funde llameante bajo su peso inconcebible.

Buscando siempre el mejor paso entre los riscos cimeros, la senda Termes, que así se llama, nos hará arrastrarnos por un túnel natural, bajo unas peñas desgajadas del cancho de la Herrada, antes de salir –deslumbrados, como recién paridos– a la pradera de Navajuelos (1.678 metros; tres horas). A la derecha, por un pinarcejo sobre el que descuella el mogote de los Suicidas, vira brusca la senda para colarse seguidamente en el callejón que rodea la bola de los Navajuelos y, reptando bajo un pedrusco que lo obstruye, aflorar al jardín del Torro, que jardín es otro de los nombres que reciben, en la Pedriza, estas praderitas agobiadas de roca y belleza. No son jardines de flores, claro es.

Poco después, la senda baja con fortísima pendiente, bordeando el risco de Mataelvicial, hasta el collado de la Dehesilla (1.453 metros; cuatro horas), donde doblaremos a la derecha para descender, por la mucho más suave y andadera cañada del Tolmo, en pos del arroyo de la Majadilla y Canto Cochino (cinco horas). Un plano de la ruta se hallará en www.excursionesysenderismo.com.

Navajuelos (Manzanares El Real, Madrid)

La bola de los Navajuelos, al más mínimo temblor de tierra, puede venirse al suelo. Sería una lástima.

Cómo llegar. Manzanares El Real dista 53 kilómetros de Madrid. Se va por la autovía de Colmenar Viejo (M-607), desviándose por la carretera M-609 en el kilómetro 35 y luego por la M-608 a la izquierda. Para llegar al aparcamiento de Canto Cochino, hay que salir de Manzanares hacia Cerceda y coger el primer desvío a mano derecha. Comer y dormir. Casa Goyo (Manzanares El Real; 918 539 484): cocina tradicional con productos de temporada. Parra (Manzanares El Real; 918 539 577): carne del Guadarrama y asados. Rincón del Alba (Manzanares El Real; 918 539 111): especialidad en mariscos y pescados a la plancha. Mirador La Maliciosa (Manzanares El Real; 918 527 065): casa de madera estilo suizo con restaurante especializado en marisco y caza. La Escala (Manzanares El Real; 600 450 741): coqueta casa rural con cuatro habitaciones, salón con chimenea y vistas a la Pedriza. Hotel La Pedriza (Manzanares El Real; 699 902 763): remodelado en 2008, hotel-autoservicio con piscina. Más información. Turismo de Manzanares El Real: 918 530 009 y 639 179 602. Centro de Educación Ambiental del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares: 918 539 978.

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Cascada de Goiuri (Álava): larga como lana de oveja latxa

Cascada de Goiuri (Álava)

Melenuda oveja latxa al borde del acantilado calcáreo donde el río Oiardo pega un salto de 105 metros.

Hayedos y quejigales, templos románicos y prados atiborrados de melenudas ovejas latxas. El río Oiardo atraviesa unos paisajes de égloga antes y después de precipitarse en un cascada de más de cien metros del altura en el noroeste de Álava. Un enclave con leyenda que las lluvias de otoño llenan de agua y colorido y que puede conocerse siguiendo una sencilla senda de una hora.

Que un río como el Oiardo –un humilde tributario del Altube, que a su vez lo es del Nervión–, con un caudal de sólo 340 litros por segundo, haya excavado en la roca caliza del altiplano alavés un barranco de 105 metros de profundidad, en el que se precipita formando una de las mayores cascadas de España, es un hecho que escapa a la comprensión del común de los mortales. De ahí que, para explicar lo inexplicable, los primeros habitantes de la zona urdieran una leyenda protagonizada por una lamia, que viene a ser lo mismo que una ninfa –una de esas hadas tontivanas que moran en los parajes acuáticos–, sólo que vasca, fea y con pies de pato.

