Playa del Cañuelo (Cádiz): el Caribe andaluz

Playa del Cañuelo

Un pequeño arroyo o caño parte en dos esta playa salvaje gaditana que, por eso mismo, se llama del Cañuelo.

Buscando las playas más bellas de España, hemos dado con la del Cañuelo, a la que también llaman (vaya usted a saber por qué) la cala de los Poetas. Esta playa de luz dorada y aguas turquesas, como sacada de un catálogo de destinos tropicales, está en el Parque del Estrecho, cerca de otros dos espacios naturales de interés: la Breña de Barbate y el Tómbolo de Trafalgar. Buen lugar para hacer poemas y senderos. O para no hacer nada. Solo sestear con la tripa llena del mejor atún, el que se captura en esta costa gaditana usando las viejas artes de la almadraba.

La verdad es que no tenemos ni la más ligera sospecha de por qué algunos le llaman la cala de los Poetas. Internet, que todo lo sabe, guarda silencio al respecto. El acceso se efectúa desde la parte final y más lujosa de la urbanización Atlanterra, en Zahara de los Atunes, una verde ladera salpicada de casas de arquitecto que no se consiguen (obvio es) escribiendo versos. Sí es poética, en cambio, la subida a pie al faro de Camarinal y no digamos ya la bajada a la playa por el lado contrario del cabo, siguiendo una senda bordada de florecillas mil, incluida la camarina o camariña que ha dado nombre al promontorio y también a la villa coruñesa de Camariñas, en la otra punta de España. La playa, de 380 metros, está partida en dos por un pequeño arroyo o caño (de ahí, lo del Cañuelo) procedente del pinar que se extiende detrás de ella, hasta donde alcanza la vista. La luz es de oro. El agua, turquesa. “Pa mí es el Caribe andaluz”, ha escrito en un foro un viajero anónimo. Un poeta.

Faro de Camarinal

Faro de Camarinal, en el cabo del mismo nombre, donde arranca el sendero que baja a la playa del Cañuelo.

El paseo que hay que darse no es nada largo (un kilómetro hasta la playa y otro de vuelta), pero suficiente para abrir el apetito y luego calmarlo en Barbate comiendo el mejor atún rojo de almadraba en El Campero, que es el templo de esto. Para dar una cabezada, es perfecto el bosque de pinos piñoneros que asombra la carretera entre Barbate y Caños de Meca. Si no somos de siesta, a medio camino entre una y otra población aparece señalizada la senda de la Torre del Tajo, de dos kilómetros de longitud (45 minutos, sólo ida), que conduce a través del pinar hasta el acantilado donde se yergue, a 162 metros sobre el nivel del mar, una grande atalaya, 13 metros más alta, levantada en el siglo XVI para vigilar a los piratas. En los días claros, se divisa África. Este mirador vertiginoso es el corazón del parque natural de la Breña y Marismas de Barbate, donde además de masas bienolientes de pinos piñoneros, hay siemprevivas, barrillas, almajos, zarzas e higueras a cuyo arrimo proliferan herrerillos, carboneros, pinzones, jilgueros y (sorpresa, sorpresa) camaleones.

Breña de Barbate y cabo de Trafalgar

Otros dos piasajes memorables de esta costa gaditana: la acantilada Breña de Barbate y el cabo de Trafalgar.

Bajando a Caños de Meca por la misma carretera, la que viene de Barbate, se ofrece una de las vistas más bellas y fotografiadas de la costa gaditana: el sol de la tarde apagándose en el mar y, dorándose a fuego lento, el cabo de Trafalgar, con su tómbolo de arena blanca y su blanco faro de 34 metros. El cabo es famoso por la batalla que se libró en sus vecindades el 21 de octubre de 1805, en la que 27 navíos ingleses derrotaron a 33 españoles y franceses. Para compensar, Inglaterra perdió a Nelson y España ganó un libro fundamental, el primero de los Episodios nacionales de Galdós. El tómbolo (un antiguo islote de areniscas caprichosamente erosionadas, unido a tierra mediante dos barras de arena que ciñen una laguna colmatada), es monumento natural desde 2001 y es el paseo vespertino predilecto en Caños de Meca: un kilómetro hay, hasta la punta del faro.

Playa del Cañuelo

Playa del Cañuelo, con el faro de Camarinal vigilando desde las alturas del cabo. Atención al color de las aguas.

Cómo llegar. Desde Cádiz capital hay 82 kilómetros hasta la playa del Cañuelo. Se va por la autovía Costa de la Luz (A-48) hasta Vejer de la Frontera, para luego continuar por Barbate y Zahara de los Atunes hasta la urbanización Atlanterra, que se ha de atravesar siguiendo las indicaciones al faro de Camarinal. Desde la barrera que impide el paso de vehículos, al final de la urbanización, hay 500 metros de paseo hasta el faro, y otros tantos, por sendero, hasta la playa del Cañuelo. Comer. El Campero (Barbate; 956 432 300): el mejor lugar para saborear el atún rojo de almadraba; es caro, pero lo vale. Antonio (Zahara de los Atunes; 956 439 542): otro restaurante reconocido por sus platos de atún de almadraba, con terraza abierta al mar. Dormir. La infraestructura hotelera de la costa gaditana está muy desarrollada y la fuerte competencia garantiza precios atractivos incluso durante la temporada alta. Buscar hoteles aquí. Más información. Turismo de Cádiz (956 807 061).

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Los 10 mejores pubs de Dublín (Irlanda)

The Temple Bar

The Temple Bar es el templo de los turistas. Muchos ni se toman una pinta. Entran, se hacen una foto y se van.

A orillas del río Liffey, en invierno, corre un biruji que afeita a un oso polar, pero para los que amamos la cerveza, es el paraíso terrenal, donde las fuentes manan Guinness y los ángeles cantan aquello de “water is all right in tea, for fish, and things that swim in rivers”. Como hay tropecientos pubs en Dublín y la vida es breve (sobre todo, si se va de barra en barra), decimos aquí los mejores para que el viajero pueda ir a tiro hecho y recorrerlos en un fin de semana.

Ya lo decía Leopold Bloom, el héroe del Ulises de Joyce: “Buen rompecabezas sería cruzar Dublín sin pasar frente a una barra”. Es que no hay tres o cuatro. Hay más de mil. Con todo, el mayor rompecabezas es decidir en qué pub detenerse, porque todos tienen algo que los hace interesantes: un reservado donde urdieron sus tramas escritores y revolucionarios, una decoración cien por cien victoriana o (todo lo contrario) petarda a más no poder, una carta con más whiskeys que días tiene el año, un escenario donde rugieron el León de Belfast y el Tigre de Gales… Fuera de nuestra escueta lista se quedan, sintiéndolo mucho, pubs como J. W. Sweetman (el antiguo Messrs Maguire, en 1-2 Burgh Quay), que elabora su propia cerveza, o The Front Lounge (33-34 Parlamient Street), donde los partidos televisados de rugby provocan el delirio de un público mayoritariamente gay. Y se cuela uno que no lo es, Guinness Storehouse, el museo de la archifamosa cerveza negra.

Mulligan's y James Toner

John F. Kennedy estuvo en el Mulligan's. Y el poeta Yeats, en el James Toner, aunque no le hizo mucha gracia.

1.JAMES TONER (139 Lower Baggot Street). Es el primero de la lista porque hemos decidido recorrer la ciudad de este a oeste, pero también podría ser el último y no pasaría nada, salvo que llegaríamos cantando Seven Drunken Nights. También es uno de los más antiguos (1818) y curiosos de ver. Cristales biselados, tiradores de cerveza antediluvianos y barra baja de caoba con paneles divisorios, como en una cuadra, para no tener que defender el sitio a coces. Al que no le impresionó mucho es al poeta Yeats, que fue un día arrastrado hasta aquí por su amigo Gogarty, se sentó en el reservado que hay nada más entrar a la izquierda, se tomó un sorbo de jerez, se levantó y dijo: “Ahora que sé lo que es un pub, ¿serías tan amable de acompañarme a casa?”. Menudo juerguista.

2.O’DONOGHUE’S (15 Merrion Row). A cinco minutos del anterior, junto al parque de St. Stephen’s Green, se halla este viejo bar que está forrado hasta el techo de fotos amarillentas de The Dubliners, banda legendaria de folk que comenzó a tocar en el patio trasero en 1962 y aún sigue en la brecha. También dicen que Robert Kennedy cantó aquí un día a pleno pulmón, pero no hay testimonio gráfico, qué lástima. Es el singing pub más famoso de Dublín. El camarero, un fenómeno que nos sirve la pinta con un trébol dibujado a presión sobre la espuma. Y el local, como un intestino colapsado, sobre todo a partir de las 21.30, cuando empieza la música. Si televisan rugby, ya es el acabose.

James Toner

No es que veamos doble al salir del James Toner. Es que se refleja en un charco. Un charco de agua, claro.

