Soria machadiana (y II): “Dame tu mano y paseemos”

Ermita de San Saturio

Ermita de San Saturio, junto al río Duero, el lugar de Soria que más vivamente recuerda a Antonio Machado.

El tiempo, que derroca las más altas torres, ha respetado sin embargo los sencillos lugares que frecuentaba Machado en Soria: el paseo de San Saturio, el instituto, el casino… También la iglesia donde se casó con Leonor y el cementerio donde la dejó, tres años después. Hay que ser de piedra para no llorar al visitar los escenarios de aquel amor y de la temprana muerte de ella.

El lugar machadiano por excelencia, el primero que ha de visitar quien desee rastrear las idas y venidas del poeta por la ciudad, es el paseo que va por la orilla del Duero hasta la ermita de San Saturio. Aquí Machado rumió algunos de los poemas más bellos de Campos de Castilla, antes y después de conocer a Leonor. Los chopos ribereños –los álamos del amor, como decía él– siguen teniendo “en sus cortezas / grabadas iniciales que son nombres / de enamorados, cifras que son fechas”. Al lado de la ermita está el Rincón del Poeta, que la ciudad le dedicó en octubre de 1932, poco después de otorgarle el título de hijo adoptivo. “Nada me debe Soria, creo yo –dijo Machado en su discurso de agradecimiento–. Y si algo me debiera, sería muy poco en proporción a lo que yo le debo: el haber aprendido en ella a sentir a Castilla, que es la manera más directa y mejor de sentir a España”. A finales de 2011, se construyó sobre el río una pasarela metálica peatonal para que la gente pudiera acercarse a la ermita caminando por cualquiera de las dos orillas: a los pocos meses, ya estaba llena de candados con corazones atravesados por flechas y juramentos de amor eterno.

Desde la margen derecha del río, una carreterilla zigzagueante trepa directamente al cerro del Castillo, sobre el que descuella el parador Antonio Machado, dominando un panorama de lo más amplio y evocador: “¿No ves, Leonor, los álamos del río / con sus ramajes yertos? / Mira el Moncayo azul y blanco; dame / tu mano y paseemos”. Bajando por el otro lado del cerro, por la calle de Fortún López, se llega sin extravío posible al cementerio del Espino, donde hay una lápida de mármol blanco con un sucinto epitafio (“A Leonor, Antonio”) y, junto a la iglesia, un olmo seco, como el del famoso poema. Para Leonor, herida por la tuberculosis, no hubo “otro milagro de la primavera”.

Álamos y candados junto al Duero

Los viejos "álamos del amor" machadianos conviven con los modernos candados de la pasarela de San Saturio.

Un paseo breve y cuesta abajo lleva desde la iglesia del Espino hasta la de Santa María la Mayor, en la Plaza Mayor, donde contrajeron matrimonio Machado y Leonor y donde, tres años y tres días después, se celebró el funeral de ella. A pocos pasos de la portada meridional, de estilo románico, una escultura de bronce muestra a Leonor tal como iba el día de su boda; según uno de los periódicos locales, El Avisador Numantino, lucía “elegantísimo traje de seda negro y magníficas joyas”. En las pocas fotografías que se conservan de ella, tomadas en aquella ocasión, aparece con cara y cuerpo de niña: lo que era. El escultor, prudentemente, le ha añadido cinco años, como poco.

El que apenas ha mudado de aspecto en todos estos años es el Círculo Amistad Numancia, el casino que frecuentaba el poeta, que está en el número 23 de la calle del Collado, a menos de cien metros de la iglesia. El Círculo de la Amistad –como se llamaba en tiempos de Machado, antes de que se uniera con el vecino casino Numancia–  tiene una zona pública y otra reservada, pero al curioso que lo pide se le deja, guardando la debida compostura, asomarse a los salones donde los socios hacen sus tertulias y se juegan los cafés al mus, al guiñote o al rabino. En la planta baja, con vistas a la calle, se halla el salón Antonio Machado o de los Espejos, que es puro siglo XIX, con sus lámparas de araña y sus lunas de cuando se perdió Cuba. Y en la primera, el salón Gerardo Diego, donde se celebran actos culturales. Tiene bucólicas pinturas en el techo, friso de celtíberos y romanos y un piano de gran cola Steinway & Sons de 1886, el primero que hubo en España. Gerardo Diego, que fue profesor del Instituto entre 1920 y 1934, lo tocaba casi todas las tardes. El señor de bronce que está en la calle, sentado delante de un velador, con un café y un libro, es él. Recientemente, en la tercera planta, se ha inaugurado la Casa de los Poetas, un pequeño museo dedicado a los tres grandes líricos que cantaron a Soria: los dos ya dichos y Gustavo Adolfo Bécquer.

Escultura de Leonor

Escultura de Leonor junto a la iglesia de Santa María la Mayor, donde se casó y donde se celebró su funeral.

Tampoco anda lejos ni ha cambiado mucho el Instituto donde Machado daba clase de francés y que hoy lleva su nombre. Comenzó siendo un colegio de jesuitas a finales del siglo XVI, pero en 1740 un incendio lo destruyó por completo y, tras la expulsión de la orden, el nuevo edificio –de estilo barroco, con espléndida fachada de sillería y gran claustro cuadrangular– fue sucesivamente fábrica de hilados, escuela de educandas, cuartel y hospital de tropas. Hay un busto de Machado junto a la puerta, obra de Pablo Serrano, y hay un aula-museo con fotos y autógrafos del ilustre profesor, incluido el libro de calificaciones, que demuestra que aprobaba a todo el mundo. Es un lugar machadiano clave que, lamentablemente, solo puede visitarse de lunes a viernes, cuando hay clase.

El siguiente hito de la ruta es la iglesia de Santo Domingo. A pesar de que Machado no comulgaba con la fe hipócrita y esclavizadora que se difundía desde los púlpitos, en un poema de Nuevas canciones daba a entender que acompañaba a Leonor a la iglesia: “En Santo Domingo, / la misa mayor. / Aunque me decían / hereje y masón, / rezando contigo, / ¡cuánta devoción!”. La verdad es que es un templo precioso, al que, por muy anticlerical que se sea, dan ganas de ir todos los días. Erigido en el siglo XII, su frente es uno de los mayores logros del románico español, especialmente la portada. Para Gaya Nuño, “su distribución decorativa es la más rica, la más homogénea y armoniosa de la Península y no reconoce como más bella ni a la de Ripoll”. Si nos fijamos en el pantocrátor, veremos que el Padre sostiene al Niño en su regazo, cosa que habitualmente hace la Virgen: es uno de los cinco únicos ejemplos de este tipo de iconografía (Trinidad Paternitas, le dicen) que puede verse en el mundo, todos ellos en España. A cada lado de la portada, justo debajo del rosetón, hay dos figuras sedentes que representan a los monarcas fundadores del templo, Alfonso VIII y Leonor Plantagenet, duquesa de Aquitania. La ascendencia de la reina podría explicar el parecido que guarda la fachada de Santo Domingo con la de Nuestra Señora de Poitiers. O dicho de otro modo: no es imposible que canteros franceses interviniesen en la realización de esta joya románica soriana.

Instituto Antonio Machado

Busto del poeta, obra de Pablo Serrano, en la puerta del Instituto Antonio Machado, donde hay un aula-museo.