Cuenta la leyenda que en Goiuri vivía una de estas superfluas criaturas, la cual se pasaba todo el santo día arreglándose (normal) delante de un espejo mágico, un espejo al que le decía “diadema” y creaba una diadema, “agua de colonia” y la destilaba, etcétera. En esas toilettes estaba la lamia, cuando acertó a pasar un pastor llamado Urjauzi, que lógicamente se encaprichó del espejo, se lo afanó en un descuido y se dio al exceso, pidiéndole al susodicho angulas de Aguinaga, pastoras como las de Watteau y otros placeres que no había sentido ganadero alguno desde las odas de Horacio. Dice el refrán que poco dura la alegría en casa del pobre. Pues menos aún en el chozo del pastor. Al cabo de unos días, la lamia sorprendió al usurpador sesteando en la orilla del río Oiardo, con el espejo pegado a los labios. “¿Quién eres?”, le preguntó la lamia. Todavía dormijoso, el ovejero le contestó, casi con un suspiro: “Urjauzi”. E instantáneamente se convirtió en el gran salto de agua de Goiuri, porque grande era su falta y porque urjauzi, en vasco, significa cascada.

Vecino de Goiuri (Álava)

Un vecino feliz de Goiuri con las manos rebosantes de perretxikos, delante de la casa rural Ugarzábal.

Huelga decir que no ha sido un suspiro, sino un trabajo erosivo de miles de años, el que ha creado el hondón donde el Oiardo se abisma desmelenado en dos hebras largas y blancas como las guedejas de las ovejas latxas que pastan al borde del precipicio, mirando para la cascada con amor fraternal. Una labor casi eterna, comparada con la cual, la historia de Goiuri, que desde 1257 alza sus casas junto al salto, parece breve como una cabezada y descansada como una vida con espejo mágico.

Breve y descansado, de no más de una hora, es el paseo circular que nos va a permitir conocer el salto y su entorno. Lo iniciaremos en el mismo pueblo de Goiuri, dirigiéndonos hacia la iglesia románica de Santiago Apóstol, en cuya ventana absidial hay esculpido un grupo musical, extraña ocupación junto a una cascada atronadora, que no deja oír nada. Visto lo cual, continuaremos de frente por una pista de tierra para, a unos 200 metros, colarnos a la derecha por una puerta giratoria, cruzar la vía del ferrocarril y plantarnos justo encima de la cascada, donde una cruz y una placa recuerdan no sólo a sendos suicidas, sino que un resbalón aquí es mortal de necesidad.

Cascada de  Goiuri (Álava)

Hayas, quejigos y laderas alfombradas de yedra. Un bosque de cuento rodea la legendaria cascada de Goiuri.

Con mucho cuidadín, pues, seguiremos el sendero que discurre por el filo del precipicio, dejando a nuestras espaldas la cascada y usando como asidero la alambrada que cerca los prados de la izquierda. Admirable, casi más que el propio salto, la asimetría vegetal que presenta esta garganta: en la ladera soleada, la nuestra, medran los quejigos, aferrados al borde del acantilado en posiciones de vértigo; mientras que, en la contraria, la umbrosa, proliferan las hayas, que se extienden hasta más allá del puerto de Altube formando uno de los mayores hayedos del País Vasco.

Tras rebasar un espeso bosque de quejigos, buscaremos un paso a través de la alambrada para continuar bordeando el altiplano por la zona del pastizal. Así, como a media hora del inicio, saldremos nuevamente a la pista de tierra; antes de regresar por ella al pueblo, la seguiremos un rato a mano derecha por lo alto del praderío hasta llegar junto a un monumental roble achicharrado por un rayo que, según los que lo sintieron caer, asó a dos yeguas de la misma tacada. Desde allí distinguiremos, descollando a naciente, la cima del Gorbea –máxima altura del parque natural homónimo, del que forma parte la cascada de Goiuri– y, a poniente, la afilada sierra Salvada, donde el Nervión se despeña no más nacer en una caída de 300 metros. Pero ésta la veremos otro día.

Oveja latxa en Goiuri (Álava).

Las ovejas latxas que pululan alrededor de la cascada lucen unos espectaculares peinados, estilo Bisbal.