3.MCDAID’S (3 Harry Street). En una bocacalle de la comercial (demasiado) Grafton Street, aislado del bullicio y del tiempo universal, como en una bola de cristal, hallamos esta reliquia casi sagrada del viejo Dublín, que ha sido morgue, capilla y pub. Nada de música. Sólo conversaciones, viejos libros y retratos de escritores. Un habitual fue Brendan Behan, el escritor y militante del IRA que solía bromear: “Cuando volví a Dublín, me enteré de que un tribunal militar me había juzgado en ausencia y sentenciado a muerte en ausencia, así que les dije que podían fusilarme en ausencia”; el mismo que, un día que estaba tieso, se ofreció a pintar los lavabos a cambio de cerveza. “Soy un bebedor con un problema de adicción a la escritura”, decía. Arriba hay un salón para estar aún más tranquilos. De paso visitamos los lavabos de marras, que datan del periodo Cretácico, como poco.

4.THE INTERNATIONAL (23 Wicklow Street). También junto a Grafton Street, y también ideal para descansar de las compras (o, directamente, escaquearnos de ellas). En el sótano, gente y ritmos jóvenes. En la planta superior, club de comedia y jazz. Pero es en el pequeño bar, a nivel de calle, donde se organizan las más finas, pues ya desde mediodía se llena de guitarras, banjos, violines, panderos…, y de un coro improvisado y cada vez más tumultuoso de nostálgicos que está a punto de hacer estallar los vasos al acometer los falsetes del Imagine de John Lennon. Por ambiente, el mejor.

The Palace y McDaids

Farola y cristales grabados de The Palace. Y sirviendo pintas en McDaid's, que fue morgue antes que pub.

5.THE STAG’S HEAD (1 Dame Court). Típico pub victoriano, con vidrieras de colores, sillones de piel, barra de caoba y mármol rojo de Connemara y un zorro momificado en el snug o reservado. Se abarrota a la hora del lunch (sirven platos irlandeses y un sandwich de jamón y queso rico, rico) y por la tarde-noche, sobre todo de estudiantes. El resto del día, parece una iglesia. Fue el primero que dispuso de luz eléctrica en la ciudad. Ahora gasta poca, la verdad sea dicha. A nosotros, los bichos disecados y que parezca de noche a las 11 de la mañana son cosas que nos ponen mustios.

6.MULLIGAN’S (8 Poolbeg Street). Establecido en 1782 entre el Trinity College y el río Liffey, tiene fama por haber sido citado en el Ulises (1922) y por no haber cambiado desde entonces, lo que se supone que algo intencionado y positivo. Vemos a los parroquianos demasiado serios, silenciosos, introspectivos. Hasta que uno se arranca a cantar sin previo aviso y sin acompañamiento musical. Siempre ha sido frecuentado por periodistas, entre ellos uno que trabajó en 1945 como corresponsal del imperio Hearst: John F. Kennedy. Hay una foto suya en un rincón. Aquí también se reúne la Sociedad para el Fomento del Acento Dublinés. Se ve que el que ya tienen no les parece suficiente.

Mulligan's

Mulligan's, uno de los pubs más antiguos (1782) y auténticos de Dublín. J. F. Kennedy, según dicen, venía aquí.

7.THE PALACE (21 Fleet Street). Una portada preciosa, con farola decimonónica y cristales grabados al ácido; a mano derecha, según se entra, un diminuto snug, el doble de alto que ancho, reservado antaño para que las mujeres y los policías de servicio pudieran beber sin que nadie los fastidiara. Y al fondo, un saloncito abovedado con butacas de escay rojo. Teníamos entendido que venían muchos jóvenes y muchos turistas, pero después de estar aquí un buen rato, ni una cosa, ni la otra.

8.THE TEMPLE BAR (47-48 Temple Bar). Un clásico que no se puede evitar (o sí), potente aspirador de turistas que entran en manada, se hacen la foto y salen sin haber catado ninguno de los 450 whiskeys, no ya porque no tengan ganas o les parezcan caros, que también, sino porque no queda un sitio libre. Hay música tradicional a todas horas. Y hay la costumbre, casi la obligación, de tomarse unas ostras frescas de la bahía de Galway con una pinta de Guinness o con champán, según el gusto y el bolsillo de cada cual. También nos recomiendan el café irlandés, que lo hacen con whisky, como es de ley, o con Baileys, con Tia Maria, con Frangelico o con lo que sea. Muy puristas no son.

The International

Dos imágenes de The International, pub de público alegre y cantarín a un paso de la comercial Grafton Street.

9.THE BRAZEN HEAD (20 Bridge Street Lower). De tiempos de la invasión normanda data el pub más antiguo de la ciudad y de toda Irlanda: ¡1198! Está en lo que fue una esquina de la muralla medieval y tiene un patio que recuerda el de un castillo, un comedor que parece una cueva y una zona más moderna y acogedora con fotos de visitantes ilustres, como Adam Sadler o George Bush padre. Lo verdad es que, en ocho siglos y pico, ha pasado por aquí mucha gente: escritores (Jonathan Swift, James Joyce, Brendan Behan…), revolucionarios (Robert Emmet, Wolfe Tone, Daniel O’Connell, Michael Collins…) y músicos tan sonados como Van Morrison o Tom Jones. Todas las noches hay actuaciones en The Brazen Head. Y aunque es el menos céntrico de los pubs que hemos reseñado, también es, por eso mismo, de los más tranquilos; además, queda camino de Guinness Storehouse, el viejo almacén y moderno museo de la famosa stout, que también interesa conocer.

10.GUINNESS STOREHOUSE (St. James’s Gate s/n). El museo de la cerveza más célebre, cremosa y adictiva del mundo es un lugar un tanto frío, con poca sustancia y enorme tienda de recuerdos. Espectacular, sin embargo, el edificio, un almacén construido en 1904 siguiendo el estilo de la escuela de arquitectura de Chicago, con una soberbia estructura de vigas de acero. Tampoco está mal el Gravity Bar de la sexta planta, panorámico y acristalado, que se eleva como un platillo volante sobre la fábrica dieciochesca de St. James´s Gate, dominando toda la ciudad. En otro de los bares del complejo te enseñan a tirar una pinta como Dios manda y te entregan un diploma acreditativo.

Guinness Storehouse

Gravity Bar, bar panorámico de Guinness Storehouse, lo mejor del museo dedicado a la famosa cerveza negra.

Cómo llegar. Ryanair, Airlingus e Iberia Express ofrecen vuelos baratos a la capital irlandesa. Dormir. Hay 340 hoteles en Dublín, para todos los gustos y presupuestos. Uno estupendo es Número 31 (www.number31.ie), una cuidadísima casa georgiana situada a cinco minutos del parque de St. Stephen’s Green, donde presumen de servir el mejor desayuno de Irlanda. Comer. Además de ostras, la carta de The Temple Bar incluye tablas de quesos irlandeses, salmón fresco y ahumado, black pudding (como nuestra morcilla), brochetas de pollo y 106 tipos distintos de sándwiches. El decano de los pubs irlandeses, The Brazen Head, sirve comidas en todos sus rincones, desde el bar hasta el comedor del patio, el más fino. Entre sus especialidades, el estofado de cordero y también el de ternera con Guinness, los mejillones al vapor, el salmón ahumado y el bacalao fresco rebozado con cerveza. Otra buena opción es Gilroy’s, el restaurante tipo bistró del museo Guinness Storehouse, decorado con los carteles publicitarios que John Gilroy diseñó para la cervecera entre 1928 y 1960. Para fanáticos de la cerveza Guinness, porque todo está hecho con ella: el pan, el estofado, el mousse, los brownies… Más información. Turismo de Dublín y Turismo de Irlanda.

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La Axarquía (Málaga): la otra Costa del Sol

Balcón de Europa

Balcón de Europa, los ojos y el corazón de Nerja, su mejor mirador y punto del que irradian sus viejas calles.

Nerja, la patria de Chanquete, es la puerta de una comarca montuosa de raigambre morisca, llena de curvas y viñedos, de secaderos donde la uva moscatel se hace dulce pasa y de pueblos blanquísimos que conservan casi intactos sus viejos minaretes. La ruta que proponemos es solo un aperitivo, un garbeíllo por media docena de los 31 municipios que forman La Axarquía, los más turísticos. Nada que ver, en todo caso, con la otra Costa del Sol, la de los campos de golf.

