Ajedrez y viajes: la vuelta al mundo en 64 escaques

Ajedrez en el parque Lindenhof de Zúrich.

Jugando al ajedrez en el parque Lindenhof de Zúrich (Suiza). Ni el frío, ni la lluvia, arredran a estos forofos.

Un viaje por el mundo aparentemente estático del ajedrez, de Álava a Pekín, pasando por la Suecia medieval donde el caballero cruzado Antonius Block juega su última partida con la Muerte. Ajedreces vivientes y ajedreces gigantes. Ciudades del ajedrez, museos del ajedrez y un hotel donde los ajedrecistas se sienten como en casa: el Gran Hotel Lakua de Vitoria-Gasteiz.

A primera vista, no hay nada menos viajero que dos hombres sentados durante horas delante de un tablero de ajedrez, silentes e inmóviles como estatuas. Puede que, como dijo Omar Jayyam y repitió Borges, el ajedrez sea un símbolo del mundo, ese tablero de negras noches y blancos días donde el destino nos mueve a su capricho. Pero más allá de ese metafórico periplo vital, que acaba con todas las piezas amontonadas en el estuche “de la nada sin nombre”, cuesta ver en este juego sedentario algún aspecto viajero, algo que incite a recorrer el vasto y variado mundo, el de verdad. Salvo, claro está, que uno sea un gran maestro internacional y se pase la vida viajando de torneo en torneo.

Libro del ajedrez, dados y tablas

Una página del 'Libro del ajedrez, dados y tablas', mandado hacer por el rey Alfonso X el Sabio (1221-1284).

Un examen más detenido, sin embargo, nos revela todo lo contrario. El propio origen del juego (en India, según unos; en Persia, según otros) y su difusión desde el mundo árabe a Europa, vía Al-Andalus y cruzadas, y al Lejano Oriente, siguiendo la ruta de la Seda, no pueden excitar más nuestra imaginación de viajeros. Imaginamos las 32 piezas avanzando como una caravana minúscula e incesante por los desiertos y montañas de Asia Central e imaginamos (como hizo Italo Calvino en Las ciudades invisibles) a Marco Polo jugando con Kublai Kan al ajedrez, el único lenguaje que ambos compartían. Imaginamos a Alfonso X el Sabio ojeando en su palacio de Toledo el Libro del ajedrez, dados y tablas, que el mismo había mandado fazer, e imaginamos a los reyes nazaríes absortos ante aquel tablero de nogal taraceado que hoy se exhibe en la sala VI del museo de la Alhambra.

Luego están los lugares donde se vive con pasión este juego, como Schachdorf Ströbeck (Alemania), que es casi un pueblo tématico (hay un torneo internacional, un museo, un ajedrez viviente…) y cuyo escudo es un tablero; como Elistá (Rusia), donde se han celebrado varios campeonatos mundiales y el ajedrez es asignatura obligatoria en las escuelas primarias; o como Beer Sheva (Israel), donde hay más de mil grandes maestros, la mayor concentración de ellos en todo el planeta. Es famoso el ajedrez viviente de Marostica (Italia), en cuya plaza principal se disputa desde 1454 una partida con figuras humanas que sirvió en su origen para dirimir un litigio amoroso entre dos jóvenes nobles. Al igual que son célebres en España las partidas vivientes que se desarrollan en Montblanc (Tarragona), Lorca (Murcia), Xàbia (Alicante) y Zafra (Badajoz), población, esta última, que fue la cuna de Ruy López de Segura (1540-1580), primer gran teórico y campeón mundial de la cosa.

El séptimo sello

Bergman se inspiró en una pintura de la iglesia de Täby (Suecia) para esta escena de 'El séptimo sello'.

Interminable es la lista de ajedreces gigantes que pueblan los parques del mundo. Solo en Europa recordamos haberlos visto en el parque Bethmann de Frankfurt (Alemania), en el Parc des Bastions de Ginebra (Suiza), en el Lindenhof de Zúrich (Suiza) y en plaza Leidseplein de Amsterdam (Holanda), muy cerca, por cierto, del Centro Max Euwe, un museo dedicado al ajedrez. Y también lo es (interminable) la nómina de monumentos en que aparece algún elemento del juego. Un ejemplo cercano es la torre de los Ajedreces, en la iglesia mudéjar de San Martín, en Arévalo (Ávila), que luce tres tableros de cal y ladrillo en cada una de sus cuatro caras. Uno lejano, la iglesia de Täby (Suecia), donde se halla la pintura La muerte jugando al ajedrez, de Albert Målare (1440-1507), que inspiró a Ingmar Bergman la famosa escena del caballero Antonius Block en la película El séptimo sello.

Un lugar muy vinculado al ajedrez que hemos tenido el gusto de visitar recientemente es el Gran Hotel Lakua, en Vitoria-Gasteiz (Álava). Es la sede del club Buztinzuri y acoge el Open Internacional de Ajedrez de Vitoria-Gasteiz, que este año llegará a su octava edición (del 24 al 31 de julio). De forma paralela, el Gran Hotel Lakua albergará durante la segunda mitad de julio el festival Expochess, donde además de diversas exposiciones (de pintura, fotografía, xilografía, filatelia…, todas ellas relacionadas con el ajedrez), se celebrará el I Congreso Internacional por la Igualdad de las Mujeres en el Ajedrez. Porque el ajedrez, como el brandy Soberano, es cosa de hombres (solo hay una mujer entre los 100 mejores jugadores del mundo) y eso es algo que tiene que cambiar. Otra noble causa en la que los vitorianos son pioneros es en explorar las propiedades terapéuticas del ajedrez. El director médico de la Red de Salud Mental de Álava, Fernando Mosquera, un psiquiatra apasionado por este juego, ha dirigido un programa piloto con personas con patologías duales (varias adicciones y trastornos psicopatológicos) que ha obtenido resultados esperanzadores, ya que los participantes han conseguido reducir su impulsividad (un aspecto clave para evitar recaídas) y mejorar su memoria y su rapidez mental. También se ha visto que el ajedrez les acostumbra a tomar decisiones y aumenta la unión y el respeto entre los miembros del grupo. No será un jaque mate a las adicciones, como han dicho alegremente algunos, pero es una jugada prometedora.

Ajedrez en el Gran Hotel Lakua

Selfie del autor de este blog, en el Gran Hotel Lakua de Vitoria-Gasteiz, un hotel comprometido con el ajedrez.

Al margen del ajedrez, el Lakua es un hotelazo de cinco estrellas (el único de la capital alavesa), con spa y buena cocina vasca. Y está en Vitoria-Gasteiz, cuyos atractivos turísticos son infinitos. No vamos a contarlos ahora porque sería tan largo y pesado como la partida de ajedrez que enfrentó a Yedael Stepak y Mashian Yaakov en Tel Aviv en 1980 (la más larga de la historia: 24 horas y media). Además, ya los hemos contado en el reportaje Vitoria, días de clorofila y vino, en la Guía Repsol.

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El Pino Solitario (Cercedilla, Madrid): elogio de la vida retirada

Pino Solitario

Detrás del Pino Solitario se ven las dehesas de Los Molinos y, al fondo, el monte Abantos, ya en El Escorial.