Cómo llegar. Goiuri se halla en el municipio de Urkabustaiz, en el noroeste de Álava, a 25 kilómetros de Vitoria y a 40 de Bilbao, y tiene su mejor acceso por la autopista Vasco-Aragonesa (AP-68), tomando la salida número 5, dirección Izarra y Orduña. Dormir. Ugarzábal (Goiuri; 646 380 574 y 690 844 773): casas rurales de alquiler completo en un pajar rehabilitado con excelente gusto, frente a la iglesia románica de Santiago, a tiro de piedra de la cascada de Goiuri. Munialdeko Etxea (Abezia; 945 437 179): caserío de 1810, con amplias habitaciones y jardín, a siete kilómetros de Goiuri. Comer. Izarra Jatetxea (Bitoriano; 945 430 073): típica taberna situada a diez kilómetros de Goiuri, en la que hay que probar los deliciosos puerros rellenos de gambas y el solomillo en costra de hongos. La Casa del Patrón (Murguia; 945 462 528): barra multitudinaria, famosa por sus pintxos, y restaurante más tranquilo en la primera planta. Más información. Turismo de Goiuri: 945 430 440.

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Utrecht (Holanda): capital de la cultura… y de la juventud

Bicicleta con niños en Utrecht (Holanda)

Más de la mitad de la población de esta ciudad holandesa tendrá menos de 30 años en 2018.

Entre las ciudades que aspiran a ser Capital Europea de la Cultura en 2018, destaca Utrecht, la urbe más antigua de Holanda, de orígenes romanos, y la más joven, donde casi la mitad de los residentes son alumnos de su universidad. Carillones y organillos. Puestos de flores y canales llenos de vida. La casa del único papa holandés y una catedral partida en dos por un tornado.

Debemos confesar que, hasta el otro día, Utrecht no era para nosotros más que un lugar impreciso de los Países Bajos donde se firmó en 1713 el tratado de paz del mismo nombre, por el que España perdió, entre otras cosas, Gibraltar. Pero hete aquí que, después de coger un tren que tarda sólo media hora desde el aeropuerto de Amsterdam, nos plantamos en Utrejt (así lo pronuncian los nativos) y descubrimos estupefactos, por nuestra incultura y porque no es para menos, la que es la cuarta ciudad más grande de Holanda (312.000 habitantes) y la que tiene la mayor universidad y la población más joven, a tal extremo que, en 2018, cuando sea (si finalmente lo es) Capital Europea de la Cultura, más de la mitad de los utrechinos, o como se diga, tendrá menos de 30 años.

Es la ciudad más joven y, al mismo tiempo, la más vieja, con una antigüedad de casi 2.000 años, pues fue en 47 después de Cristo cuando los romanos se asentaron en ella para asegurar el confín septentrional de sus dominios a lo largo del Rin. Una ciudad que, ya en tiempos medievales, creció hasta convertirse en una potencia religiosa, con templos a patás, y también comercial, con un ingenioso complejo de canales, muelles y almacenes que, aún hoy, sigue siendo su rasgo físico más característico y cumpliendo una destacada misión, la de entretener a los turistas. En el siglo XVI, era la urbe más importante del país, la orgullosa madre de Adrian Florensz, más conocido como Adriano de Utrecht, que fue, por este orden, maestro del futuro emperador Carlos V, obispo de Tortosa, inquisidor general de Aragón y de Castilla, cardenal, regente de España y papa número 218, primero y último de origen holandés. Detrás de la catedral, en Pausdam, se halla Paushuize, la Casa del Papa, una hermosa mansión renacentista que ordenó construir pensando en su jubilación mientras estaba en España, sin sospechar que no volvería a pisar su ciudad natal. No lo vio venir. Ni siquiera asistió al cónclave que lo eligió. Murió dos años después en el Vaticano, dicen que envenenado.

Paseo en barco por el Canal Viejo de Utrecht (Holanda)

Oudegracht, el Viejo Canal, es la principal arteria de la ciudad antigua y su mayor atracción turística.