Mucho ha cambiado Nerja desde que se grabó Verano azul. Chanquete lo tendría ahora crudo para plantar su casa-barco en esta población de 22.000 habitantes (el doble que en 1981, cuando se emitió la serie), como no fuera en una rotonda. Pero aún así, ha cambiado menos (o menos mal) que otros lugares de la costa malagueña. Lo mejor de Nerja sigue igual, que es su emplazamiento al borde de un acantilado, con miradores aquí y allá para embobarse contemplando lontananzas marinas, verdes montañas y diez playas donde, antes de que lleguen los bañistas más madrugadores, los pescadores varan sus barcas y rematan las rayas a mazazos, por si las chispas. El Parador es un buen mirador, pero el número uno es el Balcón de Europa, una punta que sobresale entre las playas del Salón y de Calahonda y que, además de los ojos de Nerja, es su corazón, el centro bullicioso del que irradian las calles del casco histórico. Los contados días que el tiempo no invita a tumbarse en una playa o a pasear de mirador en mirador, la gente se entretiene visitando la Cueva de Nerja, en la pedanía de Maro. Por cierto, que una de las posibilidades que ofrecen los gestores de la cueva es recorrerla en compañía de Miguel Joven, el niño (ahora, de 40 tacos) que hacía de Tito en Verano azul, uno de cuyos episodios (conviene recordarlo, porque han pasado mil años) se desarrollaba en su interior. Esto de que un famoso de hace mucho (pero mucho) se gane la vida enseñando una cueva prehistórica nos parece algo muy apropiado. Casi tanto como si la enseñara uno de los hombres del Paleolítico que la llenaron de pinturas (589, para ser exactos).

Nerja y Frigiliana

Pescador de Nerja con una raya recién rematada a mazazos en la playa y típico callejón moruno de Frigiliana.

A siete kilómetros de Nerja, en las faldas de la sierra Almijara, relumbra la cal de Frigiliana, que fue uno de los últimos reductos de los moriscos sublevados en Granada. La historia de la batalla del Peñón de Frigiliana, que supuso el exterminio de la mitad de la población y la expulsión del resto, se cuenta en 12 artísticos paneles de azulejos que hay colocados en diversos rincones del barrio morisco. Hasta lo triste se hace bonito en Frigiliana, que sin duda es el pueblo más bello de la Axarquía, con sus casas radiantes, sus costanillas escalonadas, sus callejones sin salida, sus arcos, sus pasadizos y sus macetas de geranios en cada ventana, en cada balcón, es cada poyo, en cada peldaño, en cada esquina… En muchas casas, las mejor restauradas, se advierte la mano adinerada de los ingleses, que son un millar, la tercera parte de la población. A estos no se les expulsará, no.

De Frigiliana a Torrox hay 14 kilómetros de curvas por la carretera MA-9012 y otros 14 de Torrox a Cómpeta por la A-7207. Rectas, ni una. Si nos mareamos, que es muy probable, podemos parar en algún apartadero con la excusa de admirar este curioso paisaje: montes completamente nevados de blancas casas de labor con sus respectivos paseros, terrazas rectangulares donde los racimos de uva moscatel se secan al sol. El vino de Cómpeta es famoso. Luego podemos bajar de nuevo a la costa por Sayalonga y Algarrobo o dar un rodeo mayor por Árchez y Arenas, encantadores pueblos morunos que conservan sus viejos minaretes, sin más añadidura que un par de campanas cristianas.

Cómpeta

El caserío blanco de Cómpeta se apiña alrededor de la torre de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

Cómo ir. La Axarquía se halla en el extremo oriental de Málaga, lindando con Granada. De Málaga a Nerja hay 53 kilómetros yendo por la autovía A-7. Y de Nerja a Arenas, pasando por Frigiliana, Torrox, Cómpeta y Árchez, 51 kilómetros. Dormir. Hay infinidad de hoteles en esta zona de Málaga. Solo en Nerja tenemos más de 100 opciones para alojarnos. El Parador de Nerja es nuestra primera recomendación: un lujazo, sus terrazas abiertas al mar; en el restaurante, no hay que dejar de probar la fritura de pescaíto. Si preferimos dormir tierra adentro, una alternativa es El Balcón, en Cómpeta, que tiene vistas, jardín, piscina y restaurante económico. Comer. Cortijo Paco (Cómpeta; 952 553 647): cocina de temporada con productos de la tierra. Más información. Turismo de Málaga.

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Ferrocarril Eléctrico del Guadarrama: 90 años a cuestas

Ferrocarril Eléctrico del Guadarrama

Miles de madrileños descubrieron de niños la sierra de Guadarrama a través de las ventanas del Eléctrico.

El Ferrocarril Eléctrico del Guadarrama (Cercedilla-Cotos) ha cumplido 90 años y los doctores no le dan muchos meses más de vida. Es tradicional y ecológico, pero Renfe no apuesta por el: reducción de plazas, supresión de paradas, tarifas excesivas… Hace un par de años, cuando dimos la voz de alarma, había cinco trenes al día y el billete de ida costaba 6,20 euros. Ahora hay solo cuatro y cuesta 8,40.  Se ha puesto en marcha una campaña de recogida de firmas para tratar de impedir lo que parece inevitable: http://chn.ge/1b4xjpL. Nosotros volvemos a contar aquí su larga y curiosa historia, por si sirve de algo. Aunque en estos tiempos, la antigüedad, más que un grado, es un defecto, la excusa para que a uno (sea tren o persona) lo descarrilen.

El 12 de julio de 1923, al frisar las siete de la tarde, un aullido que no era de este mundo resonó en el cóncavo de Siete Picos y, antes de que los pastores hubieran acabado de santiguarse, se hizo tren en el puerto de Navacerrada. Gracias a las revistas ilustradas de la época, podemos hoy reconstruir el minuto surrealista en que los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, el obispo de Madrid-Alcalá, el ministro de Fomento, el gobernador civil de Madrid, el director de Agricultura y otras autoridades se apearon en mitad de la nada y, pues no había dónde brindar por la inauguración del ferrocarril, encendieron unos pitillos –el rey fumaba asaz– y se marcharon.

Noventa años después, el puerto de Navacerrada no lo reconoce ni la madre que lo parió, pero el tren de vía estrecha proyectado por el ingeniero José de Aguinaga y Kéller sigue siendo, en sustancia, el mismo armatoste entrañable que aullaba a 30 kilómetros por hora en las tardes de lobos de la sierra. En tiempos de alta velocidad y levitación magnética, el Eléctrico –como lo conocen todos los amantes de la sierra de Guadarrama– mantiene viva la épica del ferrocarril, la épica también de aquellas jornadas montañeras que empezaban de gran mañana en Cercedilla y terminaban, si es que terminaban, como el rosario de la aurora.

Lean, si no, el escrito dirigido por Antonio de Luna García, presidente del Patronato del Puerto de Navacerrada, al ministro de Obras Públicas en abril de 1951, porque es de toma pan y moja: “Si el ferrocarril eléctrico contase con un quitanieves se evitarían las interrupciones de tráfico hoy por desgracia tan frecuentes, el dejar a los viajeros a 6 ó 7 kilómetros del final del trayecto de noche y en plena borrasca, y espectáculos que tanto dañan al deporte y al turismo y permiten establecer comparaciones vejatorias para nuestro país –como ha ocurrido en reciente revista extranjera– como los sucedidos a primeros del pasado mes al ex-rey Humberto de Italia y a la actriz internacional Anna-Bella, que tuvieron que ser bajados a Cercedilla en trineo improvisado con cajones de pescado, o a la marquesa de Villaverde el sábado 10 de febrero, en que el tren de las 11 de la mañana arrancó a las cuatro de la tarde y llegó al puerto [de Navacerrada] tras mil penalidades a las siete, teniendo que dejar en la estación intermedia de Siete Picos a otro tren de oficiales del ejército que se dirigían a los cursos de esquí, y en la estación de Cercedilla al resto de dichos oficios y a cien viajeros que, después de aguardar ateridos a la llegada del único coche motor útil desde las cuatro de la tarde a las 10 de la noche, hora en que se incendió el cuadro de comunicaciones de la estación de Cercedilla por contacto de la línea telefónica con la de alta por una falsa maniobra del motor que descendía del puerto, sólo pudieron regresar a Madrid a las 12 de la noche”.

Antes de que se inaugurara este trenecito de vía estrecha, todavía era peor. El Guadarrama era entonces “la Sierra gris y blanca” de Machado, “la Sierra de mis tardes madrileñas / que yo veía en el azul pintada”, una línea en el horizonte que sólo cuatro majaretas –profesores, alumnos y amigos de la Institución Libre de Enseñanza, sobre todo– osaban cruzar. Uno de aquellos pioneros, Manuel González de Amezúa, nos ha dejado este simpático relato de cuando subía a patinar (aún no se decía esquiar) a las laderas del Ventorrillo, no lejos del puerto de Navacerrada, con unas tablas de madera que le habían proporcionado unos noruegos que regentaban una serrería en la sierra: “En aquellos años [primera década del siglo], el único transporte posible desde Madrid era el tren que nos dejaba en aquel lugar solitario y desierto llamado Cercedilla, desde donde nos trasladábamos a pie hasta el Ventorrillo. El servicio ferroviario de aquel tiempo era escaso, lento y muy espaciado, con un material deplorable, sin calefacción, comunicación entre coches ni ninguno de los adelantos modernos. El viaje de ida llevaba tres horas largas, y el de vuelta, había de hacerse dejando Cercedilla muy temprano. Sin embargo, qué entusiasmo el nuestro que, a pesar de todo ello, iniciábamos la áspera subida a la casilla de peones camineros del Ventorrillo, dejando impúnemente las prendas que nos estorbaban colgadas de las ramas de los árboles, en la seguridad de encontrárnoslas a nuestro regreso… Años más tarde, el tendido del ferrocarril eléctrico al puerto de Navacerrada puso este lugar tan aislado hasta entonces al alcance de los bolsillos más modestos y de los excursionistas más comodones, contribuyendo con esa facilidad a hacerlo tan vulgar e insoportable, particularmente en las épocas de nieve, que ya hoy hay que pensar en buscar otros parajes”. Comoquiera que la subida al Ventorrillo era penosísima, y se pasaba junto al viacrucis del antiguo cementerio de Cercedilla, y –para más inri– aquellos esforzados trepaban con las tablas cargadas sobre los hombros, a su camino le llamaron el atajo del Calvario. Y a fe que lo era.