Siguiendo los pasos de Machado y Leonor, se llega, por último, a la ermita del Mirón, lugar alto y oreado cerca del cual alquilaron una casa en la primavera de 1912 y al que iban a pasear confiando en el poder curativo del sol y del aire puro, ella cada día más débil, postrada al final en una silla de ruedas. Al santuario le viene el nombre por una escultura de San Saturio que, erigida sobre un pedestal, a bastante altura, parece estar mirando el panorama con vivo interés. La vista, desde luego, es magnífica. Allá abajo, los álamos dorados, el puente de Piedra y el antiguo monasterio de San Juan de Duero, con su claustro de arcos entrelazados, componen un paisaje urbano (o periurbano) difícil de creer en pleno siglo XXI. Si se borraran con Photoshop un par de cables y antenas, podría pasar por la Soria que vio Machado con lágrimas en los ojos. Un sencillo monumento –la silueta de la pareja, recortada en una plancha de metal– evoca aquellos últimos paseos: “Soñé que tú me llevabas / por una blanca vereda… / Sentí tu mano en la mía, / tu mano de compañera…”

Cómo ir. El tren Campos de Castilla (Madrid-Soria-Madrid) circula 12 fines de semana desde mayo hasta noviembre. El viaje, de dos días de duración, incluye, además del tren, una degustación de productos típicos sorianos, amenización teatral a bordo, traslado en autobús y visita a la ermita de San Saturio y a San Juan de Duero, recorrido guiado por el centro histórico de Soria (iglesia de Santo Domingo, Instituto Antonio Machado y casino Amistad Numancia), visita a la Laguna Negra y al yacimiento arqueológico de Numancia, pasaporte para promociones y descuentos en bares de tapas, restaurantes y comercios, y una noche en hotel de 2 o 4 estrellas, con desayuno incluido. El precio es de 105 euros por persona (en hotel de 2 estrellas) o de 120 euros (en hotel de 4 estrellas). Reservas. Soria Vacaciones (975 232 252). Más información. Turismo de Soria (975 212 052).

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Soria machadiana (I): el poeta, la niña y la muerte

Monumento a Machado y Leonor

Monumento a Machado y Leonor junto a la ermita del Mirón, donde el poeta solía ir con su mujer enferma.

Días pasados comenzó la segunda temporada del tren Campos de Castilla, una ruta ferroviaria y literaria que permite a los viajeros ver Soria con los ojos de los grandes escritores que pasaron por ella. Para apoyar esta feliz iniciativa, vamos a recordar al más famoso de ellos, Antonio Machado, y los cinco años que vivió en la ciudad castellana (1907-1912). En una segunda entrega recorreremos los lugares que frecuentó, incluido, ¡ay!, el cementerio donde yace Leonor.

En 1912 Machado publicaba Campos de Castilla, el libro que lo consagraba como un gran poeta, y perdía a Leonor, lo que más quería. Cinco años antes, el joven y aún desconocido autor de Soledades había llegado a la estación de Soria, ligero de equipaje, sin sospechar que esta ciudad castellana iba a hacerle latir el corazón más fuerte que ningún otro lugar del mundo y rompérselo en mil pedazos.

Por qué Machado eligió Soria, nadie lo sabe. Baeza y Mahón eran otras vacantes que podía haber escogido el 4 abril de 1907, cuando aprobó las oposiciones para profesor de lengua francesa. La ciudad andaluza, para un sevillano, parecía la mejor opción. Pero él explicaba, entre veras y burlas, que poco antes se había estrenado El genio alegre, de los hermanos Quintero, y que alguien le había recomendado: “Vaya usted a verla: en esa comedia está toda Andalucía”. Machado fue. “Y me dije: si es esto de verdad Andalucía, prefiero Soria”. Hacía casi 24 años que se había mudado con su familia a Madrid, cuando era un niño de ocho. En un plato de la balanza, debió de poner sus “recuerdos de un patio de Sevilla”. En el otro, “veinte años en tierra de Castilla”. Quizá fue determinante la proximidad a la capital, donde tenía todo lo que quería: familia, amigos, vida cultural… Soria está a 250 kilómetros de Madrid. Baeza, a más de 300. Y Mahón… Vaya usted a saber a cuánto está Mahón.

Instituto Antonio Machado

Instituto Antonio Machado, donde el poeta enseñaba francés. Y la prueba de que nunca suspendía a nadie.

El viaje de Madrid a Soria tampoco es que fuera un paseo. Machado lo pudo comprobar enseguida, al trasladarse para tomar posesión de su puesto: salió de la estación madrileña de Atocha a las ocho de la tarde del 30 abril y llegó a su destino a las seis de la mañana del día siguiente, después de haber hecho transbordo de madrugada en Torralba del Moral, cerca de Medinaceli. Pero esto, que para otros era un suplicio, para él era un placer. Machado estaba hecho, casi más que para la poesía, para los largos viajes en ferrocarril: “Yo, para todo viaje / ­­–siempre sobre la madera / de mi vagón de tercera–, / voy ligero de equipaje. / Si es de noche, porque no / acostumbro a dormir yo, / y de día, por mirar / los arbolitos pasar, / yo nunca duermo en el tren, / y, sin embargo, voy bien.”

Peor acomodo iba a hallar un joven culto y liberal como él en una ciudad tan chica (7.000 habitantes) y conservadora, capital de una provincia agrícola y ganadera, cuyas únicas distracciones eran tres periódicos bisemanales, tres casinos y tres cafés en los que no se hablaba más que de brutales asesinatos e incendios provocados, baldones del depauperado campo soriano de aquella época. Una ciudad casi invisible para el resto del mundo, a la que la Guía Baedeker de España y Portugal dedicaba un solo párrafo, a pesar de sus numerosos templos románicos y del claustro de San Juan de Duero, ruina la más romántica del país. Una ciudad venida a menos, empequeñecida más si cabe por la sombra legendaria de la cercana Numancia, cuyos restos estaban siendo excavados a la sazón por el arqueólogo alemán Adolf Schulten: “¡Muerta ciudad de señores / soldados o cazadores; / de portales con escudos / de cien linajes hidalgos, / y de famélicos galgos, / de galgos flacos y agudos, / que pululan por las sórdidas callejas, / y a la medianoche ululan, /  cuando graznan las cornejas!”.

Antes que como un gran poeta –que, aunque lo era, aún no tenía fama de tal–, Machado se reveló como un buen profesor; o, mejor dicho, como un profesor bueno, que jamás suspendía a ninguno de sus alumnos, pues, como sus maestros de la Institución Libre de Enseñanza, aborrecía los exámenes y la memorización de datos estériles, que nada aportaban al desarrollo del individuo. A pocos pasos del Instituto, en la calle Estudios esquina con Teatinos, se hallaba la pensión de Ceferino Izquierdo e Isabel Cuevas, a donde Machado se trasladó en diciembre, dos meses después de comenzar el curso, forzado por el cierre de la que hasta entonces lo había hospedado. Pronto simpatizó con la hija mayor de los dueños, Leonor. ¿Le recordaría aquella niña de 13 años a su hermana Cipriana, fallecida a los 14? Es posible. ¿Y pudo ella ver en aquel hombre sensible de 32 al buen padre que no tenía, pues Ceferino, guardia civil retirado, era de genio áspero y empinaba el codo? También.

Ermita de San Saturio

Ermita de San Saturio, junto al Duero, a donde el tímido Machado paseaba siguiendo de lejos a Leonor.

En abril de 1908 Machado fue nombrado vicedirector del Instituto. Cualquiera diría (cualquiera que no lo conociera) que se estaba integrando en la sociedad soriana. Publicaba poemas y artículos en la prensa local (sobre todo, en Tierra Soriana, con cuyo redactor jefe, José María Palacio, acabaría teniendo una entrañable relación). Asistía con asiduidad al Círculo de la Amistad, el casino reservado para el estado llano. Y daba largos paseos, como un soriano más, por la ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio, donde poco a poco iban brotando, como nuevos álamos al arrimo del río, los versos de Campos de Castilla, los que le harían famoso. Pero lo cierto es que Machado estaba deseando escapar de allí y que, si no se animaba a hacerlo, es porque bebía los vientos por Leonor.