Este colosal pino silvestre quedó aislado por un incendio en la solana de la Peñota, junto al límite municipal de Cercedilla y Los Molinos. Desde su altura se domina, como desde un balcón, el valle del río Guadarrama. En Los Molinos le llaman el Pino de San Roque, nadie sabe por qué. En Cercedilla, donde arranca el mejor camino para visitarlo, le dicen el Pino Solitario, un nombre mucho más claro, poético y sugestivo, sin comparación. Más solo que este árbol, es difícil estar.

En la antigüedad, el temple de los espíritus se probaba en la soledad del desierto, del asciterio, del destierro o del homérico océano. Mas hoy, en plena dictadura del hormiguero, el ser perfecto es el que se mueve con desparpajo bajo el ojo de pez del Gran Hermano, inmune a la ajenación de sus intimidades, sonriendo mientras se rifan sus entrañas en la chillona tómbola de la opinión pública. La soledad, en cambio, se presenta como la sospechosa querencia del que tiene algo que ocultar, del inadaptado, del que piensa distinto. De ahí que uno sienta una profunda simpatía por todos los robinsones que en el mundo son y han sido, incluido el Pino Solitario.

El Pino Solitario es un majestuoso pino silvestre que se alza completamente aislado de sus congéneres en la solana pelada de la Peñota, a 1.600 metros de altura, casi en la linde de Cercedilla y Los Molinos, y cuya silueta se recorta precisa, como al acero, contra el añil del cielo vespertino, el amarillo cambronal o el ceniciento roquedo, según cuándo y desde dónde se mire. Al parecer, fue el único superviviente de un incendio que asoló está ladera a mediados del siglo pasado. Más tarde, unos veteranos excursionistas que, atraídos por la paz de su retiro, solían visitarlo caminando desde la urbanización Valle de la Fuenfría, en Cercedilla, le pusieron tal nombre y con él se quedó, como solitario guardián de uno de los mejores miradores de la sierra de Guadarrama.

Pino solitario

Imagen invernal del Pino Solitario, visto desde Los Molinos, donde se le conoce como el Pino de San Roque.

En Los Molinos (municipio al que este árbol pertenece, aunque tiene mucho mejor acceso desde Cercedilla), se le conoce también como el Pino de San Roque. Las razones para llamarle así no están muy claras. Unos dicen que la primera vez que aquellos excursionistas se percataron de su existencia y se acercaron a reconocerlo fue un 16 de agosto, día de San Roque. Otros, que el propio santo se apareció a unos pastores a los que el fuego había sorprendido en la zona, protegiéndolos a ellos y al pino junto al que temblaban de miedo. La verdad es que en Los Molinos podían llamarle el Pino, sin más, porque es práticamente el único que queda en un término asolado periódicamente por los incendios. De hecho, es el mismo que aparece, mal dibujado, en el escudo de este municipio.

Para visitar a este viejo náufrago de las llamas y del tiempo, nos llegaremos a la estación de tren de Cercedilla, sita a 1.180 metros de altitud, y caminaremos junto a la vía 1 (dirección Segovia) hasta la boca del túnel, para tomar aquí a la derecha por el paseo de Ródenas, una romántica senda que trepa en breves zigzags, entre acacias y plátanos de sombra, hasta desembocar en el camino de los Campamentos (ver mapa de la ruta). Por este camino (una ancha pista de tierra) subiremos en media hora al raso del Hornillo (1.340 metros), donde yacen las ruinas del campamento de la Peñota.

Tras rebasar las ruinas y, poco después, una barrera metálica, descubriremos a mano izquierda la pradera de los Curas y la fuente de la Mina. Junto a la fuente arranca la vereda de los Poyalejos (señalizada con círculos rojos), la cual nos va a llevar serpenteando monte arriba por una empinada loma o poyal rebosante de pinos albares, arroyuelos y verdes claros con espléndidas vistas al valle de la Fuenfría, Siete Picos, la Bola del Mundo y la sierra de la Maliciosa.

Calle Alta

El camino se allana al llegar a la Calle Alta, la pista forestal que conduce sin pérdida hasta el Pino Solitario.

Transcurridas dos horas de marcha, a contar desde la estación, saldremos a la Calle Alta, como se conoce la pista forestal que corre horizontal por estos montes, a 1.700 metros de altura, procedente del puerto de la Fuenfría. Y avanzando por ella hacia la izquierda, la seguiremos un kilómetro hasta verla morir en el collado del Rey, un raso que marca el límite entre los términos de Cercedilla y Los Molinos (para más señas, hay una alambrada) y el límite también del bosque, que, a raíz del mentado incendio, se perdió allende el collado sin dejar más rastro que el Pino Solitario.

Ya sólo nos restará franquear la alambrada por un angosto paso y bajar junto a ella un breve trecho (alrededor de 200 metros) para llegar a la vera del Pino Solitario, inconfundible por sus 20 metros de altura, su tronco de 4,5 metros de circunferencia y su estricta soledad. No es el joven espigado de los bosques madereros, niño mimado de la silvicultura, sino el anciano corpulento, lleno de nudos y cicatrices, que “eleva sus retorcidas ramas en desesperado esfuerzo”, como aquel al que cantaba Mesa o los que pintaba Beruete. Pero a cambio de batallar solo contra todos los vientos, todas las nieves y todos los soles, domina sin competencia un magnífico panorama del valle del Guadarrama, de los montes de El Escorial, del embalse de Valmayor y de la llanura por la que se arrastran los seres que hacen ascos a la soledad.

Pino Solitario

Este árbol impresiona por su soledad y por su porte hercúleo: se necesitan tres hombres para abrazarlo.

Cómo llegar. Cercedilla está a 60 kilómetros de Madrid. En coche, se va por la A-6 hasta Guadarrama (salida 47) y por la M-622 hasta la estación de Cercedilla, donde comienza la ruta a pie. Pero la opción más lógica y ecológica es ir en tren de Cercanías (línea 8). Datos de la ruta. Paseo de 12 kilómetros (seis de ida y otros tantos de vuelta por el mismo camino), con una duración aproximada de cinco horas y un desnivel acumulado de 600 metros. Dificultad: media. Conviene llevar encima, impreso o en el móvil, el mapa del itinerario. Comer. Los Frutales (Cercedilla; 918 520 244): el mejor restaurante del valle de la Fuenfría, con bonito jardín junto al río y vivero de truchas. Yeyu (Cercedilla; 918 521 717): restaurante de montaje moderno en la misma calle mayor de la localidad, sobresaliente en escabeches y carnes; también buena barra para picar. El Montón de Trigo (Cercedilla; 918 521 509): bar y restaurante de ambiente distendido, donde hay que probar los huevos estrellados con jamón, el entrecot de carne del Guadarrama y la tarta de queso casera; en verano, tomates del huerto y, en otoño, Boletus. Dormir. Las Rozuelas (Cercedilla; 629 829 288): casa de piedra y madera con ocho habitaciones, todas diferentes, y decorada con obras de arte. Luces del Poniente (Cercedilla; 918 525 587): hotelito de decoración moderna, con piscina climatizada y atardeceres de ensueño. Casona de Navalmedio (Cercedilla; 628 904 713): elegante hotel rural en un paraje apartado, con restaurante y vistas espectaculares. Más información. En el Centro de Visitantes Valle de la Fuenfría (918 522 213), que está a dos kilómetros de la estación de Cercedilla, subiendo por la carretera de las Dehesas (M-966). Y en www.excursionesysenderismo.com, la mayor web de senderismo de Madrid y de la zona centro de España, con 600 itinerarios para todos los públicos.