Así de fatigados andaban los exploradores de la sierra cuando, el 5 de junio de 1917, se constituyó el Sindicato de Iniciativas del Guadarrama, con el propósito primero de construir un ferrocarril de vía estrecha entre Cercedilla y el puerto de Navacerrada, para lo cual se efectuó un depósito inicial de ocho mil pesetas.

Estación del Puerto de Navacerrada

La estación de ferrocarril del Puerto de Navacerrada (Cercedilla, Madrid), bajo un metro y medio de nieve.

En la primera memoria del Sindicato de Iniciativas del Guadarrama, de 1917, podemos leer los pintorescos motivos que impulsaron la construcción del ferrocarril, formulados con prosa igualmente pintoresca: “Muchísimas veces, en nuestras excursiones a la Sierra de Guadarrama, hemos oído lanzar a nuestro alrededor esta exclamación: ¡¡Si esta Sierra estuviera tan cerca de París o de Londres como lo está de Madrid, estaría cuajada de tranvías, funiculares, hoteles, campos de sport, etc.!! Todos asentíamos y no faltaba quien agregase: ¡Ya vendrá una compañía francesa o inglesa que lo haga!… Sin embargo, en los tiempos que corremos de afirmación nacional y de exclusivismos patrios, varios dimos en pensar por qué había de ser una sociedad extraña la que hiciera todo esto y no nosotros mismos. ¿Es el problema inabordable a una entidad española? Evidentemente, no”.

El tendido de la vía férrea se consumó, como hemos visto, pocos años más tarde, en 1923; el Sindicato emprendió asimismo la construcción del hotel Victoria en el puerto de Navacerrada y la urbanización de algunos terrenos a la vera de ferrocarril –como la lujosa colonia de Camorritos–, pero afortunadamente para la naturaleza madrileña, otros proyectos que bullían en los frenéticos cerebros del Sindicato, como la prolongación de la vía hasta casi las lagunas de Peñalara, o el tendido de dos funiculares aéreos a las cumbres de Cabezas de Hierro y Peñalara, o la conexión del Eléctrico con la línea Madrid-Burgos a través del alto valle del Lozoya, se quedaron en agua de borrajas, y no por falta de ganas, sino de dinero, que entonces no había escrúpulos ecológicos. (Ni tampoco ahora, todo hay que decirlo, pero ésa ya es harina de otro costal).

Creado, pues, con capital privado, el Eléctrico pasó años muy difíciles durante y después de la Guerra Civil, como todo el mundo, y no fue hasta su incorporación a Renfe, en marzo de 1954, cuando se garantizó su explotación, ruinosa se mire por donde se mire, aprobándose de paso la prolongación hasta el puerto de Cotos del trazado original, que, de poco más de 11 kilómetros, pasaba así a sumar un total de 18.

Cuentan las malas lenguas que el tren estaba en un tris de desaparecer cuando sucedieron dos hechos providenciales: el primero, la celebración, en el invierno de 1950-51, de una competición de esquí entre deportistas españoles, andorranos y franceses en el puerto de Navacerrada; el segundo, la asistencia a la entrega de premios de Carmen Franco y Polo, a la sazón embarazada de Carmencita. Finalizado el acto, se desencadenó una nevada de aquí te espero, la carretera fue cerrada al tráfico, la hija de Franco empezó a encontrarse mal y, de no ser por los más de cien operarios que se habían ocupado de mantener expédita la vía del Eléctrico, nadie sabe lo que allí hubiera ocurrido. Lo que sí parece claro es que, de resultas de estos hechos, el ministerio de Obras Públicas tomó conciencia de lo útil que podía ser este tren y, casi como en agradecimiento a los servicios prestados, empezó a estudiar la posibilidad de adquirirlo, como así fue.

Asegurada su supervivencia, el Ferrocarril Eléctrico del Guadarrama ha sabido mantener el tipo a lo largo de las últimas seis décadas, trepando sin flaquear por pendientes del seis por ciento, a través de la niebla y la cellisca, de la nieve y el vendaval, y aunque caigan vacas del cielo, ofreciendo a los pasajeros el espectáculo de los valles del cóncavo de Siete Picos, de Navalmedio y de Valsaín, donde arraigan los pinares más hermosos de la creación. Un lunes, o un martes, lo veréis subir casi de vacío. Pero cuando llega el fin de semana… Cuando llega el fin de semana, es el mismo camarote de los hermanos Marx que tantas veces hemos disfrutado en nuestras incursiones serranas: “Llegados a Cercedilla, ya antes de detenerse la unidad eléctrica de Renfe”, recuerda Javier Aranguren, autor de una excelente monografía sobre el Eléctrico, “nos bajábamos como podíamos –las portezuelas acabaron siendo no automáticas– y corriendo atravesábamos la sala de venta de billetes para, saliendo a la carretera, subir por ésta hasta la entrada que a 30 metros tenía el Eléctrico, y una vez en ella, por un angosto camino se llegaba al andén donde, para más emoción, esperaba un solo coche motor a aquella masa. Habitual de aquella reunión era la Guardia Civil, que intentaba poner orden sin conseguirlo, los sufridos ferroviarios (que soportaban el mal humor de muchos viajeros) y el resto, nosotros, que entrábamos a sangre y fuego en el vehículo… Una vez todos dentro, como podíamos (algún bajito, prensado, no pondría los pies en el suelo en todo el trayecto), la suave marcha de la unidad circulando sobre una vía en muy malas condiciones, y los garrotes que tenía –innumerables– iban consiguiendo, con sus golpes, el ir ajustando a todos para permitir un levísimo movimiento de nariz, a la vez que notar las ataduras durísimas de los esquís del vecino a la altura del hígado, y los pelos del gorro de lana de la vecina en la boca. Después, el sufrido interventor, que poco menos que volaba por aquel enjambre de gente buena (un porcentaje alto con su correspondiente billete), canciones, hasta que el maquinista salía por la puerta del testero una vez detenido el tren y, a voces, decía que de allí no pasábamos… Después, sacaba como podía la pértiga del teléfono portátil, levantaba el largo palo hasta enganchar un pequeño garfio sobre el hilo superior de los dos que tenía el hilo telefónico al lado de la vía, y tirando del palo hacia abajo conseguía que otro garfio conectara con el hilo inferior, y así, enchufado el cable al coche, daba vueltas a la manivela de la magneto y creo que oyendo mejor por el valle que por la línea telefónica, a grandes voces, decía más o menos: ¡¡¡Cercedilla!!! ¡¡¡No paso de Peña Hueca… está lleno de nieve!!! ¡¡¡¿Subís con las palas o bajo?!!!”.

Senderistas, escaladores, ciclistas de montaña y esquiadores equipados con materiales y fibras futuristas componen hoy el festivo pasaje del eléctrico. Los tiempos han cambiado, pero si aguzáis bien el oído, escucharéis, a la caída de la tarde, un aullido que no es de este mundo resonando en el cóncavo de Siete Picos. Es el último tren que baja del puerto de Navacerrada y sigue la senda de los lobos y de tantos y tantos espíritus buenos como deambulan por la sierra de Guadarrama.

Cómo llegar. El Eléctrico forma parte de la denominada Zona Verde o C-9 de la red madrileña de Cercanías, desde cualquier punto de la cual se puede acceder a Cercedilla, estación de partida del mismo. Horario. Hay cuatro trenes diarios desde Cercedilla, a las 9.35, 11.35, 14.35 y 16.35. La duración del recorrido es de 24 minutos hasta el puerto de Navacerrada y de 41 hasta el de los Cotos. Precio. 8,40 euros cada trayecto desde cualquier punto de la red de Cercanías. Más información. Cercanías Renfe y Turismo de Cercedilla.

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Córdoba: tabernas 50 – Starbucks 0

Taberna Salinas

Taberna Salinas, casa fundada en 1879, y una de sus especialidades, las naranjas picás con aceite y bacalao.