¿Y qué podía hacer para declararse un tímido tan tímido, tanto que no osaba acercarse a Leonor cuando esta paseaba con sus tías y hermanos por la orilla del Duero, sino que la seguía de lejos? Pues lo que hizo: dejar con cuidadoso descuido estos versos, para que ella los leyera: “Y la niña que yo quiero, / ¡ay!, preferirá casarse / con un mocito barbero”. Parece ser que, en efecto, había un barbero que la pretendía, pero la niña prefirió al poeta. Y también sus padres, que consintieron en la boda con la condición de que no se celebrara hasta julio de 1909, cuando ella hubiera cumplido 15.

“El día de mi boda –le confesó Machado años más tarde en una carta a Pilar de Valderrama– fue para mí un verdadero martirio”. La víspera del enlace, uno de los tíos de Leonor le espetó al novio: “No olvide usted que mi sobrina es una niña”. “Lo sé –le contestó Machado– y no lo olvido”. A la ceremonia, que tuvo lugar el 30 de julio en la iglesia de Santa María la Mayor, en la Plaza Mayor, asistieron “gentes desocupadas” atraídas por una “insana curiosidad”, y tras ella, “unos cuantos jóvenes ineducados faltaron al respeto debido a todo el mundo”. Los entrecomillados son de la crónica que publicó Tierra Soriana, donde se da a entender que la unión de dos personas de edades tan distintas disparó el morbo y que hubo quien acudió con la única intención de aguar la fiesta.

Cementerio del Espino

Los ángeles de piedra del cementerio del Espino velan el sueño eterno de Leonor, el ángel de Machado.

Seguro que aquello no acrecentó las pocas ganas que Machado tenía de quedarse. Ya nada lo retenía, salvo su trabajo, y el 10 de marzo de 1910 solicitó una beca a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas para estudiar un año en París. Mientras llegaba la respuesta, siguió con sus clases y con la composición de Campos de Castilla. De una excursión que hizo aquel verano a las fuentes del Duero, en la sierra de Urbión, saldría La tierra de Alvargonzález. No de golpe, claro, porque los poemas de Machado tardaban meses, años incluso, en adoptar la forma definitiva.

El 18 de diciembre, la Gaceta de Madrid anunciaba que a D. Antonio Machado y Ruiz, catedrático del Instituto de Soria, se le había concedido una pensión de un año, a partir del 1 de enero de 1911, “para hacer estudios de Filología Francesa en Francia, con 350 pesetas mensuales, 500 para viajes y 200 para matrículas”. París era un sueño para Machado, un sueño que le iba a ofrecer la posibilidad de asistir a las clases del filósofo Henri Bergson y estrechar la amistad con Rubén Darío. Pero un sueño que, una vez hecho realidad, se tornó la peor de las pesadillas cuando, el 14 de julio, en plena fiesta nacional francesa, Leonor vomitó sangre: “Una noche de verano / –estaba abierto el balcón / y la puerta de mi casa– / la muerte en mi casa entró. / Se fue acercando a su lecho / –ni siquiera me miró–, / con unos dedos muy finos, / algo muy tenue rompió”. La tuberculosis, como le diría después Antonio Machado a su madre, les había “herido como un rayo en plena felicidad”.

De regreso en España, en septiembre de 1911, la salud de Leonor pareció mejorar, pero el crudo invierno soriano volvió a postrarla, de ahí que, al llegar la primavera, la pareja decidiera trasladarse de la casa de los padres de ella, donde se había instalado tras la boda, a otra en las vecindades de la ermita del Mirón, uno de los lugares más altos y ventilados de la ciudad, donde no faltaba el aire puro que los médicos siempre recomendaban en estos casos. Mariano Granados, que fue alumno de Machado en el Instituto, nunca olvidaría la escena que se repitió aquellos días en “el paseo del Mirón, amplio balcón entresolado que domina toda la ciudad y el hocino del Duero. Allí está don Antonio. Pero ahora empuja el cochecito donde afilada, fina, casi transparente, toma el sol Leonor, con su tez pálida y su belleza quebradiza, y sus manos exangües y la mirada infantil, un poco asombrada, de sus ojos que miraban ya desde la profundidad de sus ojeras”. Machado, con la excusa de contemplar mejor el paisaje, se alejaba lo suficiente de la tapia soleada junto a la que reposaba la enferma en su cochecito y lloraba sin que ella lo advirtiera, sin afectación, sin consuelo.

Iglesia de Santo Domingo

Machado, al que decían hereje y masón, acompañaba a Leonor a la iglesia románica de Santo Domingo.

En abril de 1912 se publicó Campos de Castilla, con inmediato éxito de ventas y entusiasta acogida de la crítica. En un abrir y cerrar de ojos, Machado pasó de ser el poeta casi anónimo de Soledades a la voz lírica más señera de la Generación del 98. El poema A un olmo seco, fechado ese mismo año, sugiere que pudo haber habido una mejoría momentánea de Leonor. Pero, el 1 de agosto, la muerte le asestó el último guadañazo y se la llevó a hacer compañía a los ángeles de piedra del cementerio del Espino. “Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar”.

Antonio Machado partió el 8 de agosto, en el tren de la noche. Su próximo destino académico sería Baeza. Tan sólo regresaría a Soria unas horas, 20 años más tarde, cuando lo nombraron hijo adoptivo de la ciudad. Pero donde quiera que estuviese, su corazón siempre volvía a ella, para estar con ella. “En Córdoba la serrana, / en Sevilla marinera / y labradora, que tiene / hinchada, hacia el mar, la vela; / y en el ancho llano / por donde la arena sorbe / la baba del mar amargo, / hacia la fuente de Duero / mi corazón ¡Soria Pura!  / se tornaba… ¡Oh, fronteriza / entre la tierra y la luna! / ¡Alta paramera / donde corre el Duero niño, / tierra donde está su tierra!”. La tierra de Leonor, claro.

Cómo ir. El tren Campos de Castilla (Madrid-Soria-Madrid) circula 12 fines de semana desde mayo hasta noviembre. El viaje, de dos días de duración, incluye, además del tren, una degustación de productos típicos sorianos, amenización teatral a bordo, traslado en autobús y visita a la ermita de San Saturio y San Juan de Duero, recorrido guiado por el centro histórico de Soria (iglesia de Santo Domingo, Instituto Antonio Machado y casino Círculo de la Amistad), visita a la Laguna Negra y al yacimiento arqueológico de Numancia, pasaporte para promociones y descuentos en bares de tapas, restaurantes y comercios, y una noche en hotel de 2 o 4 estrellas, con desayuno incluido. El precio es de 105 euros por persona (en hotel de 2 estrellas) o de 120 euros (en hotel de 4 estrellas). Reservas. Soria Vacaciones (975 232 252). Más información. Turismo de Soria (975 212 052).

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Cabo de Gata (Almería): Vulcano, Eolo y Neptuno

La revista Rutas del Mundo, dirigida por Josep Borrell, me dedicó en su número de marzo la sección Un fotógrafo y un destino, donde publiqué algunas fotos del Cabo de Gata (Almería). Seguramente he hecho fotos mejores en otros lugares del mundo, pero no más queridos que éste. Para ver el reportaje, hacer clic en la imagen de arriba o aquí: ?attachment_id=4274

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Gatos viajeros (IV): Colin’s, la polizona accidental

gatos polizones

Parece mentira lo mucho que les tiran el mar y los barcos a los gatos, con lo poco que les gusta mojarse.

Hay gatos que han sobrevivido hasta tres semanas sin comer ni beber encerrados en contenedores y dando tumbos por los siete mares del mundo. Si esto les parece increíble, esperen a oír la historia de Colin’s, una gata neozelandesa que se despertó en un barco que iba a Corea del Sur (donde gatos y perros han formado tradicionalmente parte de la dieta popular) y volvió a su casa en una limusina blanca. Zarpó como polizona y regresó como reina de los mares.