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El Elefantito de la Pedriza (Manzanares El Real, Madrid)

El Elefentito

El Elefantito es de las peñas más reconocibles de la Pedriza, con su trompa, su orejota y su abultada frente.

Peñas zoomorfas (o sea, con forma de animal) hay unas cuantas en la Pedriza: el Pájaro, el Caracol, la Tortuga, la Foca, el Camello… Pero ninguna tan perfecta como el Elefantito, cuya viveza es tal, que no parece haber sido labrada al azar por la erosión, sino por un escultor prehistórico o un montañero con dotes artísticas y mucho tiempo libre. La senda que lleva hasta este Dumbo de granito es una de las más bellas de la Pedriza y de toda la sierra de Guadarrama.

Hay lugares que nos transportan a la luz del alba de la humanidad, que nos incitan a mirar como aquella vez primera en que un hombre vio en las ondulaciones del techo de la cueva de Altamira la exacta disposición de una manada de bisontes, en la constelación de Cáncer un cangrejo o en el nubarrón estival un desfile de todas las bestias lanudas del orbe. Uno de esos lugares es la Pedriza del Manzanares.

Esculpidos por doquier en el granito de la Pedriza, vemos caracoles y tortugas, pájaros y cochinos, focas y camellos, dinosaurios y cocodrilos que nos revelan a la naturaleza como una artista diestra y fecunda, modelo y musa de sí misma. Se objetará que son obras azarosas, hijas de la chiripa y huérfanas de propósito. Pero no cabe duda de que responden a un método de trabajo. Y es que la naturaleza, actuando sobre la piedra berroqueña con la cuña del hielo y el pulimento del agua, no difiere mucho del escultor que se enfrenta a una roca informe sin una idea determinada, dejándose llevar por las vetas y fisuras hasta dar con la forma más sugeridora.

Viendo el Elefantito, que sin duda es la escultura más perfecta de cuantas decoran la Pedriza, cuesta creer que, además de un método material, no exista una secreta intención, una arcana voluntad que maneja las formas repetidas como una especie de código o de guión. Puede que en esta peña no haya arte en sentido estricto. Lo que hay, eso es seguro, es ese asombro ingenuo y primitivo de quien la mira, esa llama que iluminó la carita de la primera humanidad y que hoy languidece en las frías salas de tantos museos.

Mirador del Tranco

Desde el mirador del Tranco se ven las casas de Manzanares, el embalse de Santillana y, al fondo, Madrid.

En busca del Elefantito, vamos a acercarnos al aparcamiento del Tranco (ver mapa de la ruta), a 2,5 kilómetros de Manzanares El Real, para subir por la escalera que bordea por la derecha el restaurante Casa Julián y seguir trepando por la senda de las Carboneras, que está señalizada con trazos de pintura blanca y amarilla. Esta trocha, brusca y zigzagueante como un rayo, no nos dará una tregua hasta llegar en media hora al rellano conocido como el mirador del Tranco, donde podremos tomarnos un respiro con la mirada puesta en el castillo de Manzanares y el embalse de Santillana, un bello cuadro realzado por los canchos de la Pedriza, que le sirven de artístico marco.

A una hora del inicio, alcanzaremos un segundo rellano, la Gran Cañada, una pradera de más de un kilómetro de longitud, con pasto muelle y arroyo bullidor, por la que vamos a avanzar a mano derecha, hacia el este, para desviarnos 400 metros después a la izquierda por la vaguada de las Cerradillas. Aunque no está señalizado el camino, tampoco tiene pérdida: solo hay que seguir el mentado arroyo aguas arriba, por una vereda evidente, hasta coronar, cumplida una hora y media de marcha, el alto donde descuella la peña del Elefantito. Observando el fino detalle con que están labradas su trompa, sus orejotas y su abultada frente, convendremos en que la naturaleza es una magnífica escultora, casi tan buena como haciendo originales de carne y hueso.

Tras admirar la pasmosa viveza de este Dumbo pedricero (solo le falta baritar), continuaremos de frente por la misma vereda, ahora en suave descenso, hasta desembocar en la cercana senda Maeso. Por este histórico sendero, muy tortuoso pero bien marcado con señales blancas y amarillas, descenderemos con franco rumbo sur para atravesar de nuevo la Gran Cañada y pasar al rato junto al inconfundible Caracol, lento como la roca de que está hecho.

En tres horas, a contar desde el inicio, nos plantaremos en el collado de la Cueva, el cual separa la Pedriza grande y salvaje del pequeño macizo periférico del Alcornocal. Será el momento de dejar la senda Maeso, que sigue bajando hacia Manzanares El Real, para desviarse a la derecha por una trocha que lleva directamente al Tranco bordeando la Cara del Indio, otra de las obras con título significativo que expone la naturaleza en el museo de la Pedriza. Una advertencia: en este último tramo, que está sin señalizar (solo hay un hito en el arranque de la trocha), es fácil perder el camino y caer en la tentación de atajar por la máxima pendiente hacia las casas más cercanas, que son los bungalós del camping El Ortigal. Mala idea. La trocha buena va perdiendo suavemente altura, sin apartarse mucho de la base de los riscos, mientras que los atajos conducen inexorablemente hacia la triple alambrada del camping, que no tiene nada que envidiar a la valla de Melilla. Avisado queda.

Senda Maeso

Poco después de rebasar el Elefantito, se entronca con la senda Maeso, que lleva de vuelta a Manzanares.

Cómo llegar. Manzanares El Real dista 53 kilómetros de Madrid. Se va por la autovía de Colmenar Viejo (M-607), desviándose por la carretera M-609 en el kilómetro 35 y luego por la M-608 a la izquierda. El aparcamiento del Tranco se encuentra a 2,5 kilómetros del casco urbano, subiendo por la avenida de la Pedriza. Hay que madrugar, porque se llena enseguida. Datos de la ruta. Itinerario circular de 7 kilómetros y unas 4 horas de duración, con un desnivel acumulado de 450 metros y una dificultad media. No es muy duro, pero carece de señalización en algunos tramos. Conviene llevar impreso o en el móvil el mapa del recorrido. Comer. La Reunión (Manzanares El Real; 918 530 317): restaurante familiar de reciente apertura, frecuentado por montañeros, con chimenea, terraza y zona infantil; muy recomendables, las croquetas y la hamburguesa angus. Parra (Manzanares El Real; 918 539 577): un clásico de la localidad; sus platos fuertes, el arroz con bogavante y la paletilla asada. Rincón del Alba (Manzanares El Real; 918 539 111): especialidad en mariscos y pescados a la plancha. Dormir. La Escala (Manzanares El Real; 600 450 741): coqueta casa rural con cuatro habitaciones, salón con chimenea y vistas a la Pedriza. Mirador La Maliciosa (Manzanares El Real; 654 32 01 91): casa de madera de estilo suizo con restaurante especializado en marisco y caza. La Pedriza (Manzanares El Real; 699 902 763): 11 habitaciones independientes con aire acondicionado, televisión y nevera en un chalé con piscina. Más información. En el Centro de Visitantes de La Pedriza (918 539 978). Y en www.excursionesysenderismo.com, la mayor web de senderismo de Madrid y de la zona centro de España, con 600 itinerarios para todos los públicos.