“Córdoba, ciudad bravía / que, entre antiguas y modernas, / tiene trescientas tabernas / y una sola librería”. Esto se decía a finales del siglo XIX y era la pura verdad. Hoy hay que felicitarse porque existan más de 70 librerías, pero sobre todo porque, en pleno auge de los Starbucks y los McDonald’s, sobrevivan medio centenar largo de tabernas, muchas de ellas bodegas tradicionales forradas de azulejos, carteles taurinos y cubas de Montilla-Moriles, con su patio y su pozo que, además de para hacer bonito, servía antiguamente para poner el vino a refrescar.

Burladeros de la Córdoba más genuina contra el morlaco globalizador de las franquicias, y reductos inexpugnables de la tertulia ibérica, las tabernas son además la mejor opción, en tiempos de crisis, para catar el salmorejo, el rabo de toro, el flamenquín y otras delicias hipercalóricas de la cocina local. Quién nos iba a decir que acodarse en una barra iba a acabar siendo un acto de resistencia económica y cultural. He aquí el top ten de las tabernas cordobesas, las más famosas, las que dan bien de comer, las que tienen una historia más curiosa o, simplemente, nos han tratado mejor.

1.CASA EL PISTO. Una de las más antiguas y, para bien o para mal, la más famosa es Casa El Pisto (Plaza de San Miguel, 1), que lleva frente a la iglesia de San Miguel desde el año en que nació Machaquito (1880). Fieles suyos (de la casa, o sea) fueron Julio Romero de Torres, que dicen que comía todos los días en la misma mesa y dibujaba sobre el mármol entre plato y plato; y Manolete padre, que, supersticioso el, salía siempre por la puerta de atrás. Es taberna taurina, atiborrada de carteles y fotos del asunto. Del Club Guerrita, que se fundó aquí en 1896, queda un salón dedicado al célebre torero y filósofo cordobés (“lo que no pué sé, no pué sé y ademá es imposible”), con objetos donados por la familia. Intelectuales, políticos, abogados y turistas han hecho crecer su prestigio y sus precios, razón por la cual los vecinos con menos posibles la rodean para dirigirse a…

2.TABERNA GÓNGORA. Apenas dista dista cien metros de Casa El Pisto, cuesta la mitad y ofrece unos boquerones fritos al limón que dejan al personal con los ojos en blanco. El cochifrito de lechón ibérico tampoco lo hacen mal, ni mucho menos. Se encuentra en la calle Conde de Torres Cabrera, 4.

Casa Santos

Panel de azulejos en la puerta de Casa Santos, donde puede apreciarse el tamaño exagerado de sus tortillas.

3.TABERNA SALINAS. Un año antes que Casa El Pisto, en 1879, abría sus puertas junto a la plaza de la Corredera la Taberna Salinas (Tundidores, 3), que a pesar de los cambios de dueño y razón, ha conservado el patio de columnas que da acceso a los salones y a la bodega; la piquera o ventanilla por la que las mujeres compraban antiguamente el vino, a salvo de los beodos; la barra de mármol rojo y, tras ella, las 11 botas encanilladas de 36 arrobas, donde el vino, traído cuando niño desde Moriles, reposa, madura y toma los esenciales aromas de la madera, bajando por esa cascada a cámara lenta que es el sistema de criaderas y soleras. Menos el vino, todo lo hacen presto en esta casa. Y bien. Y con agrado. No se les ha subido la fama a la cabeza, como a otros. Nos sugieren las naranjas picás con aceite y bacalao, que, para variar y hacer como que uno se cuida, no están mal.

4.EL JURAMENTO. Esta taberna fundada a principios del siglo XX es famosa por sus pimientos rellenos que, según dicen, gustaban mucho a Julio Romero de Torres. Otro que venía bastante era Manolete. Al igual que Casa Salinas, está a un paso de la plaza de la Corredera, en Juramento, 6.

5.LA CAZUELA DE LA ESPARTERÍA. Pegada también a la plaza de la Corredera, La Cazuela de la Espartería (Rodríguez Marín, 16) ya tiene, pese a su juventud (1998), un público y una reputación. Una reputación buena, por supuesto. Quienes piden las berenjenas con salmón, aciertan de lleno.

6.SOCIEDAD DE PLATEROS. Más antigua todavía que Taberna Salinas, la más de Córdoba, es la Sociedad de Plateros (San Francisco, 6), que lleva abierta desde 1872 en el entorno cautivador de la iglesia de San Francisco, entre el arco del Portillo y la dos-veces-citada-en-el-Quijote plaza del Potro, que esto es casi como irse de vinos al Siglo de Oro. Fundada, como otras del mismo nombre, para socorrer a los plateros desfavorecidos (joyeros pobres, ¡qué cosas!), esta taberna tiene un grato aire de casa particular, con su patio luminoso donde a la gente le gusta sentarse a tomar con calma las medias raciones, tan generosas que parecen dobles. Los cordobeses son más de estar sentados que de pie. La barra como que les da calambre. Los que saben piden el vino Peseta, media de berenjenas rebozadas y un flamenquín serrano, y comen por muy poco mejor que muchos ricos.

Bodegas Guzmán

Sirviendo fino montillano en Bodegas Guzmán y parroquiano tocado con el típico sombrero cordobés.

7.BODEGAS GUZMÁN. Tampoco están mal situadas las Bodegas Guzmán (Judíos, 7): en plena Judería, entre la plaza de Maimónides y la puerta de Almodóvar, a cuatro minutos de la Mezquita. Auténtica taberna cordobesa es esta, sin aditivos ni conservantes, sombría, parca en adornos, ni siquiera una pizarra cantando las especialidades. Tan sólo las botas renegrías donde se crían, entre otros, el fino Amargoso y el oloroso Abuelo, y una sala pelada donde se verifica la tertulia taurina Finito de Córdoba. Uno piensa que todas las tabernas debían de ser así en la España romántica y cutre de Richard Ford y don Jorgito el Inglés. Los extranjeros que vienen de visitar la vecina Sinagoga pasan por la puerta a manadas, por miles, pero al no ver más que a nativos sentados en los poyos, algunos tocados con el atávico sombrero cordobés, que ya creían extinguido en la piel de toro, pues no se atreven. Si el dueño colgase un letrero que dijera: “Typical andalusian tavern”, no daba abasto, se hacía de oro, pero está claro que es un desprendido, un estoico, un senequista.

8.CASA SANTOS. Aunque, para lugar turístico, en el que está Casa Santos (Magistral González Francés, 3): nada más y nada menos que frente a la puerta de Santa Catalina de la Mezquita, donde la multitud que entra y sale del monumento se confunde con la que hace cola para tomar un pincho de tortilla de patata en esta pequeña barra. Además de estar en un sitio muy bueno, el mejor de Córdoba, Casa Santos hace unas tortillas llamativas, grandes como sandías, de cinco kilos de patatas y 30 huevos, que salen cada dos por tres en la tele y en los periódicos, y esa combinación es la clave de su éxito. Bueno, y que la tortilla está rica. No como para ganar un concurso, pero rica.

9.RINCÓN DE LAS BEATILLAS. Lejos de la órbita de los turistas queda, en cambio, el Rincón de las Beatillas (Plaza de las Beatillas, 1). Hasta el albor del siglo XX fue una de la muchas piconerías que había en el barrio de San Agustín, negro oficio, el de hacer picón (carbón muy menudo para los braseros) que contrastaba con la pulcritud reluciente de las casas encaladas y rematadas en albero. Luego fue bodega y ahora es un templo gastronómico popular (venao en salsa de espárragos, rabo de toro, lechón frito…) con patio tipo corrala, reservados y peñas flamencas y taurinas, por donde han pasado toreros como El Puri, Rivera Ordóñez y José Tomás; guitarristas como El Merengue y Vicente Amigo, y cantaores como Fosforito, Luis de Córdoba, El Polaco y Chano Lobato. Han pasado y pasarán, pues cada dos viernes, de septiembre a mayo, hay espectáculo. Otro que estuvo aquí fue Lorca, el Viernes Santo de 1935, esperando a que entrase la Virgen de las Angustias en la cercana iglesia de San Agustín. Y también Unamuno, en su agonía vital del cristianismo… Con tabernas como esta, se comprende que en Córdoba no echasen antes de menos las librerías. Ni falta que hacían.

La Salmoreteca

Juanjo Ruiz, chef de La Salmoreteca, puesto de salmorejos en el Mercado Victoria, inaugurado en 2013.

10. MERCADO VICTORIA. Como salta a la vista (o, mejor dicho, al oído), no es una taberna, pero como si lo fuera, porque se come bien, fresquito y sin que te cueste un riñón. Inaugurado en la primavera de 2013, el Mercado Victoria (Paseo de la Victoria s/n) es una antigua caseta de feria, de esqueleto metálico y aire modernista, que se ha acristalado y refrigerado para que la gente cate en democrático barullo de taburetes y mesas compartidas los platillos que preparan en 30 puestos. Sushi, ostras, pinchos de atún rojo, hamburguesitas… Nos llaman la atención los coloridos salmorejos de La Salmoreteca: el rojo de siempre, el amarillo de maíz, el verde de aguacate, el negro de tinta de calamar, el marrón de chocolate… Kisco García, chef del laureado Restaurante Choco, también tiene su puesto y su idea original: cocina de vanguardia servida en tarros de la abuela.