El 11 de julio de 2012, un mercante procedente de Shanghái arribaba a Los Ángeles y, en el interior de uno de sus contenedores, aparecía un gatito de unos tres meses que había sobrevivido sin comer ni beber durante las dos semanas que el barco había tardado en recorrer los 10.500 kilómetros que separan las dos orillas del Pacífico. Lo máximo que puede estar un humano sin hidratarse (sin beber, nos referimos, no sin echarse body milk) son diez días, y eso en condiciones ideales de temperatura y humedad, así que, dando bandazos por el océano en verano dentro de un cajón metálico, lo más probable es que no durase ni dos. La foto de Ni Hao (que así fue bautizado por sus descubridores: Hola, en mandarín) acaparó las secciones de noticias insólitas de los diarios, y si no acaparó también las portadas fue porque Rajoy anunció ese mismo día la subida del IVA al 21%, algo que hace que mucha gente en España llegue a final de mes como el gatito chino llegó a América: tiritando.

gato polizón Ni Hao

El gatito Ni Hao (Hola, en chino), poco después de su travesía oceánica de dos semanas sin comida ni bebida.

Por insólita que parezca la aventura de Ni Hao, los casos de mininos que, llevados por su proverbial curiosidad, se quedan atrapados en algún embalaje y aparecen vivos y coleando en otro continente después de una larga travesía son relativamente frecuentes, a tal punto que, si no conociéramos a estos animales y su apego obsesivo al terruño, por mísero que éste sea, pensaríamos que se trata de alguna forma de migración o de turismo extremo felino. En noviembre de 2009, el gato Pharaoh navegó algo más de 4.800 kilómetros, desde Port Said, en Egipto, hasta al puerto de Felixstowe, en Inglaterra, encerrado en un contenedor del MV Maersk Batam. El nombre de Faraón, excesivo para un gato famélico, se lo pusieron los exagerados estibadores del puerto inglés, que lo primero que pensaron, al pegar la oreja al container, es que dentro había un león. Tres años antes, en noviembre de 2006, otro gato cuyo nombre no hemos logrado averiguar, pero al que podemos llamar Moisés por su origen y por su forma milagrosa de atravesar el mar, había hecho un viaje similar al de Pharaoh, desde Israel hasta Inglaterra. Sabemos, eso sí, que era blanco, que tenía un ojo verde y otro azul y que permaneció atrapado y en ayunas durante 17 días, desde que el contenedor fue precintado en una fábrica de plásticos de Afula hasta que lo abrieron en un almacén de Lancashire.

Algo más de tiempo que Moisés, tres semanas completas, había permanecido la gata Emily dentro de un contenedor lleno de papel que recorrió medio mundo, desde Wisconsin (Estados Unidos) hasta la fábrica de etiquetas adhesivas UPM Raflatac de Nancy (Francia), pasando por Chicago y Bélgica, en octubre de 2005. En su caso, como llevaba un collar con un número de identificación y el teléfono del veterinario, se la pudo enviar de vuelta a casa, regreso que se verificó, no en otro barco, lo cual ya hubiese sido demasiado para la pobre Emily, sino en un asiento de clase business ofrecido por Continental Airlines, compañía que por 4.500 euros –lo que dejó de ingresar por ese pasaje– se metió en el bolsillo a todos los amantes de los gatos y consiguió publicidad gratuita en las principales cadenas de televisión y agencias de noticias, como la BBC (ver vídeo) o Associated Press (ver vídeo).

colin's, la gata polizona

Colin's, la gata polizona neozelandesa, fotografiada en el puente del buque-cisterna surcoreano Tomiwaka.

Pero la travesía accidental más sonada, con mucha diferencia, fue la que protagonizó la gata neozelandesa Colin’s en noviembre de 2001. Colin´s no era una gata cualquiera. Había sido adoptada a principios de los 90 por Colin Butler, el director de la terminal de buques-cisterna de Port Taranaki, en New Plymouth (de ahí su nombre: Colin’s Cat o Colin’s a secas), y era la niña mimada del puerto, a la que todo el mundo –trabajadores, marineros, visitantes, autoridades…– hacía cucamonas y ofrecía alguna golosina, que ella aceptaba siempre de muy buena gana. Así se explican las siguientes tres cosas: 1) la gran atención que despertó su caso; 2) lo rolliza que estaba (véase la foto de arriba), y 3) que el 14 de noviembre de 2001 se subiera confiadamente a un barco surcoreano y, después de saciar su apetito en la cabina del segundo ingeniero, se echara una siestecita con él, despertándose los dos cuando el buque ya había zarpado rumbo al país asiático.

Al segundo ingeniero, por lo que se ve, no se le necesitaba mucho en el barco, pero a Colin’s sí que se la echó enseguida de menos en el puerto. Lo primero que se pensó, cuando se supo dónde estaba, fue que quizá sólo hubiera que esperar unas semanas a que el buque-cisterna surcoreano regresara a Port Taranaki; pero, para gran decepción de los que así pensaban, el capitán surcoreano Chang Seong-mo les informó que el viejo Tomiwaka no estaba ya para más trotes y que, después de recorrer aquellos 9.600 kilómetros, iba a ser desguazado. La segunda mejor idea que se les ocurrió a los atribulados kiwis –el plan b, para darle el título peliculero que merecía– consistía en intentar el transbordo del felino a otro barco con el que se cruzara en alta mar. Un periódico neozelandés –porque el caso ya estaba dando vueltas en las rotativas sugirió en una de sus viñetas humorísticas que bastaría con que Colin’s leyera el menú de a bordo para que, del susto, saltara ella sola a otro barco, dando a entender de una forma muy poco sutil y nada diplomática que la carne de gato no repugna a los coreanos. Opiniones más sensatas, sin embargo, objetaron que aquel salto no era una broma: abarloar dos buques-cisterna cargados de sustancias explosivas en medio de un mar agitado, como el que había aquellos días, era una maniobra temeraria, casi tanto como cabrear con una viñeta al cocinero del barco surcoreano. Nada que hacer, pues, hasta que el Tomiwaka llegara a su destino, algo que, con el mal tiempo, iba a acabar demorando 18 días. Huelga decir que, mientras todo el mundo se devanaba los sesos haciendo planes, reportajes, colectas y rogativas, Colin’s andaba tan feliz por el barco, recibiendo las mismas atenciones que en casa, o sea muchas. El capitán era especialmente amable: la dejaba subir al puente y la fotografiaba. Ella no podía sospechar que esas imágenes eran pruebas de vida que Chang Seong-mo enviaba por correo electrónico para tranquilizar a los malpensados y no fotos para su book de reina de los mares.

viñeta sobre Colin's

Colin's salta a otro barco al ver el menú de los surcoreanos. Viñeta de The New Zealand Shipping Gazette.

Resignados de mala gana a la larga espera, sobrepasados por aquella bola de nieve informativa que iba creciendo día a día y temerosos de que el asunto se pudiera complicar (aún más), en Port Taranaki decidieron que había que enviar a alguien a Corea del Sur a recoger a Colin’s; y no a cualquier mandado, sino a una persona caracterizada, acostumbrada a abrir puertas de despachos y a agilizar los papeleos más enrevesados; alguien que untase a quien hubiese que untar para burlar la cuarentena y que saliese pitando con la gata sin dejar de mostrar la mejor de sus sonrisas delante de las cámaras. El superintendente de la terminal, Gordon MacPherson, que había tomado a su cargo a Colin’s cuando Colin Butler dejó su puesto años atrás, voló a Seúl y, de allí, al puerto de Yeosu, donde recibió al pie de la escalerilla del Tomiwaka a la oronda y ya famosísima Colin’s, cuyo rescate, a estas alturas, se había convertido en un reality show cubierto por cuatro equipos de televisión y patrocinado por Whiskas de Nueva Zelanda. Y así, por fin, el 5 de diciembre, Colin’s pudo volver a New Plymouth, donde fue recibida por una muchedumbre, paseada en una limusina blanca y felicitada por el alcalde, Peter Tennent, quien le hizo entrega de una medalla y de un diploma que la acreditaban como embajadora honoraria de la ciudad, título que le había sido otorgado, dijo, “en reconocimiento a sus esfuerzos por estrechar las relaciones internacionales”. La frase tiene más gracia si uno se imagina la cara que pondría el cocinero del Tomiwaka al ver la viñeta de marras.