Cinco años antes de que Adriano ocupara el solio pontificio, en 1517, se puso la última piedra de la catedral de Utrecht, que se levantaba (y, lo que queda de ella, aún se levanta) donde los romanos habían plantado su fuerte, el Castellum Trajectum. Sea por falta de dinero, comprensible después de dos siglos y medio de obras, o de pericia de los constructores, disculpable al tener que trabajar en un estilo (el gótico) ya casi olvidado, la nave principal se terminó de mala manera, como quedó demostrado cuando un tornado la derribó en 1674, dejando la catedral tal como ahora la vemos, seccionada como por una gigantesca espada láser: a un lado, la cabecera y el transepto, que hoy sirven de templo; en medio, donde estaba la nave, una plaza arbolada; y al otro extremo, la solitaria torre, que así, separada del resto, parece más espigada de lo que ya es. Con sus 112 metros, la torre de iglesia más alta de Holanda es una referencia visual de primer orden, como también lo es auditiva, gracias a su carillón de 50 campanas, y gimnástica, pues después de subir y bajar sus 465 escalones uno puede zamparse con total tranquilidad una fuente de patatas fritas con mayonesa, a las que tan aficionados son en estas poco refinadas (gastronómicamente hablando) latitudes.

A pocos pasos de la torre, fluyen las aguas verdes del Oudegracht (el Viejo Canal), la principal arteria de la ciudad antigua, por la que van y vienen los forasteros en barcos panorámicos (hay dos empresas, Rederij Schuttevaer y Rederij De Ster), lanchas con motor eléctrico, pédalos e incluso góndolas. Los nativos también utilizan el canal para pescar, para celebrar guateques flotantes o para zambullirse en calzoncillos en plena borrachera, como los españoles las piscinas. A uno y otro lado de esta Gran Vía acuática se suceden las tiendas de moda, los restaurantes, los cines, los coffee-shops y los bares de copas con sus terrazas macizadas de fumadores. El día D en Oudegracht es el sábado, cuando una multitud densa como el plomo desembarca en sus orillas y pugna por abrirse paso, a pie o (rizando el rizo) en bicicleta, entre los tenderetes del mercado de flores, cuyos vendedores se desgañitan pregonando rosas y tulipanes bajo la atronadora lluvia musical de los organillos callejeros, que aquí son grandes y potentes como orquestas sinfónicas, si no más.

Bicis y cervecería en Utrecht (Holanda).

Bicicletas en la plaza de la Catedral y uno de los muchos bares de copas de la ciudad vieja de Utrecht.

Si el estrépito de los organillos no nos hace sangrar los oídos y todavía queremos más, podemos acercarnos al Museo Speelklok, una antigua iglesia gótica donde se reúnen en asamblea nada santa, sino muy bulliciosa y verbenera, máquinas cantarinas de hasta 600 años de edad: carillones, cajas de música, flötenuhren (relojes musicales de viento), pianolas, cucos, orquestriones y órganos callejeros, de feria y de salón de baile, tremendos estos últimos, capaces de eclipsar con su estruendo a una banda heavy. Otros museos curiosos de la ciudad son el Catharijneconvent, que está dedicado a la historia del cristianismo en Holanda y es el único del mundo de asunto religioso que muestra barajadas obras protestantes y católicas; y la Casa Rietveld-Schröder, icono del movimiento De Stijl, que es como un cuadro de Mondrian, pero en tres dimensiones.

A estas atracciones diurnas, hay que añadir las nocturnas, ésas que ofrece toda ciudad universitaria que se precie, más una propia y de reciente creación que, a pesar de la nocturnidad, es apta para todos los públicos. Se trata de Trajectum Lumen, una ruta señalizada que permite recorrer a pie la ciudad vieja siguiendo los destellos y reverberaciones de 14 instalaciones artísticas luminosas, todas ellas situadas en lugares significativos. Lugares como la catedral, alrededor de la cual una línea verde neblinosa recuerda el trazado de las antiguas murallas romanas; o como el túnel de Ganzenmarkt, que, iluminado con leds de variados y cambiantes colores, nos transporta a los muelles abigarrados y fragorosos donde se descargaban los barcos de la próspera Utrecht medieval.

Túnel de Ganzenmarkt, en Utrecht (Holanda).