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Camino Viejo de Segovia (Cercedilla, Madrid): la senda solitaria

Camino Viejo de Segovia

Un alto para contemplar el valle de la Fuenfría, sobre el que descuellan las dos primeras cimas de Siete Picos.

Un paseo por la ladera occidental del valle de la Fuenfría, la más rica en bosques, animales y soledades. El Camino Viejo de Segovia es el más suave y bello de cuantos ascienden hasta el puerto de la Fuenfría, y el más desconocido. Perfecto para quienes huimos de las multitudes.

No hace falta ser ingeniero para saber que lo más lógico, a la hora de abrir un camino, es seguir los valles, como hacen los ríos, y los puertos más bajos, como las palomas o las vacas. A la hora de la verdad, en cambio, prevalecen intereses como los que hicieron que Carlos III eligiera el puerto de Navacerrada (1.860 metros) en detrimento del de la Fuenfría (1.793 metros) con tal de trazar la carretera más directa a La Granja, sin considerar que esa diferencia de altura supondría más nieve y menos transitabilidad. Es como los trenes de alta velocidad, cuyo itinerario depende menos de la lógica del terreno o de las necesidades de los ciudadanos que del pueblo donde haya nacido el gobernante de turno. Gracias a aquella histórica decisión, el puerto de la Fuenfría nos ha llegado libre de vehículos, mas no de insensatez caminera. Y es que, para subir a él, existen tres sendas oficiales, a cual más concurrida e ilógica: las dos calzadas históricas (la romana y la borbónica) y la pista forestal llamada Carretera de la República; las dos primeras ascienden en tan corto trecho (3 kilómetros), que su pendiente rompepiernas del 13% justifica el quejido quevediano: “¡Oh, cómo volaría yo con pólvora gran parte deste puerto, y hiciera buena obra a los caminantes!” (La vida del Buscón, 1604); mientras que la Carretera de la  República da tal rodeo por la ladera de las Berceas (9 kilómetros), que uno peina canas antes de llegar a lo alto.

Prueba definitiva de esta sinrazón es que, por la ladera contraria del valle, la occidental o del Infante, sube olvidado del mundo el Camino Viejo de Segovia. Es perfecto, ni corto ni largo (unos 5 kilómetros), presenta una pendiente casi constante del 9% y su apertura no ha obedecido al capricho de ningún mandamás romano, ilustrado o republicano, sino al libérrimo y secular ir y venir entre Cercedilla y Segovia de los vaqueros, gabarreros y demás nativos conocedores del terreno. Y como encima surca la ladera más boscosa y apartada, las posibilidades de sorprender a las bestezuelas silvestres en su espontáneo trajinar son altas, tirando a muy altas.

Señalización del camino

Señal del Camino Viejo (derecha) y de la calzada romana, con la que coincide cerca del puerto de la Fuenfría.

A buscar este camino, como quien busca un tesoro perdido, nos acercamos al hospital de la Fuenfría, en el valle homónimo de Cercedilla, y rodeándolo por la parte trasera (la que da al norte), nos adentramos en el bosque por una senda que sube señalizada con círculos rojos en los pinos (ver mapa de la ruta). En apenas cinco minutos, en la pradera conocida como Plaza de España, obtenemos nuestra recompensa: a la derecha, con nuevas marcas blancas y amarillas, además de las ya dichas, se nos presenta el Camino Viejo de Segovia como una suerte de túnel en el pinar que desciende inicialmente hasta otro claro ocupado por una casa forestal, a partir del cual ya es todo suave subida.

A una hora del inicio, o algo menos, el camino se divide en dos: el más trillado, balizado con círculos rojos, dobla a la izquierda para trepar en zigzag hasta el collado de Marichiva; mientras que el nuestro, señalizado con marcas blancas y amarillas, se reduce a un vereda que sigue de frente y pasa rauda, casi furtiva, por encima del albergue Peñalara. Lo que resta, hasta el puerto, es otra hora de gratísimo paseo entre pinos y peñascales con vistas a Majalasna (el primero de los Siete Picos, atalaya de la ladera oriental) y a los tres grandes caminos (calzadas romana y borbónica y pista forestal), que a estas alturas todavía están arrastrándose por el fondo del valle, con su jabardillo de domingueros y ciclistas.

Somos sombras en el pinar, sombras deslumbradas (como los corzos o los picapinos al vernos) por las bayas de los acebos y los serbales, y por el verdor de los helechares y los ribazos de los regatos que bajan de Peña Bercial y Cerro Minguete, guardianes de la ladera occidental del valle. Muy cerca del puerto, descubrimos una señal de la calzada romana, que aquí que se encuentra con el Camino Viejo de Segovia.  Y ya en el alto de la Fuenfría, vencemos la tentación de volver por el mismo camino y tiramos a la izquierda por la pista del Infante, que corre casi horizontal hasta el collado de Marichiva (a media hora del puerto), desde donde bajamos por la empinada senda de los círculos rojos al punto de partida.

Ladera occidental del valle de la Fuenfría

Pinar de la ladera occidental del valle de la Fuenfría, por donde corre emboscado el Camino Viejo de Segovia.

Cómo llegar. El Camino Viejo de Segovia se encuentra en el valle de la Fuenfría, en Cercedilla, a 60 kilómetros de Madrid. Se va por la A-6 hasta Guadarrama (salida 47), por la M-622 hasta la estación de Cercedilla y por la carretera de las Dehesas (M-966) hasta el hospital de la Fuenfría, donde comienza la ruta a pie. Datos de la ruta. Paseo circular de 11 kilómetros y una duración de 3-4 horas, con un desnivel acumulado de 450 metros. A pesar de su baja dificultad, conviene llevar encima, impreso o en el móvil, el mapa del itinerario. Comer. Los Frutales (Cercedilla; 918 520 244): el mejor restaurante del valle de la Fuenfría, con bonito jardín junto al río y vivero de truchas. Yeyu (Cercedilla; 918 521 717): restaurante de montaje moderno en la misma calle mayor de la localidad, sobresaliente en escabeches y carnes; también buena barra para picar. El Montón de Trigo (Cercedilla; 918 521 509): bar y restaurante de ambiente distendido, donde hay que probar los huevos estrellados con jamón, el entrecot de carne del Guadarrama y la tarta de queso casera; en verano, tomates del huerto y, en otoño, Boletus. Dormir. Las Rozuelas (Cercedilla; 629 829 288): casa de piedra y madera con ocho habitaciones, todas diferentes, y decorada con obras de arte. Luces del Poniente (Cercedilla; 918 525 587): hotelito de decoración moderna, con piscina climatizada y atardeceres de ensueño. Casona de Navalmedio (Cercedilla; 628 904 713): elegante hotel rural en un paraje apartado, con restaurante y vistas espectaculares. Más información. En el Centro de Visitantes Valle de la Fuenfría (918 522 213), que está en el kilómetro 2 de la carretera de las Dehesas, muy cerca del inicio de la ruta. Y en www.excursionesysenderismo.com, la mayor web de senderismo de Madrid y de la zona centro de España, con 600 itinerarios para todos los públicos.

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Ríos Pirón y Viejo (Segovia): el maravilloso país del Tuerto

Sendero de los cañones del río Pirón y Viejo.

Arranque del sendero que recorre los cañones de los ríos Pirón y Viejo, en Peñarrubias de Pirón (Segovia).