Después de aquel baño de multitudes, como ningún otro gato se ha dado nunca, Colin’s regresó a los muelles de Port Taranaki, donde siguió siendo agasajada por todo el mundo –incluido Colin Butler, que no quiso perderse la supernova en que se había convertido su vieja mascota– hasta que el 15 de mayo de 2007 pasó (íbamos a decir a mejor vida, pero no, porque en su caso era imposible) a otra vida. Incluso después de muerta, Colin’s siguió y sigue atrayendo a admiradores que depositan flores sobre la lápida que la recuerda en la terminal, y la web oficial de Port Taranaki mantiene un apartado especial dedicado a ella. Allí están registrados, día a día, los pormenores de esta odisea gatuna, para pasmo del mundo y para que nadie diga que nos hemos inventado nada.

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Gatos viajeros (III): Jonesy, el noveno pasajero

Jonesy y Ripley

La teniente Ellen Ripley (Sigourney Weaver), con el gato Jonesy, el auténtico protagonista de 'Alien' (1979).

El territorio de un gato abarca un área de entre 25 metros y cuatro kilómetros de radio. ¿Qué hace, pues, un minino terrícola en el sistema extrasolar Zeta II Reticuli? Nuestra opinión es que nada en absoluto, pero esto habría que preguntárselo a los guionistas de Alien, la magna película de terror y ciencia ficción dirigida por Ridley Scott y estrenada en 1979. En esta tercera entrega de Gatos viajeros, recordamos la odisea espacial de Jonesy, el único pasajero de la nave Nostromo que miró a la cara de la bestia extraterrestre y vivió para contarlo. O para maullarlo.

Repasando la apasionante (y aún no contada como se merece) odisea de los animales en el espacio, nos ha sorprendido la escasísima cantidad de gatos que han viajado fuera de la atmósfera terrestre, frente al número alarmantemente alto de individuos de otras especies que lo han hecho: monos, perros, ardillas, conejillos de indias, ratas, ratones, tortugas, ranas, gallipatos, peces, gambas, escorpiones, arañas, escarabajos de la harina, abejorros carpinteros, hormigas, moscas de la fruta, gusanos de seda, cucarachas silbantes de Madagascar e incluso frijoles saltarines mexicanos, que son unas semillas con larvas vivas de las polillas Cydia deshaisiana en su interior. Que sepamos, solo Francia ha depositado su confianza en estos animales al lanzar al espacio a la gata Félicette el 18 de octubre de 1963 y a otro héroe felino anónimo que murió en acto de servicio seis días después, algo, dicho sea de paso, que ocurre con frecuencia cuando se mete en una cápsula a inocentes irracionales en vez de a seres humanos con contratos, seguros de accidentes y abogados.

Las razones de este vacío gatuno (no absoluto, pero casi) pueden ser las siguientes: a) que las fuentes que hemos consultado no sean muy fiables; b) que los gatos resulten poco útiles en condiciones de ingravidez, lo cual parece deducirse de los experimentos realizados por las fuerzas aéreas estadounidenses en vuelos Zero-G, en los que los mininos bracean y mueven el rabo frenéticamente en un intento tan desesperado como infructuoso de permanecer panza abajo y caer de pie; c) que bastante odisea es ya llevar al gato al veterinario; d) a y b; e) a y c; f) a, b y c.

Aparte de los susodichos chats, los únicos gatos astronautas de los que tenemos noticia son los de ficción. Como Spot, la mascota del androide Data, que sale en cuatro capítulos de la serie de televisión Star Trek: la nueva generación (1987-1994) y en dos películas de la misma franquicia: Star Trek VII: la próxima generación (1994) y Star Trek X: Némesis (2002). En el primer capítulo en que aparece, Spot es un bonito ejemplar de raza somalí, pero luego, sin explicación alguna, aparece transformado en un gato común, metamorfosis que los autores de The Star Trek Encyclopedia, incapaces de aceptar una negligencia de los dioses que han creado su adorado universo, atribuyen a una mutación accidental acaecida durante un viaje en el teletransportador. Aunque para mutaciones, la que Spot hace sufrir a su amo, al exprimir su corazón de robot, ajeno a las pasiones humanas, y hacerle derramar una lágrima, la primera, de forma que los fanáticos del mundo Trek le consideran no ya una mera mascota con un papel anecdótico en la saga, sino el catalizador de la maduración emocional de Data. En el siguiente vídeo, vemos a Data tratando de adiestrar al minino.

Rebuscando en Internet, hemos encontrado otros morrongos galácticos, como Titan y Atlas, los protagonistas de Cats in Space (Robert & James Dastoli, 2012), cortometraje que traslada la tradicional guerra hogareña entre gatos y roedores a la última frontera, donde ni siquiera llega el repartidor de Whiskas. O como el famoso Gato Jedi, que se defiende del acoso de un par de chuchos con una espada láser en cada mano. Y aunque su ADN no sea cien por cien gatuno, ahí están los ThunderCats, una serie de dibujos animados de los años 80, en la que un grupo de nobles felinos (leones, tigres, panteras, linces, pumas…), procedentes del planeta Thundera, se juega los bigotes luchando contra odiosos mutantes con aspecto de lagartos, chacales, mandriles, ratas…

Las aventuras de todos los gatos anteriores, siendo muy interesantes, palidecen ante las de Jonesy, el octavo pasajero de la nave Nostromo, noveno después de que se subiera el alienígena. En realidad, cualquiera que vea Alien con ojos atentos, ojos de gato, se dará cuenta de que Jonesy no es ni el octavo, ni el noveno pasajero, sino el primero, el auténtico protagonista de la película. No aparece mucho, es verdad, pero sus intervenciones son clave, bien para aliviar la tensión o bien para incrementarla hasta extremos desgarradores, de zarpazo por la espalda. En el minuto 22, casi 23, lo vemos por primera vez, acicalándose a lametones mientras Ripley (Sigourney Weaver) trata de descodificar el mensaje de la nave extraterrestre. Es una interpretación magistral. Transmite confianza absoluta. Si hubiera algún problema, no se estaría atusando tan pancho, sino meneando la cola nerviosamente u orientando las orejas como radares, porque un gato es básicamente eso, un detector de situaciones potencialmente desagradables alimentado por una corriente continua de caricias y croquetitas. Desde luego, viéndole, nadie puede pensar que lo que aguarda al equipo de exploración es una bodega llena de monstruosos huevos Kinder, con sorpresa nada dulce dentro.

Jonesy en el puente de mando de la nave Nostromo.

Jonesy, tan pancho en la 'Nostromo', mientras sus compañeros humanos descubren los huevos alienígenas.

Diez minutos después, cuando ya se ve que sí, que hay problemas, Jonesy vuelve a aparecer tan tranquilo, ahora en brazos de Ripley, restando de nuevo dramatismo a la situación, como diciendo: “Calma, amigos, volver de un paseo espacial con un centollo alienígena aferrado a la cara, como ha vuelto Kane (John Hurt), son gajes del oficio, lo normal en estos casos”. Es el típico personaje que no pierde jamás la compostura y que barruntamos que sobrevivirá al resto precisamente por eso.