Iluminación artística en el túnel de Ganzenmarkt, una de las 14 estaciones de la ruta Trajectum Lumen.

Cómo llegar. easyJet (www.easyjet.com y www.vamonosvolando.com) ofrece vuelos baratos a Amsterdam (a partir de 20,99 euros cada trayecto). En el mismo aeropuerto se cogen los trenes que llevan en 33 minutos a Utrecht. Dormir. Apollo (Vredenburg, 14; 00 31 (0) 30 2331232): hotel muy céntrico, en el punto donde se inicia la ruta Trajectum Lumen, con buen buffet para desayunar. Comer. Stadskasteel Oudaen (Oudegracht, 99; 00 31 (0) 30 2311864): casa-torre medieval con fábrica de cerveza y amplios salones en los que se puede comer desde un sándwich hasta un menú de seis platos. Winkel Van Sinkel (Oudegracht, 158; 00 31 (0) 30 2303030): pasta, hamburguesas y brochetas de pollo en un café-restaurante-sala de conciertos con impactante decoración, frente al Viejo Canal. Rechtbank (Korte Nieuwstraat, 21; 00 31 (0) 30 233 0030): ambiente refinado y buena cocina, pero muy, muy, muy slow. Más información. Turismo de Holanda.

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Atrapados en la luna de miel

El laberinto de la luna de miel

La luna de miel es una trampa, un laberinto que conduce inexorablemente a una playa con cocoteros.

Milenios de evolución social y seguimos enredados en esa telaraña pegajosa, en ese laberinto cuya única salida parece ser un viaje caro, cursi y previsible a una playa enmarcada por cocoteros. ¿Cuál es el origen de esa trampa? ¿Viajaban ya nuestros bisabuelos de recién casados a Punta Cana? ¿En cuánto está el récord mundial de viaje de novios más prolongado?

Sobre el origen de la expresión luna de miel existen casi tantas teorías como variedades de miel. Una de ellas, la que más nos divierte, dice que en la antigua Roma había la costumbre de que la madre de la novia llevase todas las noches a los recién casados una jarra con miel para que repusiesen fuerzas y que esa dulce aunque nada excitante intromisión en la alcoba nupcial, más propia de un cuidador de osos que de una suegra, se prolongaba durante una luna, o sea un mes. De ser esto cierto, nada tendría de extraño que las parejas de tórtolos hubiesen decidido desde tiempos remotos abandonar el nido a la primera oportunidad, poniendo unas cuantas leguas de por medio con la señora de la jarra.

Mientras esto sucedía en el cálido y civilizado Mediterráneo, en el norte de Europa se dedicaban a raptar a la zagalas en plan cavernícola, ocultándose con ellas en un escondite del que sólo informaban al mejor amigo –el padrino– y del que no salían hasta que la familia de las rapiñadas daba el “sí, quiero”; ellas, al parecer, no tenían boca. Y se cuenta que por esos mismos bárbaros pagos, en la península de Jutlandia, a la sazón habitada por los teutones, éstos consumían durante la primera luna o mes de casados ingentes cantidades de hidromiel a fin de obtener un hijo varón, pues se suponía que esta bebida alcohólica a base de agua y miel era afrodisíaca. Más que las suegras romanas, seguro.

Sea cual sea el origen de la luna de miel, lo que importa es que ya tenemos a nuestros recién casados –por la fuerza o de grado– sentados en un carro con el cartel de Just married y una ristra de cacerolas colgando de la zaga, y aún no sabemos a dónde vamos.

En 1910, nuestra bisabuela Úrsula Sánchez, natural de Santorcaz, un pueblecito de Madrid lindante con la Alcarria de Guadalajara, se montó con su flamante marido, no en un carro, sino en un burro, y se fue a pasar la luna de miel a Anchuelo, otro pueblecito situado a cuatro kilómetros escasos de distancia en el que no hay nada que ver –salvo una columna donde cayó un rayo y se mató con su caballo un tal Pedro Chivo–, protagonizando el viaje de boda más breve, austero e inexplicable de cuantos hayamos tenido noticia. Es un caso claro de “Contigo, pan y cebolla”, o pan y gachas, que era lo que se comía (y aún se come) en Anchuelo. Y si no miente la ley de Thomas sobre la Felicidad del Matrimonio (“la duración de un matrimonio es inversamente proporcional a la cantidad gastada en la boda”), cabe inferir que fueron extraordinariamente dichosos.