Cañones rebosantes de vegetación, cuevas prehistóricas, ermitas rupestres y mucho arte románico. Todo esto hay en las tierras que surcan el Pirón y su afluente el Viejo. Esta comarca situada al noreste de la capital segoviana, a 20 kilómetros de la misma, vio nacer y hacer de las suyas al Tuerto de Pirón, el último bandolero de la sierra de Guadarrama. Proponemos hacer una ruta en coche desde Sotosalbos y otra a pie, por los cañones, desde Peñarrubias de Pirón.

Fernando Delgado Sanz había nacido el 6 de junio de 1846 en la aldea segoviana de Santo Domingo de Pirón y tenía una nube que le cegaba el ojo izquierdo, de ahí que fuera más conocido como el Tuerto de Pirón. Esos dos defectillos suyos, el visual y el de no haber hecho nada bueno desde 1868, en que comenzó su carrera, daban juego para componer coplas jocosas: “Mucho ojo con el Tuerto, / que el que le sigue la pista, / fijo que termina muerto, / que es tuerto de doble vista”. La verdad es que el Tuerto nunca mató a nadie. O, por lo menos, a nadie decente. Antes al contrario, tenía reputación de bandido piadoso, que incluso frecuentaba la iglesia, como cuando escaló en 1880 la torre del templo de Tenzuela, un asalto que lo catapultó a la fama y dio pie a esta otra copla: “Tened ojo con el Tuerto, / que es ladrón que nunca avisa, / capaz de robar al cura / el copón diciendo misa”.

A pesar de que el Tuerto fue capturado al poco de aquello y condenado a cadena perpetua por la Audiencia de Madrid, para entonces ya había establecido un récord legendario: más de 15 años esquivando a la Guardia Civil de escondite en escondite. Su especialidad era ocultarse, como la garduña, en los árboles huecos. Y, como no hay dos sin tres, hasta mucho después de su muerte, ocurrida el 5 de julio de 1914 en la cárcel valenciana de San Miguel de los Reyes, pudo escucharse esta tercera copla: “Mientras existan tocones, / le van a coger al Tuerto… / ¡Por los cojones!”.

El río Pirón y su afluente el Viejo bañan una comarca que ni pintada para entrenarse en las técnicas del bandidaje. Pueblan sus riberas chopos y fresnos añosísimos, en cuyos troncos carcomidos podría esconderse cómodamente, no ya un forajido, sino toda una banda de ellos. Horadan las paredes de sus cañones calcáreos cuevas como la de la Vaquera o la de la Mora, muy útiles para lo mismo. Y en todos los pueblos del contorno, desde Sotosalbos hasta Villovela de Pirón, se alzan iglesias románicas donde el Tuerto pudo aprender piedad, escalada y, como no era ciego, arte del bueno.

La más famosa de todas esas iglesias es la de San Miguel, en Sotosalbos, donde arranca nuestra ruta en coche. Dos puertas con decoración de dientes de sierra dan acceso a su preciosa galería porticada, una auténtica máquina del tiempo que nos transporta a los días del Arcipreste de Hita, poeta feliz y clérigo de ligeros hábitos que visitó Sotosalbos hacia 1330, según se lee en su Libro de buen amor. Y a los días también del Honrado Concejo de la Mesta, cuyas lanudas huestes desfilaban dos veces al año por la Cañada Real de la Vera de la Sierra (que aún se conserva intacta a tiro de piedra del templo), buscando los pastos de Soria en verano y los de Extremadura en invierno.

Puente de Covatillas.

Puente medieval del despoblado de Covatillas, sobre el río Pirón, junto al sendero que recorre los cañones.

A un par de kilómetros de Sotosalbos, se alza la iglesia de Pelayos del Arroyo, cuyo porche esconde –es un decir, pues puede espiarse por las grietas del portón– una portada tan perfecta que parece labrada en una sola roca. Poco más adelante se erige la de La Cuesta, sobre un cerro cuestudo que da nombre a la aldea y buenas vistas a la llanura y a la sierra. Y a mano izquierda, camino de Basardilla, queda la de Tenzuela, célebre por su pórtico y por el asalto que perpetró el Tuerto.

Emboscado, como es natural en tierra de bandidos, anda el Pirón por estos selváticos barrancos del piedemonte guadarrameño; barrancos que se oponen a nuestros rectos deseos, obligándonos a describir una kilométrica zeta para enhebrar las siguientes perlas de la ruta: los templos de Santo Domingo, Basardilla y Adrada. En todas estas iglesuelas, pese a estar muy reformadas, se conservan elementos –portada, ábside semicircular y cornisa plagada de canecillos– que datan de los siglos XII y XIII, cuando gentes llegadas del norte colonizaron estos territorios recién reconquistados.

Tras cruzar el Pirón y el Viejo, nos asomamos a la llanura paniega de Torreiglesias, donde descuella la iglesia de la Asunción, que tiene un ábside de tambor y una monumental portada oculta –no sea que se desgaste de mirarla– dentro de un porche cerrado a cal y canto. Y de Torreiglesias nos dirigimos, atajando por Otones de Benjumea –donde no hay nada románico, pero sí un curioso museo pedagógico–, a Villovela de Pirón, cuya iglesia domina desde un alcor las alamedas del río.

Llegando a Peñarrubias de Pirón, hacemos la penúltima parada para admirar la ermita románica de la Virgen de la Octava, que descuella sobre un cerro triguero a 400 metros del pueblo. Y ya en éste, nos apeamos para seguir el sendero, bien señalizado con paneles y letreros, que recorre los cañones calizos que se forman en la confluencia del Pirón y del Viejo, un itinerario circular de 11 kilómetros y tres horas de duración, sin contar los frecuentes altos que en el campo hacerse suelen.

Fuente del despoblado de Covatillas.

Cabezas de león escupen agua en la fuente de Covatillas, en el despoblado homónimo, a orillas del Pirón.

Iniciamos nuestro paseo rodeando las casas por la calle más alta y saliendo hacia el sureste por el camino de Cabañas de Polendos. Hay un primer desvío a una granja, que no cogemos, y a los cinco minutos, otro bien señalizado por el que bajamos al río Pirón culebreando a través de un espeso encinar. Avanzando aguas arriba, enseguida rebasamos las ruinas del molino de Covatillas, del siglo XIX, y a media hora del inicio, las del despoblado del mismo nombre, un caserío fantasma que yace olvidado del mundo junto al antiguo camino real que iba de Segovia a Turégano, con su arqueado puente de piedra rubia, su fuente decorada con mascarones leoninos y su anciana arboleda de álamos, fresnos y nogales sombreando un cuadro de estricta soledad e indecible melancolía.

Siempre por la misma orilla, y a través de espléndidas praderas salpicadas de sabinas, nos plantamos en una hora ante la pared del cañón de la que cuelga, a buena altura, la ermita rupestre de Santiaguito. Esta ermita, construida en el siglo XVIII mediante la socorrida técnica de tapiar una cavidad natural, pertenecía en tiempos a Losana de Pirón, hasta que un buen día que se la trocó a Torreiglesias por unos prados ribereños. A nosotros nos parece que los de Losana salieron perdiendo, no porque una ermita valga más que unos pastos, lo cual es bastante discutible en una comarca ganadera, sino porque los de los otros pueblos no desaprovecharon la permuta para dedicarles un epigrama: “Si moros los de Losana no fueran, / no cambiarían santos por praderas”. Como se ve, aquí siempre han sido muy aficionados a las rimas chuscas. No pierden ocasión.