El momento estelar de Jonesy, sin embargo, llega al cumplirse una hora de película, cuando Ripley y los ingenieros Parker (Yaphet Kotto) y Brett (Harry Dean Stanton) están buscando al bichejo extraterrestre por las tripas de la Nostromo y el gato sale escopetado de un escondrijo, dándoles un susto de infarto triple. Toda la escena siguiente, Jonesy es el protagonista invisible. Oímos sus maullidos, vemos a Brett llamándole (“Ven aquí, gatito…”) y prácticamente contemplamos con sus ojos cómo la babosa y ya crecidita criatura liquida a este último con parsimonia, casi gustándose. Curiosamente, lo primero que dijo el actor Harry Dean Stanton al entrevistarse con Ridley Scott era que odiaba las escenas de ciencia ficción y las películas de monstruos. Al director le hizo mucha gracia aquello y, viendo el final que le reservaba a su personaje, se comprende por qué.

Nuestra pequeña estrella tendrá todavía otros dos momentos de gloria. Cerca del final, cuando Ripley se prepara para abandonar la nave en la lanzadera y busca a Jonesy para meterlo en su caja, éste sale como un rayo de detrás de un asiento, dándole a la teniente y al espectador un nuevo susto padre. Poco después, en medio de un jaleo infernal de sirenas, chorros de vapor y cuentas atrás, el xenomorfo se acerca a la caja donde ya está Jonesy encerrado y, en un gesto enternecedor, que nos hace pensar en otros malos malísimos amantes de los gatos, como el Doctor No o Gargamel, le dedica una sonrisa –tal parece la mandíbula acerada del monstruo, herida por la luces de emergencia de la nave a punto de autodestruirse– y le perdona la vida. Es también, no hace falta decirlo, una puerta abierta que dejan los guionistas, porque una vez aniquilado el demonio extraterrestre, a todos nos cunde la sospecha de que el gato puede llevar dentro su semilla revientapechos, y no es para pensar otra cosa mejor, después de lo que hemos visto.

Para los que, además de gatófilos, son cinéfilos, el making of de Alien ofrece un par de curiosidades relacionadas con Jonesy. La primera es que, para dar vida al personaje, se utilizaron, no uno, ni dos, sino cuatro gatos, sabia previsión cuando se trabaja con un animal que rara vez hace lo que de él se espera, menos aún lo que se quiere y nunca lo que se le obliga. Y la segunda es que, a los pocos días de rodaje, se descubrió que Sigourney era alérgica a la mezcla de pelo de gato con la glicerina usada para simular el sudor que chorreaba por todos los poros la aterrorizada tripulación. Bastó eliminar este producto para que la actriz pudiera seguir trabajando con gatos. Con los cuatro.

Ripley abraza a Jonesy

Nadie diría, viendo esta foto del rodaje, que Sigourney era alérgica al pelo de gato. El truco era sudar poco.

Siete años después del estreno de Alien y 57 despúes de que Ripley y Jonesy se sumieran en el hipersueño a bordo de la lanzadera a la deriva, los dos únicos supervivientes de la Nostromo fueron rescatados justo a tiempo para participar en la secuela Aliens, el regreso (James Cameron, 1986). Increíblemente, a Ripley la convencen para que vuelva a LV-426, el planetoide donde encontraron los huevos alienígenas hace más de medio siglo y donde (mira que el universo es grande) ha ido a establecerse una colonia humana que no da señales de vida; una misión que acepta para recuperar la licencia de vuelo (perdida tras el siniestro total de la Nostromo) y para hacer frente a sus temores, la típica chorrada psicoanalítica que funciona en los guiones de Hollywood. Algo, sin embargo, sí parece haber aprendido: que el espacio no es lugar para gatos. “Y tú no te preocupes –le dice a Jonesy–: te quedarás aquí”. La verdad es que, muy preocupado, nunca se le vio.

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Vaya, vaya, en Benidorm (Alicante) hay montaña

Benidorm, visto desde la Serra Gelada

Benidorm, visto desde las estribaciones de la Serra Gelada. Rascacielos y senderismo, qué extraña pareja.

No sólo Benidorm. Toda la costa de Alicante está llena de montañas bellísimas, radiantes, “que parecen de porcelana y de cristal” (Azorín); montañas que resisten heroicamente el asedio de las urbanizaciones, los parques temáticos y los campos de golf. Tres de ellas, las que visitamos en esta ruta, tienen garantizada su supervivencia porque son parques naturales: Montgó, peñón de Ifach y Serra Gelada. Claro que eso, en este país, puede cambiar en cualquier momento.

Multitud de preciosas montañas calizas salpican la costa alicantina, pero como el negocio es el negocio, solo han sido declaradas no urbanizables (o sea, parques naturales) tres de ellas. Que son, de norte a sur: el macizo del Montgó, entre Dénia y Jávea; el peñón de Ifach, en Calpe, y Serra Gelada, al lado de Benidorm. Para visitar la primera hay que salir de Dénia hacia Jávea por la carretera litoral CV-736, que trepa rauda por la falda norteña del Montgó, ganando en corto trecho 200 metros de altura. Debe prestarse mucha atención porque, a 3,5 kilómetros de la última casa, sale a mano derecha una pista de tierra cuya prolongación es el sendero PR-CV-355, que lleva en dos horas largas hasta la cima de esta montaña de 753 metros, desde la que se avista Ibiza en los días claros. Si no apetece andar, existe un plan B: medio kilómetro más adelante se desvía a la izquierda la carretera que conduce al cabo de San Antonio, donde hay una buena vista del Montgó, aparte de unos acantilados que quitan el hipo. También, si la víspera ha llovido, se llega a ver Ibiza. Y, si no, se puede ver al menos el cardo de peña, que, además de aquí, crece en la isla Pitiusa.

Flora del Montgó y cabo de San Antonio

Más de 650 especies botánicas pueblan el Montgó, macizo que se asoma al mar en el cabo de San Antonio.

Otra planta muy rara, la silene de Ifach, que ha estado varias décadas bordeando el precipicio de la extinción, puede encontrarse en Calpe, aferrada a las paredes del peñón que le da nombre. El peñon de Ifach (o, como allí le llaman, el penyal d’Ifac) es uno de los parques naturales más chicos de Europa (45 hectáreas), pero su cumbre no es nada pequeña (332 metros de roca vertical) y para hollarla hay que caminar dos horas y media (vuelta incluida) por una senda que atraviesa un túnel horadado en la pared septentrional. Además de flores singulares, el peñón alberga un millar y medio de gaviotas patiamarillas. No lo decimos porque tengan un gran interés ornitológico, sino porque hay que procurar dejar el coche aparcado fuera del alcance de sus bombas, que tampoco son pequeñas.

Peñón de Ifach

El pequeño gran peñón de Ifach, en Calpe, es refugio de plantas endémicas y nido de gaviotas 'bombarderas'.

De Jávea a Calpe hay 25 kilómetros y otros tantos de Calpe a Benidorm, flor la más grande y extraña que ha dado Alicante, con largos estambres de acero y hormigón que, en vez de polen, contienen turistas extranjeros, mayormente ingleses. Pegada al último rascacielos de la playa de Levante, está Serra Gelada, seis kilómetros de costa virgen, demasiado abrupta para construir torres de 50 plantas. En coche se puede subir hasta la cruz que corona la primera cima para contemplar el skyline de Benidorm como desde un helicóptero. Otra carretera, pero ésta cerrada al tráfico, permite ir caminando en una hora desde la misma playa hasta la punta del Cavall y ver acantilados de 300 metros de altura. Algunos de ellos, más que verticales, son cóncavos, como tsunamis petrificados.

Macizo del Montgó

Una senda clara conduce en dos horas largas hasta la cima del Montgó, desde donde se llega a ver Ibiza.