Dormir. Hay 81 hoteles en Córdoba, con precios a partir de 27 euros por habitación doble y noche. Nuestro preferido es el NH Amistad Córdoba, que está en la plaza de Maimónides, en plena Judería, a dos pasos de la Sinagoga y de Bodegas Guzmán: ocupa dos mansiones del siglo XVIII y tiene patio de columnas mudéjar y piscina de verano. Más información. Turismo de Córdoba (902 201 774).


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Breve diccionario de diseño para viajar a Helsinki (Finlandia)

Helsinki Design Guide Store

Helsinki Design Guide Store. Alrededor de la mesa, los taburetes Stool 60, diseñados por Alvar Aalto en 1923.

Dices que te gusta el diseño, pero lo más sesudo que has leido sobre el tema, ¡ay!, es el catálogo del Ikea. Así no puedes viajar a Helsinki, que es una de las capitales mundiales del asunto, y menos ahora en septiembre, que se celebra allí la Semana del Diseño (del día 12 al 22). He aquí un minidiccionario para entender algo, lo básico, de lo que ha sido y es el diseño en la capital finlandesa, de lo que se lleva ahora y lo que se ha llevado siempre. Empezamos con Alvar Aalto porque se lo merece y porque, con dos aes en el apellido, es difícil no ser el primero de una lista.

AALTO, ALVAR. Es el arquitecto y diseñador más importante que ha dado Finlandia (Kuortane, 1898-Helsinki, 1976). Todos nos hemos sentado alguna vez en su taburete Stool 60, que acaba de cumplir 80 años y sigue de moda. Aunque lo más seguro es que lo hayamos hecho en una imitación, porque es el mueble más fusilado de la historia. El original lo venden en Artek (Eteläesplanadi 18) por 229 euros. La copia Frosta, de Ikea, que tiene cuatro patas en lugar de tres, cuesta 7,99. Hay 15 edificios de Aalto en la capital, dos de los cuales son museos: Casa Aalto y Studio Aalto. En la oficina de turismo (Pohjoisesplanadi 19) dan un plano fotocopiado con la situación de los 15. El más espectacular es el Finlandia Hall (Mannerheimintie 13), palacio de congresos y sala de conciertos (en octubre actúan Richard Clayderman y Chuck Berry, nada más y nada menos) que se refleja en el espejo de la bahía de Töölö, reluciente de mármol de Carrara. Por cierto, que Aalto no contó con que el mármol de Carrara, como buen mediterráneo, no lleva bien las lluvias excesivas y los fríos casi polares de Helsinki, deteriorándose más de la cuenta. Hasta el mejor escribano echa un borrón.

ARABIA. Recibe este exótico nombre, Arabia, la fábrica de cerámica más famosa de Finlandia, que fue fundada en 1874 en el barrio homónimo del norte de Helsinki, cuyo parecido con el país de los wahabíes y los desiertos (huelga decirlo) es nulo. Gracias a su diseño innovador, las vajillas de Arabia sirven lo mismo para comer en la cocina que en una mesa de gala. La tienda más céntrica está en Pohjoisesplanadi 25. Pero si hay tiempo, vale la pena visitar el Arabia Center (en Hämeentie 135, a seis kilómetros del centro), donde además de la vieja fábrica, hay un museo y un outlet.

Finlandia Hall

Finlandia Hall, palacio de congresos forrado de mármol de Carrara, una de las obras más impactantes de Aalto.

COSTO. Nada que ver con el costo que en España se estila (con el hachís, o sea). Costo es aquí la marca de los gorros que usan las niñas pijas. Son como los de jinete, pero con pompón. Lo llevan las mismas chicas que en verano hacen picnics en el césped de la Esplanada, con cestas, manteles a cuadros y champán, mientras sus papás, más formales todavía, las vigilan desde el Café Kapelli, que lleva ahí desde 1867. Hay una serie de modelos únicos, otra de tela vaquera reciclada y otra para chicos, pero a ellos no les queda ni la mitad de ideal que a ellas. El más barato cuesta 55 euros.

DESIGN DISTRICT. El Barrio del Diseño, o Design District, abarca 25 calles (prácticamente todo el centro de Helsinki) y unos 200 comercios de todo lo imaginable, así que, salvo que queramos dedicar un mes entero a ir de compras, lo mejor es acudir a la tienda y showroom del Design Forum (Erottajankatu 7 y 9), donde se muestra y se vende una amplia selección, incluidos los sombreritos de Costo. Hay otro lugar parecido, Helsinki Design Guide Store (Unioninkatu, 25), donde además de lo que se diseña en la ciudad, tienen cosas de Fiskars Village, un pueblo de artesanos, diseñadores y artistas que hay a 90 kilómetros al oeste. De allí traen, por ejemplo, unas cestas de madera de abedul bien chulas. Tampoco es una mala idea visitar el Museo del Diseño (Korkeavuorenkatu 23).

Marimekko y Jopo

Una de las divertidas telas de Marimekko y una de las clásicas bicis Jopo, que no han evolucionado desde 1965.

HIETALAHTI, RASTRO DE. Al final de la calle Bulevardi, casi en los astilleros, se instala en verano el rastro de Hietalahti, donde los ricos desechan su ropa de diseño. También hay tenderetes en los que se saldan viejas piezas de vidrio de Iittala y cerámica de Arabia. A un lado de la plaza se levanta desde 1903 el mercado cubierto de Hietalahti (Lönnrotinkatu 34), que es encantador, con techumbre, vigas y puestos de madera, y está ocupado por tiendas de alimentación y restaurantes.

IITTALA. Otro de los grandes nombres del diseño finlandés es Iittala, compañía fundada en 1881 que fabrica objetos de vidrio (no solo, pero fundamentalmente) para el hogar de diseño cuidadísimo, como esculturas domésticas. Su pieza estrella es el Vaso Aalto, diseñado por el genio que encabeza esta lista en 1936, cuyas formas onduladas dicen que imitan las de la costa finlandesa y, que según el tamaño que se elija, se puede usar como cenicero, como candelero, como bote de lápices, como florero, como pecera e incluso como paragüero. Y su tienda mejor situada, la de Pohjoisesplanadi 25.

Capilla de Kamppi

La capilla de Kamppi es un insólito refugio espiritual de madera curvilínea y silencio absoluto en pleno centro.

JOPO. Debería llamarse Jopé o Jodó, en lugar de Jopo, porque es una bici pequeña, pesada, incómoda y poco manejable. Pero mola. Por lo menos, eso piensan los finlandeses, que le profesan veneración desde que, en 1965, el diseñador industrial Eero Rislakki y el ingeniero Erkki Rahikainen parieron la primera. Tres generaciones de bicis Jopo después, el modelo básico, el que más abunda y se aquila a los turistas, sigue igual: sin frenos en el manillar (solo lleva uno de contrapedal, que no inspira ninguna confianza), sin marchas, sin luces… Eso sí: puede ser de diez colores distintos. Esta joya del diseño se puede alquilar en el mismo Helsinki Design Guide Store (Unioninkatu, 25) o, si se es huésped del hotel, tomarla prestada sin cargo alguno en el Radisson Blu Plaza (Mikonkatu 23).

KAMPPI, CAPILLA DE. El diseño en Helsinki no solo impregna las cosas profanas, las de este mundo, sino también las sagradas, las que se hacen en este suponiendo que después hay otro. El mejor ejemplo de ello es la capilla de Kamppi (Simonkatu, 7), que se construyó en 2012 con el propósito declarado de que la gente pudiera aislarse del bullicio de la plaza de Narinkkatori, que es la más ajetreada de la capital y de toda Finlandia. Esta obra singularísima del estudio de arquitectos K2S es un pequeño edificio de planta ovoidal, todo de madera curvada y encolada, y tan bien insonorizado que el simple disparo de una cámara fotográfica (damos fe) suena como un latigazo. Otro recinto sagrado de diseño muy llamativo es Temppeliaukio (Lutherinkatu 3), la iglesia de Piedra, o de la Roca, o de las Rocas, que está excavada en el puro granito y cubierta con una cúpula de cobre de 25 metros de diámetro. Es el colmo de la austeridad luterana, prácticamente una caverna.

Kiasma

Fotografía de Jouko Lehtola perteneciente a la colección de Kiasma, museo de arte contemporáneo de Helsinki.

KIASMA. No es una enfermedad contagiosa: es el nombre del Museo de Arte Contemporáneo (Mannerheiminaukio 2). Kiasma viene del griego khíasma, intersección, y es verdad que este edificio curvo y alargado, como un cuerno, diseñado por el arquitecto norteamericano Steven Holl, está en un lugar donde se cruzan los caminos y las miradas, la gente que sube de la estación de tren con la que sale del centro por la avenida Mannerheimintie, a dos pasos del Parlamento y tres del Finlandia Hall. Como es imposible (y sería inútil) describir con palabras el arte contemporáneo finlandés, que es lo que se exhibe en el museo, nos remitimos a la foto de arriba, que hicimos este verano en la exposición sobre Jouko Lehtola (1963-2010), el fotógrafo del lado sórdido de la sociedad finlandesa.