Justo enfrente de la ermita, cruzando el Pirón por un puente de madera que hay un poco más arriba, descubrimos la cueva de la Vaquera, cuya antigüedad, como guarida humana, se remonta al 4.000 antes de Cristo. A unos 200 metros, aguas abajo, afluye al Pirón el río Viejo, que también surca un hermoso cañón, éste de más pura y desnuda caliza. En él nos adentramos después de cruzar el Viejo por otro puente y subimos por la margen contraria hasta llegar a una fuentecilla que brota al pie de un espolón rocoso. Ahí mismo, casi en el borde superior del cañón, se esconde la cueva de la Mora, con un sepulcro excavado en la roca del tamaño de un niño, o de un eremita chiquitín.

La fuentecilla so la cueva es un buen lugar para comer. Más adelante –a unas dos horas del inicio–, los restos lastimosos del corral de Máximo y sus lánguidos almendros señalan la hora, no menos triste, de volver. Bajando por la margen derecha de ambos ríos, y cruzando el Pirón por el puente de Covatillas, cerramos en Peñarrubias esta gira por el país del Tuerto, cegados por tanta belleza.

Ermita de la Octava (Peñarrubias de Pirón, Segovia)

Ermita románica de la Virgen de la Octava, sobre un cerro triguero en las cercanías de Peñarrubias de Pirón.

Cómo llegar. Sotosalbos se halla a 20 kilómetros de la capital segoviana yendo por la carretera de Soria (N-110). Desde Sotosalbos, la ruta en coche sigue por Pelayos del Arroyo, La Cuesta, Tenzuela, Santo Domingo, Basardilla, Adrada, Torreiglesias, Villovela y Peñarrubias, sumando 47 kilómetros. Dormir. Saltus Alvus (Sotosalbos; 915 783 469 y 639 891 220): casas rurales de cuidada decoración, con amplio jardín y vistas a la iglesia románica. Hostal de Buen Amor (Sotosalbos; 921 403 020): casona de arquitectura tradicional llena de antigüedades, artesanías y objetos curiosos, con suelos de barro, chimeneas y bañeras de hidromasaje. Cabañas Quercus (Peñarrubias; 646 141 682 y 921 497 197): casitas de madera en la antigua era, en la parte alta del pueblo, con capacidad para cuatro personas. Del Verde al Amarillo (Peñarrubias; 921 497 502 y 821 050 050): moderno hotel rural en una finca de 10.000 metros, desde donde se domina el valle del Pirón; hay 11 habitaciones, algunas de ellas con terraza e hidromasaje, y restaurante con chimenea donde se hacen muy bien el cochifrito y la ventresca a la plancha. Comer. El Porche de las Casillas (Sotosalbos; 921 403 068): mesón típico donde se viene a zampar morcilla segoviana, cordero asado en horno de leña y quesada. Manrique (Sotosalbos; 921 403  066): especialidad en asados, carnes finas y guisos caseros. Don Juan (Adrada; 921 404 001): las mejores croquetas de la comarca, gallina de corral en pepitoria y, por encargo, asados. Más información. www.segoviasur.com.

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La romántica isla de Gara y Jonay (La Gomera, Canarias)

Roque Agando

El poderoso Roque Agando se alza junto a la carretera que sube de la capital al Parque Nacional de Garajonay.

La leyenda de dos desgraciados amantes indígenas, Gara y Jonay, y los devaneos de Beatriz de Bobadilla, que fue señora de la isla en tiempos de Cristóbal Colón, hacen de La Gomera la más romántica de las Canarias. Aunque no es la isla más pequeña, es bastante chica, ideal para dos.

Gara era una princesa natural de La Gomera; Jonay, un guanche que cruzó desde Tenerife en una balsa inflable de piel de cabra. Gara y Jonay estaban amartelados cual tortolitos (o, mejor, cual rabiches o turqués, palomas endémicas de Canarias), pero como sus parentelas no aprobaban el noviazgo, acabaron huyendo al bosque y clavándose una picuda rama de brezo en los corazones al tiempo que se fundían en un último e incómodo abrazo. A esta exótica versión de la tragedia de Romeo y Julieta debe su nombre, según es fama, Garajonay, el bosque siempre verde de laurisilva que corona la isla, una reliquia de la Era Terciaria que ha sobrevivido en este alto rincón gracias a las nubes que habitualmente lo envuelven en un abrazo neblinoso, llenándolo de humedad y de romántico misterio. En el centro de visitantes Juego de Bolas, en La Palmita (Agulo), facilitan información sobre 18 senderos autoguiados, incluido el del barranco del Cedro (Contadero-El Cedro-Contadero), que es el más selvático y entretenido, y el que al final acaba haciendo todo el mundo.

Torre del Conde y Las Chácaras

La Torre del Conde, del siglo XV, en San Sebastián de La Gomera, y el restaurante Las Chácaras, en Hermigua.

Otros amores legendarios que se recuerdan en La Gomera son los que la señora de la isla, Beatriz de Bobadilla, mantuvo con Cristóbal Colón en la Torre del Conde, una pequeña fortaleza que preside desde 1450 la capital, San Sebastián, y que puede presumir de ser el edificio gótico más sureño del mundo. Esta dama, que era “hermosa en todo extremo”, tuvo también sus escarceos (eso dicen) con el rey Fernando y con el maestre de Calatrava, Rodrigo Téllez Girón. A Colón, aparte de lo que le diera en privado, le abasteció de todo lo necesario para cruzar el Atlántico las tres veces que recaló en la isla, en 1492, 1493 y 1498 (de otro puerto que fue clave en el desubrimmiento de América, Palos de la Frontera, ya hablamos al recorrer la costa de Huelva). La Casa de Colón, construida en el siglo XVII sobre la que alojó al almirante, y el Pozo de la Aguada, del que se sacó el agua para las naos, son también escalas obligadas para los amantes de la historia en la capital.

Playa en la capital de la isla

En la capital, San Sebastián, también hay playas. Esta se encuentra al lado mismo de la Torre del Conde.

Un buen refugio para enamorados, casi mejor que una torre, es una casita rústica en el valle norteño de Hermigua, donde se goza, gracias a los alisios, el clima más benigno del planeta. Bancales y más bancales de plátanos. Un antiguo convento, un museo etnográfico y un par de playas con vistas al Teide. Cuando el sol se pone, es la hora de bajar al Pescante, a ver las olas romper (cuanto más bravo el mar, mejor) contra las ruinas ciclópeas del viejo embarcadero. Y luego a Las Chácaras, a cenar y tomarse un ron, o dos, o los que se tercien, mientras alguien canta acompañándose de una guitarra: “Vivo donde el viento da la vuelta, / donde llamas a la puerta / y te abren el corazón…”

El Pescante de Hermigua

Las ruinas del antiguo embarcadero de plátanos de Hermigua, el Pescante, es otro lugar muy romántico.

Cómo llegar. La Gomera está a 40 minutos en ferry (80, en barco) del puerto de Los Cristianos, en Tenerife. Hay ofertas para viajar a Tenerife (7 noches de hotel, vuelos y traslados) por menos de 250 euros. Comer. Torre del Conde (San Sebastián; 922 870 000; www.hoteltorredelconde.com): cocina tradicional canaria y mediterránea. Las Chácaras (Hermigua; 922 881 039; www.laschacaras.com): cocina típica a buen precio. Dormir. Ibo Alfaro (Hermigua; 922 880 168; www.hotel-gomera.com): coqueto hotel rural en una casa señorial de mediados del siglo XIX, con vistas al valle y al mar. Isla Rural (686 950 171; www.islarural.com): casas rurales en distintos enclaves del norte de la isla, con precios muy interesantes. Más información. Turismo de La Gomera y Parque Nacional de Garajonay.