Cómo llegar. Dénia está en el norte de Alicante, a 91 kilómetros de la capital yendo por la autopista AP-7. La ruta propuesta de Dénia a Benidorm, pasando por Calpe, es de 60 kilómetros. Comer. La Casa (Calpe; 965 837 312): el mejor restaurante de Calpe, para muchos, es este suizo, acogedor y nada caro. Dormir. Buenavista (Dénia; 965 787 995): hotelito instalado en una villa decimonónica, con vistas al mar y al Montgó, jardín, piscina y restaurante de cocina moderna. Les Rotes (Dénia; 965 780 323): hotel de cuatro estrellas en una casa señorial en las estribaciones del Montgó, junto a la cala de Punta Negra, con restaurante de cocina mediterránea. Se pueden ver otras opciones para alojarse en Hoteles Alicante. Más información. Parques Naturales de la Comunidad Valenciana.

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Peñíscola (Castellón): caminando por la tierra de Luna

playa del Pebret

Al pie de la sierra de Irta se suceden las calas vírgenes y solitarias, en un litoral predominantemente rocoso.

Además de mucha historia y mucha playa, Peñíscola tiene un entorno natural que permite aislarse de las multitudes: montañas, calas salvajes y humedales, testigos de cómo era la costa castellonense en tiempos del papa Luna. Senderismo en la sierra de Irta y observación de aves en el marjal de Peñísccola son dos alternativas para los que se aburren haciendo lo de siempre.

Vivo, el papa Luna (1328-1423) hizo llamativos milagros, como cuando exterminó una plaga de arañas con su sola palabra o como la noche en que viajó de Peñíscola a Roma flotando sobre su manto. Pero el mayor de todos lo ha hecho después de muerto, al atraer cada año a 300.000 personas al castillo donde se encerró hasta el final de su larga existencia, repitiendo que él era el único papa bueno de los varios que entonces había y lanzando excomuniones a diestro y siniestro. Esta antigua fortaleza templaria, que señorea desde el siglo XIII la península rocosa sobre la que se asienta la ciudad vieja, es el monumento más visitado de España después de la Alhambra.

Otro lugar de Peñíscola que atrae a las multitudes es la playa Norte, un arenal rectilíneo de cinco kilómetros de longitud bordado de hoteles y apartamentos que se prolonga por el vecino municipio de Benicarló hasta Vinarós, ya en la linde de Castellón y Tarragona. Para compensar, al otro lado de Peñíscola, al sur, se extiende la sierra de Irta, una montaña de 573 metros de altitud que es una balconada desierta sobre el mar esmeralda, florida de blancas estepas y amarillas aliagas. Las ruinas de los castillos de Pulpis y de Xivert y las del despoblado que da nombre a la sierra acentúan, más si cabe, su soledad. El milagro, aquí, sería tropezarse con otra persona.

Murallas de Peñíscola

La vieja Peñíscola se asoma al Mediterráneo por encima de las murallas. Ciudad en el Mar, la llaman.

Para conocer esta belleza solitaria, se ha de salir en coche de Peñíscola por la calle Carrer d’Irta y, tres kilómetros después, dejar el asfalto para seguir una pista de tierra abierta al tráfico que continúa pegada a la orilla. Dicha pista bordea calas tan cucas como Ordí y l’Aljub y asciende luego con fuerte pendiente a la torre Abadum, que es alta y clara, de roca caliza, como los acantilados de 40 metros, llenos de aves marinas, sobre los que se yergue. Tras rebasar esta vieja atalaya, erigida para prevenir los ataques de los piratas berberiscos, la pista caracolea de bajada hacia la playa del Pebret, donde se conserva uno de los últimos campos de dunas del litoral castellonense. Aquí se puede dejar el coche para adentrarse a pie en la sierra siguiendo el camino señalizado que sube al Pou del Moro y al Mas del Senyor, y luego bajar de nuevo a la playa cruzando los restos melancólicos del despoblado de Irta. El folleto con los distintos senderos que hay señalizados en la sierra de Irta se puede descargar en http://www.peniscola.es/bd/archivos/archivo95.pdf.

Donde tampoco se ven multitudes es en el marjal de Peñíscola. Multitudes de humanos, queremos decir, porque en este paraje natural se concentran la mayor población mundial de samarucs y una de las últimas de fartets, peces ambos en peligro de extinción. Dispone de un paseo ribereño con paneles, pasarelas y observatorios para mirar, sin incordiar, a los zampullines, ánades reales y pollas de agua que aquí anidan. Que este humedal haya sobrevivido a 500 metros del casco histórico, detrás de la playa Norte, la principal y más urbanizada de la ciudad, sí que es un milagro, mayor que todos los del papa Luna.

Puerto de Peñíscola

Atardecer en el puerto de Peñíscola. En lontananza, se yergue la sierra de Irta, a 573 metros sobre el mar.

Cómo llegar. Peñíscola dista 74 kilómetros de Castellón yendo por la autopista AP-7. Comer. Casa Dorotea (San Vicente, 12; 964 480 863): espectacular cazuela de rape a la marinera en un acogedor rincón del casco antiguo; precios razonables. Casa Jaime (Avenida del Papa Luna, 5; 964 480 030): restaurante familiar en la playa Norte; merece la pena probar el arroz Calabuch; tirando a caro. Dormir. En los hoteles de Peñíscola se pueden encontrar habitaciones dobles a partir de 37 euros. Más información. Turismo de Peñíscola: 964 480 208. Parque Natural de la Serra d’Irta: 964 467 596 y  679 196 398.

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Del Guadiana al Guadalquivir, por toda la orilla (Huelva)

Playa de Mazagón

La playa de Mazagón, como casi todas las de Huelva, se conserva casi, casi como en tiempos de los fenicios.

Una ruta memorable por la Costa de la Luz: 150 kilómetros de arenas doradas que dibujan, desde Ayamonte hasta Doñana, la sonrisa más amplia y luminosa del litoral andaluz. Este ancho mundo, este infinito paisaje de playas bordadas de dunas y pinos piñoneros (en lontananza, los barcos pescando la sardina y el camarón), apenas ha cambiado desde que Tartessos tuvo aquí su asiento y los comerciantes fenicios y griegos se aventuraban por estos mares.

Dicen que lo que empieza mal, acaba mal, pero cualquiera que conozca el joven Guadiana de La Mancha, un regato flaco e intermitente como el juicio de don Quijote, se frotará los ojos al descubrirlo justo antes de que se lo beba el mar, convertido en un hermoso río de medio kilómetro de anchura y diez metros de profundidad, como si en el ínterin no hubiese atravesado parte de Extremadura y de Andalucía, sino un lluvioso país tropical.

Recostada en un cerro a orillas del Guadiana, encontramos la vieja Ayamonte. En el barrio de la Villa, en lo más alto, estuvo el castillo árabe sobre cuyas ruinas se levantó el Parador, un vistoso lugar al que, estemos o no alojados, debemos subir al atardecer para explayar la mirada sobre la desembocadura del río, señoreada ésta por la esbelta silueta, futurista, del puente atirantado que une España y Portugal. El resto del casco urbano se ensancha, salpicado de iglesias góticas, plazas forradas de azulejos y casas de indianos –que aquí llaman brasiles–, hasta el puerto donde diariamente se descargan las delicadeces del tapeo local: los boquerones, las sardinas, los jurelitos y la raya, que en pimentón, como la hacen en el bar Cortada, es como mejor está. Para variar, jamón de la sierra de Aracena. Para beber, vinos del Condado.

A 16 kilómetros de Ayamonte, recorriendo la costa hacia naciente, se halla Isla Cristina, uno de los principales reclamos turísticos del litoral onubense. Con diez kilómetros de playas de arenas doradas en las que ondean un par de banderas azules, medio centenar de restaurantes, 27 hoyos de golf y más de 3.000 plazas en hoteles de calidad (incluido el primero de cinco estrellas que se abrió en la provincia), el que se lo pasa mal en Isla Cristina, es porque quiere.

Casa-museo de Zenobia y Juan Ramón / playa de Doñana

Casa de la infancia de Juan Ramón, en Moguer, y barca con el escudo del Betis varada en la playa de Doñana.