MARIMEKKO. Fundada en 1951 por Armi Ratia, Marimekko (Mari es un anagrama de Armi, y mekko, vestido de mujer en finlandés) diseña unas telas y unos vestidos de alegres colores y risueños motivos que son como un rayo de sol en estas grises latitudes. Un rayo que ha acabado iluminando el mundo entero, incluso donde ya había sol y colores de sobra. Parte de su fama se la debe a Jackie Kennedy, que compró siete modelos, acompañó a su marido con ellos durante la campaña presidencial de 1960 e incluso apareció con uno en la portada de la revista Sports Illustrated. Los más enardecidos forofos de la marca aseguran que Kennedy ganó las elecciones porque ella iba tan guapa y moderna. Pues vale. La tienda principal de Marimekko se encuentra en Pohjoisesplanadi 33.

Iittala

Iittala es una de las grandes referencias del diseño escandinavo. En la foto, la tienda de Pohjoisesplanadi 25.

Cómo ir. Hay vuelos de España a Helsinki por poco más de 200 euros, pero sin escalas (con Iberia y Finnair) rara vez bajan de 300. Comer. Para desayunar o almorzar algo rápido, recomendamos los puestos de la Plaza del Mercado (Kauppatori), donde se puede tomar desde un delicioso rollo de canela (korvapuusti) hasta albóndigas de reno ahumado, además de sopas, pescadito frito (muikku) y, por supuesto, las frutas frescas que se venden allí mismo. Para cenar, dos buenas opciones son A-21 Cocktail Lounge (Annankatu 21) y Toca (Unioninkatu 18), ambos en el Barrio del Diseño. Dormir. Entre los 123 alojamientos que ofrece Helsinki hay muchos de diseño, como el Glo Hotel Art, el Klaus K o la cadena Sokos (Albert, Torni, Aleksanteri…). Amplia información de alojamientos aquí. Más información. Turismo de Finlandia.

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Molinos de La Hiruela (Madrid): el milagro de los panes

Molino Nuevo

El rehabilitado molino Nuevo, a orillas del alto Jarama, ofrece una de las estampas más idílicas de Madrid.

Hay que pellizcarse las carnes para asegurarse de que no es un sueño: este molino rodeado de álamos, robles y montañas, junto a un río cristalino, no está en los remotos Oscos de Asturias, sino en La Hiruela, en la Sierra Norte madrileña. Una sencilla senda nos invita a acercarnos a este rincón de increíble belleza y soledad, y a recordar de paso los trabajos de moler perdidos.

Hoy el pan llega crujiente y calentito hasta las aldeas más apartadas de la Sierra Norte madrileña a bordo de unas trepidantes furgonetas que se anuncian tocando el claxon como si acabaran de capitular los Imperios Centrales. Siempre que oímos estos alegres bocinazos, nos preguntamos qué beneficio puede obtenerse de una barra transportada a través de varios puertos de montaña, una vez descontados los seguros, los impuestos, el carburante, las reparaciones, etcétera…, pero nuestros cálculos más negros palidecen al considerar que hace años era aún peor, muchísimo peor.

En los tiempos de la subsistencia (y no estamos hablando del Neolítico, sino de mediados del siglo XX), en La Hiruela había que arar, sembrar, segar, trillar, aventar y acarrear la parva cosecha de centeno hasta los molinos del Jarama, a una buena tirada monte abajo. La alternativa era trocar en Buitrago –la capital de la comarca– carbón, miel, manzanas o cerezas –de todo lo cual había a patás en el pueblo– por hogazas, pero aquel viaje de 25 kilómetros y otros tantos de vuelta, en burro y con el puerto de La Hiruela por medio, debía de ser como para plantearse el mojar con los dedos.

Molino Nuevo

El molino Nuevo de La Hiruela parece realmente nuevo después de haber sufrido una completa restauración.

En 1751, La Hiruela tenía 220 habitantes; en 1991, sólo 32, la mayoría baldados para la labor. Éxodo a la capital, cultivos abandonados, aceñas en ruinas… Más hoy, milagros de la aldea global, ha crecido el censo (51), se han rehabilitado a maravilla las viejas casas de pizarra, se han recuperado para el senderismo los antiguos caminos, y el molino Nuevo, que estaba hecho cisco, se ha remozado por completo. Así está resucitando uno de los paisajes rurales más gloriosos de la región.

Uno de esos caminos recuperados para los excursionistas es la llamada senda de Molino a Molino, un itinerario circular de cinco kilómetros y una hora y media de duración que coincide en principio con el que se seguía antaño para ir de La Hiruela al vecino pueblo de El Cardoso de la Sierra, ya en Guadalajara. Y es una angosta calleja que nace detrás de la iglesia, a la izquierda de unos grandes nogales, y que discurre casi llana entre cercas de piedra, melojos, saúcos y cerezos silvestres. Muy pronto la senda obliga a franquear una portilla, sigue luego por un tramo empedrado hasta el arroyo de la Umbría, que se cruza poco después, y baja suavemente por un bosque salpicado de grandes robles hacia el puente de madera sobre el río Jarama, al cual se llega tras media hora de paseo.

Piedra de moler

Viejas piedras de moler afloran, como caracolas prehistóricas, junto al desaparecido molino de Juan Bravo.

De seguir el camino viejo allende el puente, alcanzaríamos en un periquete la ermita de San Roque, que, aunque se halla en el término de El Cardoso, perteneció a La Hiruela en el siglo XVIII, y que conserva un curioso elemento, una gran roca plana horadada que hace las veces de ventana y que no hubiera desentonado en casa de los Picapiedra. Pero la senda molinera continúa, en rigor, río abajo, por la orilla derecha del Jarama, por una vereda de pescadores que surca verdes ribas, robledillos y saucedas: los más bellos sotos de Madrid. En un amplio prado, reconoceremos los restos del molino de Juan Bravo, del que sólo quedan cuatro paredillas caídas y algunas piedras circulares de vistoso rayado que afloran aquí y allá, entre la hierba, como conchas prehistóricas.

Después toca cambiar de margen por una pontecilla de cemento; y más tarde, tras pasar una valla y un pedregoso ribazo, volver a la orilla derecha por otro puente que se presenta junto al molino Nuevo. Rodeada por una idílica alameda, esta aceña ofrece la oportunidad casi única de contemplar en Madrid el proceso tradicional de la molienda, desde que el agua se desvía por el largo caz hasta que se reintrega al Jarama, pasando por la alberca donde se almacena y el edificio donde giran dos piedras movidas por sendas ruedas hidráulicas que hay en el sótano. El problema es que, para ver el molino por dentro y en marcha, tiene que haber una persona encargada y no siempre lo hay, no porque no haya gente en La Hiruela (que, aunque poca, hay), sino presupuesto para poder pagarla.

Alto Jarama

Además de viejos molinos, el alto Jarama baña los sotos más bellos de la región. Y también los más solitarios.

A modo de curiosidad histórica, diremos que los molinos, en estas aldeas de la Sierra Norte, solían pertenecer al concejo, el cual se lo arrendaba a un molinero que, como recoge un contrato de 1806 de Puebla de la Sierra, se comprometía a “llevar y traer el grano de los vecinos… y maquilar [cobrar] de cada fanega medio celemín de trigo o centeno de la clase que sea… y dar y pagar a la dicha villa cada mes su rateo de… catorce fanegas de centeno y tres medias de trigo, que estas las a de dar para el día de letanías…; con la condición de que a de acer vuena arina y de vuena condición”. Además el molinero se ocupaba de mantener el semental de las cerdas, vaya usted a saber por qué.

De este molino, en concreto, sabemos que pasó a ser comunal en 1888, cuando, en virtud de las leyes desamortizadoras, se declararon en venta todos los predios rústicos y urbanos, censos y foros del Estado, del clero “y cualesquiera otros pertenecientes a manos muertas”, con lo cual fue sacado a subasta en la cantidad de 6.200 reales de vellón. La propiedad del mismo estaba dividida en 65 partes y se le alquilaba a un molinero en una renta valorada entre 75 u 80 fanegas de grano (es decir, alrededor de 3.500 kilos), a cambio de quedarse él con medio celemín (1,8 kilos) por fanega.

Desde el molino, sólo resta cruzar el arroyo de la Fuentecilla para trepar a la carretera de La Hiruela a El Cardoso, subir por el asfalto 200 metros y tirar a la derecha por una senda que, salvando de nuevo el regato, pasa ante la capillita de la Virgen de Lourdes y zigzaguea por entre los huertos y las casas, ya, de La Hiruela. Un plano de la ruta se puede ver en www.excursionesysenderismo.com.

Molino Nuevo y ermita de El Cardoso

Balsa del molino Nuevo de La Hiruela y ventana de la ermita de San Roque en El Cardoso de la Sierra.