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Monasterio de Santo Estevo (Ourense): muy cerca del más allá

Parador de Santo Estevo (Ourense)

El monasterio y parador de Santo Estevo, visto desde el cerro de Penedos do Castro, en Pombar.

Poco antes de que se lo beba el Miño, el Sil corre por un profundo cañón al que se asoman numerosos monasterios que, ya desde tiempos medievales, hicieron que esta zona fuese conocida como la Ribeira Sacra. El de Santo Estevo, con sus tres claustros, es el más bello y una de la de las joyas más preciadas de Paradores. Dormir aquí es hacerlo, casi casi, en el cielo.

Dios quiso que el universo fuese inmensamente variado y que sus criaturas creciesen y se multiplicasen por doquier. Sin embargo, siempre ha habido gente que, parar agradar al Creador de tanta diversidad, se ha retirado a los lugares más apartados del mundo a vivir en silencio y soledad, y a rezar siete veces al día, día tras día, día tras día, día tras día… Lugares como Santo Estevo, un monasterio que hoy nos parece que está un poco a trasmano, escondido entre las espesuras y los acantilados graníticos que bordean el curso orensano del Sil, pero que en la Edad Media era lo más cerca que se podía estar del más allá antes de estirar la pata.

Santo Estevo se halla en un lugar tan abrupto y selvático, que no se ve hasta que uno está encima, casi en la puerta. La mejor y casi única forma de apreciarlo en su conjunto es subiendo al cerro de Penedos do Castro, en el vecino lugar de Pombar. Este castro de la Edad del Bronce ofrece una visión muy aérea e idílica del monasterio, rodeado de rosados brezales y del vario verde de los prados, los robles y los castaños. Así lo verían monjes cuando subían al cielo. Los que subían, claro.

Los orígenes del monasterio de Santo Estevo se remontan al siglo VI, pero su esplendor llegó de la mano de los benedictinos. Nueve santos obispos del siglo X acabaron sus días recogidos en sus celdas y, a partir del XVI, se animó más todavía con la creación de un colegio de Artes y Filosofía. Entre muchos otros alumnos, aquí estudió, a finales del XVII, el ilustrado Padre Feijóo.

Monasterio de Santo estevo (Ourense)

Gato en el claustro de los Caballeros. No es un monje reencarnado, porque los benedictinos van de negro.

Al viajero que hoy se acerca a Santo Estevo, dando cien tumbos por estos derrumbaderos, le pasma que un lugar tan apartado fuese frecuentado por estudiantes, prelados y –lo que resulta más increíble–, por todos esos reyes cuyos nombres figuran en las puertas de habitaciones: Alfonso V, Alfonso VII, Vermudo II, Ordoño I… Y mayor estupor le causa, aún, que la adecuación del monasterio para uso hotelero, en 2004, se acometiera con tan moderno y artístico criterio: estructuras de acero y cristal, muebles de diseño contemporáneo (Mies van der Rohe, Ghery, Elian Gray…), obras de Tàpies, Chillida, Guinovart… Una osada decisión que, en su día, no fue del agrado de algunos clientes fieles de Paradores, acostumbrados a las armaduras, los tapices, los bodegones, las sillas frailunas y las llaves aparatosas como espetones para asar jabalíes.

Intacta se ha mantenido, eso sí, la arquitectura de sus tres claustros, emocionante el de los Obispos, con sus piedras románicas forradas de musgo y silencio secular. Es un placer elemental, muy medieval, desayunar en el claustro de la Portería, mojando en los huevos fritos con esos panes como mampuestos que aquí se estilan. Y otro mayor, cenar en las antiguas caballerizas, saboreando las truchas recién trincadas en el Sil y uno esos vinos de uva mencía que se ordeñan con mil sudores en las escarpas graníticas de la Ribeira Sacra. Viticultura heroica, le dicen.

Cómo llegar. El Parador de Santo Estevo está a 27 kilómetros de Ourense; se va por la carretera de Monforte de Lemos y Ponferrada (N-120), tomando el desvío bien señalizado que aparece a 13 kilómetros de la capital. Habitaciones. 77, todas con baño, calefacción, aire acondicionado, televisión, teléfono, minibar, caja fuerte y conexión a Internet vía wifi; algunas con vistas al cañón del Sil. Servicios. Restaurante, cafetería, terraza, salones, jardines y spa. Reservas. 988 010 110.

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Córdoba: tabernas 50 – Starbucks 0

Taberna Salinas

Taberna Salinas, casa fundada en 1879, y una de sus especialidades, las naranjas picás con aceite y bacalao.

“Córdoba, ciudad bravía / que, entre antiguas y modernas, / tiene trescientas tabernas / y una sola librería”. Esto se decía a finales del siglo XIX y era la pura verdad. Hoy hay que felicitarse porque existan más de 70 librerías, pero sobre todo porque, en pleno auge de los Starbucks y los McDonald’s, sobrevivan medio centenar largo de tabernas, muchas de ellas bodegas tradicionales forradas de azulejos, carteles taurinos y cubas de Montilla-Moriles, con su patio y su pozo que, además de para hacer bonito, servía antiguamente para poner el vino a refrescar.

Burladeros de la Córdoba más genuina contra el morlaco globalizador de las franquicias, y reductos inexpugnables de la tertulia ibérica, las tabernas son además la mejor opción, en tiempos de crisis, para catar el salmorejo, el rabo de toro, el flamenquín y otras delicias hipercalóricas de la cocina local. Quién nos iba a decir que acodarse en una barra iba a acabar siendo un acto de resistencia económica y cultural. He aquí el top ten de las tabernas cordobesas, las más famosas, las que dan bien de comer, las que tienen una historia más curiosa o, simplemente, nos han tratado mejor.

1.CASA EL PISTO. Una de las más antiguas y, para bien o para mal, la más famosa es Casa El Pisto (Plaza de San Miguel, 1), que lleva frente a la iglesia de San Miguel desde el año en que nació Machaquito (1880). Fieles suyos (de la casa, o sea) fueron Julio Romero de Torres, que dicen que comía todos los días en la misma mesa y dibujaba sobre el mármol entre plato y plato; y Manolete padre, que, supersticioso el, salía siempre por la puerta de atrás. Es taberna taurina, atiborrada de carteles y fotos del asunto. Del Club Guerrita, que se fundó aquí en 1896, queda un salón dedicado al célebre torero y filósofo cordobés (“lo que no pué sé, no pué sé y ademá es imposible”), con objetos donados por la familia. Intelectuales, políticos, abogados y turistas han hecho crecer su prestigio y sus precios, razón por la cual los vecinos con menos posibles la rodean para dirigirse a…

2.TABERNA GÓNGORA. Apenas dista dista cien metros de Casa El Pisto, cuesta la mitad y ofrece unos boquerones fritos al limón que dejan al personal con los ojos en blanco. El cochifrito de lechón ibérico tampoco lo hacen mal, ni mucho menos. Se encuentra en la calle Conde de Torres Cabrera, 4.