Más al este, está Lepe, población que tan sólo ofrece a la curiosidad del viajero una bonita plaza y una iglesia mudéjar. Hace años se celebraba un concurso de chistes. Ya no. Más miga tiene la vecina ciudad de Cartaya, que, habitada desde tiempos de los fenicios, se apiña blanquísima alrededor de su castillo romano, luego árabe y por fin de los Zúñiga, dominando el curso bajo del Piedras. Un río éste que, en su desembocadura, protagoniza uno de los fenómenos geomorfológicos más espectaculares de las costas andaluzas. Es la llamada Flecha de El Rompido, una barra arenosa de diez kilómetros, formada por la corriente del Atlántico, que crece a razón de 40 metros al año, obligando al Piedras a dar un rodeo cada vez más largo para morir. En el playazo resultante, que es parque natural desde 1989, resulta más fácil tropezarse con una bandada de gaviotas o de cormoranes que con una familia de bípedos implumes.

La siguiente estación de nuestra ruta costera, Punta Umbría, no era más que un poblado de pescadores con cuatro chozas y una torre-almenara del siglo XVII hasta que en 1896 llegaron los ingleses de las minas de Riotinto y comenzaron a levantar, a orillas del Odiel, sus chalés de junco y madera. Hoy, con casi 15.000 habitantes censados y cerca de 100.000 en verano, Punta Umbría es famosa por sus playas kilométricas y, también, por sus espacios naturales: la laguna del Portil, los Enebrales y, sobre todo, las marismas del Odiel, que es el humedal más importante del litoral andaluz después de Doñana. En sus casi 7.000 hectáreas de canales, islotes, esteros y aguazales, pueden avistarse más de 300 especies distintas de aves, desde las rarísimas pagarzas hasta las habituales espátulas, las cuales se reúnen aquí en número increíble (aproximadamente, la tercera parte de todas las que crían en el continente europeo), organizando un guirigay en los carrizos que recuerda vivamente  el crotorar de una cigüeña, sólo que multiplicado por mil.

Para recorrer la otra mitad de la Costa de la Luz, la oriental, tenemos que atravesar la capital onubense y, haciendo como que no vemos (ni olemos) las industrias que nos acompañan hasta la salida de la ciudad, arrimarnos al monasterio de La Rábida, donde, alrededor de sus dos claustros chiquitos, como de convento de muñecas, se cocinó la mayor aventura de la humanidad: el descubrimiento de América. Sabido es que Colón convenció aquí de sus locos proyectos a fray Antonio Marchena y fray Juan Pérez, quienes, a su vez, consiguieron introducirlo en la Corte. El vecino muelle de las Carabelas, donde están atracadas tres fieles reproducciones de aquellas pequeñas grandes naos; el monumento a Colón, obra en rubia piedra de Niebla de la escultora Gertrudis V. Whitney, que atalaya desde sus 37 metros de altura la confluencia de los ríos Tinto y Odiel; y la población de Palos de la Frontera, punto inicial de la travesía y madre de 60 de los 90 marineros que la hicieron posible –incluidos los Pinzones–, son otros hitos insoslayables de la ruta colombina por tierras de Huelva.

Claustro mudéjar del monasterio de La Rábida

Alrededor del claustro mudéjar del monasterio de La Rábida se fraguó la mayor aventura de la humanidad.

A siete kilómetros de Palos, río Tinto arriba, aparece, rodeado de campos de fresas, el impecable caserío blanco de Moguer, cuna del poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958), premio Nobel de Literatura en 1956, al que no hay dedicado un solo museo, sino dos, en la casa donde nació –calle de la Ribera– y en la que pasó la mayor parte de su infancia –calle Juan Ramón Jiménez–. La joya monumental de Moguer es Santa Clara, un monasterio construido entre los siglos XIV y XVI que, por fuera, parece una fortaleza pero, por dentro, es el cielo hecho patio, con su claustrillo mudéjar y su claustro grande o de las monjas. Y la joya natural, la playa de Mazagón, por la que el municipio se asoma al Atlántico. Trece kilómetros mide este trozo de planeta solitario y arenoso, hacia la mitad del cual, sobre una duna fósil acantilada de 40 metros de altura, se erige el mejor Parador que hemos catado nunca, un hotel con terrazas abiertas al océano, piscina climatizada y cocina de la que sale lo mejor de la provincia: jamón de Jabugo, gambas, langostinos, coquinas… Es, como alguien ha dicho sin exagerar, el jardín trasero de Doñana.

En Matalascañas, la carretera que nos ha acompañado fielmente a lo largo de la costa, se desvía tierra adentro, hacia Almonte, pasando por la aldea-santuario de El Rocío. A primera vista, Matalascañas puede dar la impresión de ser una simple urbanización (que lo es, y gigantesca), pero una mirada más atenta descubre dos lugares con personalidad, que merece la pena visitar: el parque Dunar –un paraje de dunas fósiles con senderos que culebrean entre pinos piñoneros, sabinas y retamas– y el museo del Mundo Marino, en el que se exhiben réplicas de ballenas, cachalotes y delfines efectuadas a partir de ejemplares hallados en aguas onubenses y gaditanas, así como el esqueleto y el molde del rorcual común, de cuatro toneladas de peso. Además, allí al lado, tras el último bloque de apartamentos, arranca una playa virgen de 28 kilómetros, que dicen que es la más larga de Europa y por la que los amigos de andar (pero mucho) pueden alejarse, orillando el parque nacional de Doñana, hasta alcanzar el estuario del Guadalquivir.

Otra opción (en realidad, la única razonable) son las excursiones en vehículos todoterreno que parten del centro de visitantes de El Acebuche, a tres kilómetros de Matalascañas por la carretera de El Rocío. En cuatro horas, recorreremos los ecosistemas más representativos del parque –la playa, las dunas, la vera, las marismas y los cotos–, llegando hasta la misma desembocadura del viejo Betis, frente a la población gaditana de Sanlúcar de Barrameda. Antes, al pasar por el cerro del Trigo, habremos visto los hoyos que hizo a principios del siglo pasado Adolf Schulten –el mismo hispanista y arqueólogo alemán que desenterró Numancia– mientras buscaba la mítica Tartessos. Obviamente, aquella ciudad de hace 3.000 años no era como Matalascañas y, con las vagas referencias de los textos clásicos como única ayuda para localizarla en la vastedad arenosa de la costa onubense, Schulten no encontró nada.

Marismas del Odiel

Las marismas del Odiel, junto a la capital onubense, son otro de los grandes tesoros naturales de esta costa.

Cómo llegar. Ayamonte, punto de partida de la ruta, está bien comunicada por la autovía A-49 desde Huelva y Sevilla, ciudades de las que dista 52 y 146 kilómetros, respectivamente. Comer. Azabache (Huelva; 959 257 528): uno de los mejores lugares de la capital para tapear en barra y también para comer sentado gambas y coquinas, pimentadas y huevas de choco; además, gran jamón ibérico y pescado a la plancha. Acanthum (Huelva; 959 245 135): cocina creativa con productos de temporada en un bar de tapas y en un comedor de ambiente contemporáneo. Tabla (Punta Umbría; 959 310 757): chiringuito en la playa de La Canaleta, famoso, entre otras cosas, por su rodaja de corvina a la plancha. El Lobito (Moguer; 959 370 660): bodega tradicional para comer por poco (10 o 15 euros) carnes a la brasa o raciones de jamón, chocos, rabo, acedías, cazón... Dormir. En los hoteles de Isla Cristina se pueden encontrar habitaciones desde 48 euros. Otra buena opción es el Parador de Mazagón (Playa de Mazagón; 959 536 300), uno de los mejores de la cadena, en el parque de Doñana, con vistas al mar, dos piscinas y restaurante donde se cuida la cocina regional. Más información. Turismo de Huelva: 959 650 200.

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