Un siglo más tarde, las estadísticas nos dicen que cada nuevo matrimonio español dedica al viaje nupcial una media de 4.500 euros, la segunda partida en importancia del gasto total de la boda por detrás del banquete (19.000 euros) y por delante del traje de la novia, que, con todos sus complementos, sale por unos 2.000. Nos gustaría poder decir que esos 4.500 euros se invierten en explorar lejanías como Alaska o Mongolia, pero lo cierto es que los recién casados viajan en manada a Cancún, Punta Cana, Varadero…, lugares tan previsibles, tópicos y manoseados que hacen que hasta Anchuelo, con su simplicidad a prueba de turistas, nos parezca exótico.

Más originales, ciertamente, son las perspectivas viajeras de los matrimonios gays, para los que algunas agencias disponen de folletos específicos de lunas de miel con destinos como Ibiza, Sitges, Mykonos, Londres, Tailandia, San Francisco… Aún así, el número de lugares a los que los recién casados del mismo sexo pueden viajar despreocupadamente, demostrándose su amor en público con absoluta naturalidad, es bastante limitado. Lo es por la homofobia que aun impera en buena parte del mundo y, más concretamente, por las leyes que castigan la homosexualidad en 80 países, incluida Jamaica, tan permisiva para otras cosas. Viajar dos hombres de la mano (o dos mujeres) por África está muy complicado, y no digamos ya por la península Arábiga.

Otra moderna variante de la luna de miel convencional, ésta originaria de Estados Unidos, es la llamada procreation vacation, un paquete turístico concebido para parejas que ansían quedarse embarazadas, donde entran en juego masajes, pociones estimulantes y mucho rélax, además, claro es, de lo que uno y otra tienen que poner de su parte. Y luego están los que, deseosos de alargar las blanduras y caprichos de la honeymoon hasta el infinito, se apuntan a la baby-moon, el último viaje antes de dar a luz, que incluye regalos prenatales, tratamientos de belleza para embarazadas y menús uterinos, los cuales, básicamente, consisten en que la futura mamá coma de puro antojo.

Aunque, puestos a alargar la luna de miel, nadie como Eneko Echebarrieta y Miyuki Okabe. Eneko, vitoriano, conoció a Miyuki, japonesa, en Brasil, mientras daba la vuelta al mundo en bicicleta, aventura que le llevó cuatro años. De regreso en Vitoria, se casaron, pero en lugar de buscarse un trabajo serio (como le recomendó George Bush al cineasta Michael Moore), se compraron una bicicleta tándem y, después de conseguir que su proyecto Acercando el Mundo fuera incluido dentro de la Campaña del Milenio de Naciones Unidas, se pusieron nuevamente a dar pedales por el orondo orbe a principios de 2005 con la sana, solidaria y algo exagerada intención de no parar hasta 2015. Tres años y pico después, en junio de 2008, Miyuki se quedó embarazada y la pareja hubo de abandonar por el bien del futuro hijo, pero aún así, el suyo fue un tremendo viaje y, también, una tremenda luna miel, probablemente la más larga de la historia.

Quienes pensamos que la luna de miel es una ñoñez insoportable, además de una ramplonería, una ranciedad y un dispendio, tenemos además otro argumento al que recurrir en caso de debate, y es que nadie quiere pasar por ella dos veces porque, como advirtió Noel Clarasó, “para repetirla, han de suceder cosas muy desagradables”.

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Monasterio de Santo Estevo (Ourense): muy cerca del más allá

Parador de Santo Estevo (Ourense)

El monasterio y parador de Santo Estevo, visto desde el cerro de Penedos do Castro, en Pombar.