Cómo llegar. La Hiruela dista 105 kilómetros de la Puerta del Sol. Tiene su mejor acceso desde Madrid yendo por la autovía del Norte (A-1) hasta Buitrago, para seguir por la M-127 hasta Prádena del Rincón y por la M-137 hacia Montejo y La Hiruela. Comer. Ad Libitum (606 079 234, 918 697 320 y 917 508 484): cocina del norte de España, sencilla, casera y con sabor antiguo (alubias de Tolosa, pimientos rellenos, carnes de buey, pescados, calamares en su tinta, gallo con piñones, solomillo de cerdo con ciruelas…). Bar-Restaurante La Hiruela (918 697 016): barra para tomar bocadillos y raciones (la especialidad es la torta castellana) y comedor donde se sirven ensaladas, carnes de la zona y, por encargo, asados y paellas. Dormir. En La Hiruela hay un hotelito rural, El Rincón de la Sierra (609 165 578), y varias casas de alquiler completo, todas de arquitectura tradicional: Casa Aldaba (629 626 224 y 918 697 403), El Bulín de La Hiruela (918 698 888 y 622 23 23 28) y Entremelojos (915 411 381 y 650 401 972). Más información. Turismo de La Hiruela (918 697 328).

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Pino de la Cadena (Cercedilla, Madrid): memoria de hierro

Pino de la Cadena (Cercedilla, Madrid)

"A su querida memoria, 1840-1924": así dicen las letras de hierro que rodean el pino albar de la Cadena.

Este pino albar, monumento vivo al amor filial, se alza en las vecindades de El Ventorrillo, junto al camino que baja a la pradera de las Cortes. Es uno de los árboles más singulares de la sierra de Guadarrama. Con dedicatoria, que sepamos, no hay otro. Su historia es de lo más curioso.

Todos hemos pensado alguna vez cómo seremos recordados cuando nos hayamos ido. La idea de morir sin que nada ni nadie guarde memoria de nosotros nos resulta penosa. Lo contrario (mármoles indestructibles y 30.000 misas, como las que mandó decir Felipe II por su alma), más penoso todavía. El recuerdo digno y mesurado no es una práctica habitual en nuestra cultura. De la sencillez y el buen gusto, en los cementerios, se puede decir lo mismo que Tácito comentó sobre ciertas caras en el funeral de Junia: brillan por su ausencia. Y fuera de ellos, la imaginación popular no da más que para llenar de cruces los acantilados y las cunetas. Esta es la historia de una hermosa excepción.

En el verano de 1924, el empresario Nicolás María Urgoiti –creador de La Papelera Española, del diario El Sol y de la editorial Calpe, entre otras muchas cosas– estaba pasando unos días en la casa que tenía en el paraje de El Ventorrillo (Cercedilla), al lado del albergue del Club Alpino Español, cuando vinieron a avisarle de la muerte de su padre. Hombre metódico, este señor tenía, entre otras costumbres, la de pasearse todas las mañanas por el camino de la pradera de las Cortes y la de demorarse, a cierta altura del mismo, leyendo recostado en un pino de su gusto: el regente del albergue, Isidro Jiménez, sabía que lo encontraría allí. Isidro, que fue el mensajero de la mala nueva, le contó este sucedido a su hijo Cipriano, quien a su vez, ya septuagenario, nos lo refirió a nosotros.

Al destino, como observaba Borges, le agradan las simetrías. Aquel pino albar, precisamente aquel en que Urgoiti estaba apoyado cuando recibió la triste noticia, acababa de ser señalado para el corte: había llegado también su hora. Urgoiti, a pesar de su dolor, reparó en esa siniestra alianza de hachas y guadañas y no la quiso permitir: localizó al maderista, le compró el ejemplar y dispuso que se le ciñera la base del tronco con una gruesa cadena de cuyos eslabones pendieran, mientras el árbol viviese, las letras de un escueto epitafio: “A su querida memoria, 1840-1924”. ¡Qué antiguo misterio es la sociedad de los árboles y los muertos! ¿Será preciso decir que le estaba dedicando a su padre algo más que un símbolo de larga vida: un árbol concreto, un ser vivo con su savia, su simiente, su ansia de sol y su carne de madera tremando en los días de ventisca y las noches de lobos; con su sombra, su vereda, sus hermanos, su río Navalmedio y su sierra de Guadarrama?

Mucho ha llovido y nevado desde entonces en El Ventorrillo. Ya no es aquel lugar agreste y remoto al que los primeros esquiadores subían a patinar (así decían ellos) caminando desde la estación de Cercedilla por el atajo del Calvario. El refugio que construyó en 1907 Manuel González de Amezúa –y que amplió en 1909, al poco de fundar el Club Alpino Español– fue demolido tras la Guerra Civil. Residencias bancarias, cocheras de máquinas quitanieves y otros edificios salpican hoy esta ajetreada curva de la carretera del puerto de Navacerrada. Nada en ella recuerda a Urgoiti. Ni siquiera su casa, escondida en el pinar, luce ya el letrero Nicotoki (el lugar de Nico, en vasco). Pero no muy lejos, a la vera del camino que baja a la pradera de las Cortes, el Pino de la Cadena sigue hablando con palabras de hierro a los paseantes y a los guardas forestales que, cada cierto tiempo, abren el candado y lo pasan por el siguiente eslabón para evitar que el viejo árbol se estrangule.

Valle de Navalmedio

El Pino de la Cadena es singular, pero no está solo: forma parte de uno de los bosques más bellos de la sierra.

Para conocer este símbolo de amor filial y ecológico, hay que echarse a andar por la pista forestal que nace en el kilómetro 15,5 de la carretera del puerto de Navacerrada (M-601), a mano izquierda según se sube. En diez minutos, llegaremos a una bifurcación, y cien metros más adelante, por el ramal descendente, descubriremos este pino de casi 200 años de edad en la orilla misma de la pista.

Existe, sin embargo, otro camino mejor, más agradable. En vez de acercarnos al Pino de la Cadena bajando desde El Ventorrillo, que ahora es un sitio con mucho tráfico y poco carácter, podemos hacerlo remontando el valle desde la presa de Navalmedio. Es un itinerario circular más largo, de unos cinco kilómetros y dos horas de duración, pero muy sencillo, sin pérdida posible si se siguen las indicaciones que vamos a dar y se mira el plano que aparece en www.excursionesysenderismo.com.

El punto de partida de esta ruta es la presa de Navalmedio, a donde nos llegaremos en coche por la carreterilla que se desvía a la izquierda en el kilómetro 12,500 de la M-601 (Villalba-puerto de Navacerrada), junto al restaurante La Fonda Real. Tras recorrer dos kilómetros, aparcaremos junto a la valla que rodea el embalse y nos echaremos a andar por el camino de tierra que nace allí mismo, a mano derecha, tras una barrera metálica pintada de color marrón que impide el paso de vehículos.

Ascendiendo siempre por el frondoso pinar, el camino cruza enseguida el río Navalmedio, bordea luego una serie de praderas –la mayor de todas, la de las Cortes, en la que yacen las ruinas de un campamento juvenil– y, tras salvar de nuevo la corriente, vira bruscamente a la derecha para llegar a la altura del pino como a tres cuartos de hora del inicio. A sus casi dos siglos, no está ciertamente en la flor de la vida. De hecho, tiene algunas ramas secas y diríase que lo único que aún lo ata a este mundo es la cadena que abraza amorosamente su tronco de cuatro metros de circunferencia.

En la siguiente bifurcación de la pista forestal, tomaremos por el ramal de la derecha –el de la izquierda nos llevaría al puerto de Navacerrada–, que discurre llano hasta El Ventorrillo. Entre el garaje de las máquinas quitanieves y la antigua casilla del Icona (ver en Google Maps) nace un camino que, tras franquear un portillo de alambre y bances de madera, desciende derecho hacia el embalse de Navalmedio. Es el viejo atajo del Calvario, casi tan viejo como el Pino de la Cadena.

Cómo llegar. El paraje de El Ventorrillo se halla a 55 kilómetros de Madrid. Se va por la autovía del Noroeste (A-6) hasta Villalba y luego por la carretera del puerto de Navacerrada (M-601) hasta el kilómetro 15, donde hay un ensanchamiento para aparcar. Medio kilómetro más arriba nace, a la izquierda, la pista de tierra que conduce hasta el pino de la Cadena. Comer y dormir. El Montón de Trigo (918 521 509 y 655 977 893): nos gustan Ramón y Teresa, y nos gustan sus huevos estrellados, las alitas y las raclettes. La Fonda Real (918 560 305): lechazo y tostón asados en horno de leña, en una antigua casa de postas situada en el kilómero 12,500 de la carretera del puerto de Navacerrada (M-601), justo donde se desvía la que lleva a la presa de Navalmedio. La Casona de Navalmedio (918 521 351): hotel rural junto al embalse de Navalmedio, con vistas espectaculares; tiene también restaurante. Más información. Turismo de Cercedilla: 918 525 740.

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