Casa Santos

Panel de azulejos en la puerta de Casa Santos, donde puede apreciarse el tamaño exagerado de sus tortillas.

3.TABERNA SALINAS. Un año antes que Casa El Pisto, en 1879, abría sus puertas junto a la plaza de la Corredera la Taberna Salinas (Tundidores, 3), que a pesar de los cambios de dueño y razón, ha conservado el patio de columnas que da acceso a los salones y a la bodega; la piquera o ventanilla por la que las mujeres compraban antiguamente el vino, a salvo de los beodos; la barra de mármol rojo y, tras ella, las 11 botas encanilladas de 36 arrobas, donde el vino, traído cuando niño desde Moriles, reposa, madura y toma los esenciales aromas de la madera, bajando por esa cascada a cámara lenta que es el sistema de criaderas y soleras. Menos el vino, todo lo hacen presto en esta casa. Y bien. Y con agrado. No se les ha subido la fama a la cabeza, como a otros. Nos sugieren las naranjas picás con aceite y bacalao, que, para variar y hacer como que uno se cuida, no están mal.

4.EL JURAMENTO. Esta taberna fundada a principios del siglo XX es famosa por sus pimientos rellenos que, según dicen, gustaban mucho a Julio Romero de Torres. Otro que venía bastante era Manolete. Al igual que Casa Salinas, está a un paso de la plaza de la Corredera, en Juramento, 6.

5.LA CAZUELA DE LA ESPARTERÍA. Pegada también a la plaza de la Corredera, La Cazuela de la Espartería (Rodríguez Marín, 16) ya tiene, pese a su juventud (1998), un público y una reputación. Una reputación buena, por supuesto. Quienes piden las berenjenas con salmón, aciertan de lleno.

6.SOCIEDAD DE PLATEROS. Más antigua todavía que Taberna Salinas, la más de Córdoba, es la Sociedad de Plateros (San Francisco, 6), que lleva abierta desde 1872 en el entorno cautivador de la iglesia de San Francisco, entre el arco del Portillo y la dos-veces-citada-en-el-Quijote plaza del Potro, que esto es casi como irse de vinos al Siglo de Oro. Fundada, como otras del mismo nombre, para socorrer a los plateros desfavorecidos (joyeros pobres, ¡qué cosas!), esta taberna tiene un grato aire de casa particular, con su patio luminoso donde a la gente le gusta sentarse a tomar con calma las medias raciones, tan generosas que parecen dobles. Los cordobeses son más de estar sentados que de pie. La barra como que les da calambre. Los que saben piden el vino Peseta, media de berenjenas rebozadas y un flamenquín serrano, y comen por muy poco mejor que muchos ricos.

Bodegas Guzmán

Sirviendo fino montillano en Bodegas Guzmán y parroquiano tocado con el típico sombrero cordobés.

7.BODEGAS GUZMÁN. Tampoco están mal situadas las Bodegas Guzmán (Judíos, 7): en plena Judería, entre la plaza de Maimónides y la puerta de Almodóvar, a cuatro minutos de la Mezquita. Auténtica taberna cordobesa es esta, sin aditivos ni conservantes, sombría, parca en adornos, ni siquiera una pizarra cantando las especialidades. Tan sólo las botas renegrías donde se crían, entre otros, el fino Amargoso y el oloroso Abuelo, y una sala pelada donde se verifica la tertulia taurina Finito de Córdoba. Uno piensa que todas las tabernas debían de ser así en la España romántica y cutre de Richard Ford y don Jorgito el Inglés. Los extranjeros que vienen de visitar la vecina Sinagoga pasan por la puerta a manadas, por miles, pero al no ver más que a nativos sentados en los poyos, algunos tocados con el atávico sombrero cordobés, que ya creían extinguido en la piel de toro, pues no se atreven. Si el dueño colgase un letrero que dijera: “Typical andalusian tavern”, no daba abasto, se hacía de oro, pero está claro que es un desprendido, un estoico, un senequista.

8.CASA SANTOS. Aunque, para lugar turístico, en el que está Casa Santos (Magistral González Francés, 3): nada más y nada menos que frente a la puerta de Santa Catalina de la Mezquita, donde la multitud que entra y sale del monumento se confunde con la que hace cola para tomar un pincho de tortilla de patata en esta pequeña barra. Además de estar en un sitio muy bueno, el mejor de Córdoba, Casa Santos hace unas tortillas llamativas, grandes como sandías, de cinco kilos de patatas y 30 huevos, que salen cada dos por tres en la tele y en los periódicos, y esa combinación es la clave de su éxito. Bueno, y que la tortilla está rica. No como para ganar un concurso, pero rica.

9.RINCÓN DE LAS BEATILLAS. Lejos de la órbita de los turistas queda, en cambio, el Rincón de las Beatillas (Plaza de las Beatillas, 1). Hasta el albor del siglo XX fue una de la muchas piconerías que había en el barrio de San Agustín, negro oficio, el de hacer picón (carbón muy menudo para los braseros) que contrastaba con la pulcritud reluciente de las casas encaladas y rematadas en albero. Luego fue bodega y ahora es un templo gastronómico popular (venao en salsa de espárragos, rabo de toro, lechón frito…) con patio tipo corrala, reservados y peñas flamencas y taurinas, por donde han pasado toreros como El Puri, Rivera Ordóñez y José Tomás; guitarristas como El Merengue y Vicente Amigo, y cantaores como Fosforito, Luis de Córdoba, El Polaco y Chano Lobato. Han pasado y pasarán, pues cada dos viernes, de septiembre a mayo, hay espectáculo. Otro que estuvo aquí fue Lorca, el Viernes Santo de 1935, esperando a que entrase la Virgen de las Angustias en la cercana iglesia de San Agustín. Y también Unamuno, en su agonía vital del cristianismo… Con tabernas como esta, se comprende que en Córdoba no echasen antes de menos las librerías. Ni falta que hacían.

La Salmoreteca

Juanjo Ruiz, chef de La Salmoreteca, puesto de salmorejos en el Mercado Victoria, inaugurado en 2013.

10. MERCADO VICTORIA. Como salta a la vista (o, mejor dicho, al oído), no es una taberna, pero como si lo fuera, porque se come bien, fresquito y sin que te cueste un riñón. Inaugurado en la primavera de 2013, el Mercado Victoria (Paseo de la Victoria s/n) es una antigua caseta de feria, de esqueleto metálico y aire modernista, que se ha acristalado y refrigerado para que la gente cate en democrático barullo de taburetes y mesas compartidas los platillos que preparan en 30 puestos. Sushi, ostras, pinchos de atún rojo, hamburguesitas… Nos llaman la atención los coloridos salmorejos de La Salmoreteca: el rojo de siempre, el amarillo de maíz, el verde de aguacate, el negro de tinta de calamar, el marrón de chocolate… Kisco García, chef del laureado Restaurante Choco, también tiene su puesto y su idea original: cocina de vanguardia servida en tarros de la abuela.

Dormir. Hay 81 hoteles en Córdoba, con precios a partir de 27 euros por habitación doble y noche. Nuestro preferido es el NH Amistad Córdoba, que está en la plaza de Maimónides, en plena Judería, a dos pasos de la Sinagoga y de Bodegas Guzmán: ocupa dos mansiones del siglo XVIII y tiene patio de columnas mudéjar y piscina de verano. Más información. Turismo de Córdoba (902 201 774).

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