Poco antes de que se lo beba el Miño, el Sil corre por un profundo cañón al que se asoman numerosos monasterios que, ya desde tiempos medievales, hicieron que esta zona fuese conocida como la Ribeira Sacra. El de Santo Estevo, con sus tres claustros, es el más bello y una de la de las joyas más preciadas de Paradores. Dormir aquí es hacerlo, casi casi, en el cielo.

Dios quiso que el universo fuese inmensamente variado y que sus criaturas creciesen y se multiplicasen por doquier. Sin embargo, siempre ha habido gente que, parar agradar al Creador de tanta diversidad, se ha retirado a los lugares más apartados del mundo a vivir en silencio y soledad, y a rezar siete veces al día, día tras día, día tras día, día tras día… Lugares como Santo Estevo, un monasterio que hoy nos parece que está un poco a trasmano, escondido entre las espesuras y los acantilados graníticos que bordean el curso orensano del Sil, pero que en la Edad Media era lo más cerca que se podía estar del más allá antes de estirar la pata.

Santo Estevo se halla en un lugar tan abrupto y selvático, que no se ve hasta que uno está encima, casi en la puerta. La mejor y casi única forma de apreciarlo en su conjunto es subiendo al cerro de Penedos do Castro, en el vecino lugar de Pombar. Este castro de la Edad del Bronce ofrece una visión muy aérea e idílica del monasterio, rodeado de rosados brezales y del vario verde de los prados, los robles y los castaños. Así lo verían monjes cuando subían al cielo. Los que subían, claro.

Los orígenes del monasterio de Santo Estevo se remontan al siglo VI, pero su esplendor llegó de la mano de los benedictinos. Nueve santos obispos del siglo X acabaron sus días recogidos en sus celdas y, a partir del XVI, se animó más todavía con la creación de un colegio de Artes y Filosofía. Entre muchos otros alumnos, aquí estudió, a finales del XVII, el ilustrado Padre Feijóo.

Monasterio de Santo estevo (Ourense)

Gato en el claustro de los Caballeros. No es un monje reencarnado, porque los benedictinos van de negro.

Al viajero que hoy se acerca a Santo Estevo, dando cien tumbos por estos derrumbaderos, le pasma que un lugar tan apartado fuese frecuentado por estudiantes, prelados y –lo que resulta más increíble–, por todos esos reyes cuyos nombres figuran en las puertas de habitaciones: Alfonso V, Alfonso VII, Vermudo II, Ordoño I… Y mayor estupor le causa, aún, que la adecuación del monasterio para uso hotelero, en 2004, se acometiera con tan moderno y artístico criterio: estructuras de acero y cristal, muebles de diseño contemporáneo (Mies van der Rohe, Ghery, Elian Gray…), obras de Tàpies, Chillida, Guinovart… Una osada decisión que, en su día, no fue del agrado de algunos clientes fieles de Paradores, acostumbrados a las armaduras, los tapices, los bodegones, las sillas frailunas y las llaves aparatosas como espetones para asar jabalíes.

Intacta se ha mantenido, eso sí, la arquitectura de sus tres claustros, emocionante el de los Obispos, con sus piedras románicas forradas de musgo y silencio secular. Es un placer elemental, muy medieval, desayunar en el claustro de la Portería, mojando en los huevos fritos con esos panes como mampuestos que aquí se estilan. Y otro mayor, cenar en las antiguas caballerizas, saboreando las truchas recién trincadas en el Sil y uno esos vinos de uva mencía que se ordeñan con mil sudores en las escarpas graníticas de la Ribeira Sacra. Viticultura heroica, le dicen.

Cómo llegar. El Parador de Santo Estevo está a 27 kilómetros de Ourense; se va por la carretera de Monforte de Lemos y Ponferrada (N-120), tomando el desvío bien señalizado que aparece a 13 kilómetros de la capital. Habitaciones. 77, todas con baño, calefacción, aire acondicionado, televisión, teléfono, minibar, caja fuerte y conexión a Internet vía wifi; algunas con vistas al cañón del Sil. Servicios. Restaurante, cafetería, terraza, salones, jardines y spa. Reservas. 988 010 110.

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